El pasado 27 de febrero, el discurso del canciller Olaf Scholz ante el Bundestag pareció anunciar un giro radical en la política exterior alemana. «La guerra de Putin», declaró Scholz, marcaba un «punto de inflexión»: Alemania había de hacer frente a su «régimen opresor», y si frenar la «agresión» rusa requería enviar armas a Ucrania, así se haría. En los días siguientes, la palabra más repetida en el debate político europeo fue Zeitwende (cambio de época): por fin, se pensaba, Alemania había dejado atrás su ceguera colectiva hacia Rusia; por fin, aprendería de los fallos de su Ostpolitik y haría lo posible para hacer frente a Putin.

Tras dos meses ralentizando la respuesta conjunta de la Unión Europea (UE), la Zeitwende alemana parece haberse materializado: por fin, el gobierno alemán se ha abierto tanto al embargo energético a Rusia como al envío de armas a Ucrania. Y sin embargo, el aparente callejón sin salida en el cual se ha visto el ejecutivo de Scholz – atrapado entre su retórica de cambio y su indudable dependencia energética de Rusia – se debe, en gran medida, a las políticas de su predecesora en el cargo. Analizar la tardía respuesta alemana a Putin requiere, por lo tanto, una desmitificación del legado de Angela Merkel.

 

El ‘modus operandi’ de Merkel

Es difícil reducir dieciséis años de cancillería a unos pocos rasgos políticos. Pese a ello, explican los académicos Daniel Kelemen y Matthias Matthijs, gran parte de la política exterior de Merkel se analiza mejor teniendo en cuenta dos características de la canciller.

En primer lugar, su pasividad a la hora de tomar decisiones que pudieran resultar polémicas entre el electorado alemán: durante sus tres lustros de mandato, la canciller optaba por esperar, ver cómo se desarrollaban los acontecimientos o cómo viraba la opinión pública, y solo entonces tomar una decisión. Su forma de hacer política, de hecho, le valió el neologismo merkeln, un verbo referido a la «indecisión crónica» de la canciller y una de las palabras del año 2015 en el concurso organizado por la editorial Lagenscheidt. Una vez que la canciller se sobreponía a su indecisión, entraba en juego lo que Kelemen y Matthijs han denominado el Merkantilismo: un juego de palabras entre ‘Merkel’ y ‘mercantilismo’ que hace referencia a su «priorización sistemática» de los intereses comerciales y geoeconómicos de Alemania frente a los valores fundacionales y la cohesión interna de la UE.

La estrategia mercantilista de la canciller fue evidente durante la crisis del euro, el primer gran reto que tuvo que afrontar a nivel europeo. Es sabido que las políticas de austeridad dictadas por la troika hundieron a las clases medias del Sur de Europa, dando alas a una década de populismos eurófobos y frenando el crecimiento económico de los Veintisiete durante años; sin embargo, apunta la Fundación Bertelsmann, reportaron importantes beneficios tanto a la poderosa banca alemana como a las cuentas públicas del país. A su vez, la respuesta de la canciller –que se limitó a rescatar a los países endeudados, pero sin replantearse el funcionamiento de la Eurozona– mandó un mensaje político inequívoco: ni la intervención alemana iría más allá de lo estrictamente necesario para evitar el colapso de la Unión Europea, ni la crisis del euro daría lugar a una reforma de una unión económica y monetaria cuya arquitectura beneficia estructuralmente a la economía alemana.

Su forma de hacer política, de hecho, le valió el neologismo ‘merkeln’, un verbo referido a la «indecisión crónica» de la canciller.

El mejor ejemplo del merkantilismo se vio, sin embargo, en la respuesta de la canciller a la regresión autoritaria en el Este de Europa. La indiferencia de la canciller hacia el desmantelamiento de las democracias húngara y polaca, explica el sociólogo Sławomir Sierakowski, no se entiende sin analizar el interés alemán en mantener buenas relaciones comerciales con los integrantes del llamado Grupo de Visegrado: Hungría, Polonia, Eslovaquia y Chequia.

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Un regalo envenenado

Durante años, el establishment económico alemán, liderado por la poderosa Federación de Industrias Alemanas (BDI), había fomentado un acercamiento económico y político a una región de Europa con una mano de obra barata y altamente cualificada. El resultado fue una profunda integración económica: tanto Polonia como Hungría son, desde hace años, fundamentales para las cadenas de producción de empresas alemanas como Mercedes, Audi o Siemens. Cuando hubo que hacer frente a Hungría, sin embargo, dicha integración se convirtió en un regalo envenenado: una confrontación abierta con un régimen como el de Orbán, que se definía a si mismo como «el defensor de los intereses de la industria automovilística alemana en el Consejo Europeo» hubiera conllevado un importante coste económico para dicha industria. Una vez más, por lo tanto, Alemania antepuso sus intereses comerciales a la supervivencia de un orden jurídico comunitario que ha salido profundamente mermado de la crisis del Estado de derecho.

Nadie abrazó la lógica del ‘Wandel durch Handel’ mejor que Merkel, ni hizo más por estrechar los vínculos económicos entre Rusia y Alemania que ella.

La lógica mercantilista de la canciller proporciona un buen punto de partida para analizar la Russlandpolitik alemana de los últimos años. Desde que Willy Brandt iniciase la Ostpolitik en los años setenta, los distintos ejecutivos alemanes han optado por el llamado Wandel durch Handel (cambio a través del comercio), una estrategia cuya idea era clara: una apertura económica hacia Rusia propiciaría cambios políticos internos en el país, cuyos vínculos económicos con Occidente lo arrastrarían hacia el mainstream europeo. En el caso ruso existe, además, un trasfondo histórico evidente: tanto el sentimiento de «culpa colectiva» (Kollektivschuld) como la «cultura del recuerdo» (Erinnerungspolitik) hacia las atrocidades cometidas por Alemania en Rusia a lo largo la Segunda Guerra Mundial pesan enormemente en el subconsciente alemán – y explican, entre otras cosas, la negativa alemana a exportar armas que puedan servir para matar a ciudadanos rusos.

Nadie abrazó la lógica del Wandel durch Handel mejor que Merkel, y nadie hizo más por estrechar los vínculos económicos entre Rusia y Alemania que la canciller. Desde el principio de su mandato, sin embargo, resultaron evidentes numerosas contradicciones fundamentales entre la lógica del Wandel durch Handel, que pedía un acercamiento a Rusia, y la de una Kollektivschuld que, en su afán por reparar las atrocidades cometidas en Rusia, parecía estar dejando a pueblos como el ucraniano, el bielorruso o el georgiano.

Por una parte, Merkel afirmaba que sus decisiones estratégicas seguían una lógica netamente económica: si Alemania quería acercar a Rusia al mainstream europeo, su gobierno debía abrirse a comerciar con ella sin tener en cuenta el trasfondo político de sus decisiones. El problema, apunta la catedrática Helen Thompson, es que ya entonces resultaba impensable que los movimientos estratégicos alemanes (vetar la entrada de Georgia y Ucrania en la OTAN; abrir el gasoducto Nord Stream 1 en 2011; otorgar la licencia a Nord Stream 2 en 2018) no fueran a tener consecuencias geopolíticas más allá de sus fronteras –sobre todo a medida que dichos movimientos fueron incrementando su dependencia energética de Rusia. Este es, concluye Thompson, el «pecado original» de la política exterior alemana, fruto de una mezcla de naïveté geopolítica, irrealidad económica, y ceguera histórica.

 

Aciertos y errores en la ‘Energiewende’

A su vez, Alemania está pagando el precio político de una transición energética (Energiewende) mal ejecutada. La lucha contra la energía nuclear había sido, desde los años setenta, una de las banderas enarboladas por los Verdes, un partido originario de los movimientos pacifistas y ecologistas surgidos durante la Guerra Fría. Tras el desastre nuclear de Fukushima, Merkel vio en el cierre de las centrales nucleares alemanas una estrategia electoral imbatible: por una parte, respondería al clamor de una sociedad que se había lanzado a las calles bajo el lema «¿Energía nuclear? ¡No, gracias!»; por otra, en la mejor tradición merkeliana, aprovecharía para «robar» a los Verdes una de sus principales reivindicaciones, descolocando políticamente al partido y absorbiendo a una parte de su electorado.

En las últimas semanas, el vicecanciller Robert Habeck, líder de los Verdes en el gobierno de coalición, ha asegurado repetidamente que la invasión rusa no supondrá una marcha atrás en el cierre de las centrales nucleares. Por una parte, porque dicho cierre no debería frenarse por «razones ideológicas». Por otra, porque dar marcha atrás a estas alturas podría conllevar importantes riesgos medioambientales y requeriría un proceso largo: las plantas habrían de cerrarse a finales de año y no podrían volver a entrar en funcionamiento hasta, como pronto, finales de 2023.

Una década después de Fukushima, sin embargo, parece evidente que el cierre de las centrales nucleares alemanas fue un error: o, como poco, que anunciar su cierre sin que existiera una hoja de ruta clara en la transición energética del país no ha hecho sino agudizar su dependencia económica de Rusia. A ello hay que sumarle la política de inversiones de los sucesivos gobiernos de Merkel: con su obcecación por el dogma del déficit cero, la canciller ha dejado a un país con unas infraestructuras más que deficientes, dificultando tanto la aceleración de su transición ecológica como la diversificación de sus fuentes energéticas.

Es difícil predecir el futuro de la Energiewende. De nuevo, sin embargo, Alemania parece haber caído en su propia trampa: una salida de la energía nuclear tomada por motivos electoralistas, una política gubernamental empecinada en separar sus dogmas de la realidad económica y geopolítica, y una incapacidad manifiesta de reconocer sus errores estratégicos. Y de nuevo, las consecuencias de dichos fallos las están pagando los Veintisiete, cuya respuesta conjunta a la amenaza rusa se está viendo ralentizada.

 

Alemania ante sus propias contradicciones

La tibieza mostrada por Olaf Scholz va más allá de las contradicciones internas de su ejecutivo: es fruto de décadas de una política exterior guiada por una fe excesiva en el Wandel durch Handel; por una interpretación selectiva de su responsabilidad histórica hacia los pueblos del Este de Europa; y por una política mercantilista, que ha antepuesto, sistemáticamente, los intereses comerciales alemanes a aquellos geoestratégicos de la UE.

Quizás las acciones y omisiones del gobierno alemán sirvan para desenmascarar, de una vez por todas, la Europapolitik alemana. Quizás ello permita que el demos europeo comience a repensar el legado de Angela Merkel. Y quizás reconocer, diagnosticar y criticar el problema subyacente –esencialmente, que los ejecutivos alemanes siempre antepondrán sus intereses comerciales al interés comunitario– sirva para entender que, en los tiempos que corren, Alemania no puede ser el principal motor de la integración europea.