La convocatoria electoral general repetida de noviembre de 2019 llevó al Congreso de los Diputados a un único representante de una lista local de nombre bien explícito, ¡Teruel Existe!, gracias al apoyo de menos de veinte mil votantes. Pocos, pero suficientes para hacer que esta candidatura se alzara con la victoria provincial por delante de PSOE y PP. Teruel Existe consiguió el 26,7 % de los votos válidos en una circunscripción que representa el 0,3 % de todos los electores españoles, pese a que elige el 0,8 % de los escaños del Congreso.

La aparición, digamos que en cierto modo estelar, de Teruel Existe ponía encima de la mesa la problemática de aquellos lugares que se sienten abandonados por los poderes públicos centrales y autonómicos, la llamada España vacía o vaciada, las zonas que han sufrido de forma más severa la despoblación, especialmente de los segmentos más jóvenes y más formados, que emigran a los grandes centros urbanos en busca de oportunidades laborales. En el Congreso de los Diputados siempre ha habido representación de fuerzas procedentes de territorios específicos, aunque la mayoría provenían de las llamadas comunidades históricas (Cataluña, País Vasco y Galicia, y también Navarra y las Islas Canarias). También hay una presencia frecuente de diputados individuales de candidaturas específicas de un territorio en concreto. Es el caso del Partido Regionalista de Cantabria, que ha obtenido un representante en el Congreso en las dos últimas convocatorias generales.

La diferencia entre estos y Teruel Existe es el fundamento de la propuesta política de este último, que pretende reclamar la atención sobre un territorio concreto que se considera abandonado y muy necesitado de inversiones, principalmente en infraestructuras.

El pasado 13 de febrero se celebraron elecciones autonómicas en Castilla y León, y la gran sorpresa de la noche electoral fue el resultado de una lista local en una de las provincias más periféricas (en todos los sentidos) de la comunidad, Soria. La lista Soria Ya se llevó tres de los cinco escaños en juego, gracias al apoyo de más del 40 % de los votantes, casi doblando el resultado del PSOE, que tres años antes había sido la fuerza más votada, precisamente con el 40 % de los sufragios.

 

Sentimiento de abandono

El triunfo de Soria Ya seguía la lógica de Teruel en las generales. Una provincia con un extendido sentimiento de abandono que la candidatura había sabido aglutinar para obtener representación en el parlamento de Valladolid. Y otra vez se reproducía el mismo patrón: una circunscripción pequeña, que solo representa el 3 % de todo el censo castellanoleonés, pero que escoge al doble de procuradores (6 %).

De hecho, si se observan los resultados en bruto, las candidaturas locales en estas elecciones recogieron menos del 8 % de todo el voto y un porcentaje similar de escaños. Incluso la lista que se presentaba como España Vaciada, y que pretendía aglutinar el voto de aquellos electores preocupados por el fenómeno de la despoblación, tan solo consiguió un 1,6 % de todo el voto y no obtuvo representación. El mejor resultado lo consiguió en Burgos y, aun así, quedó en cuarto lugar.

Soria Ya se llevó tres de los cinco escaños en juego, gracias al apoyo del 40 % de los votantes, casi doblando el resultado del PSOE.

De aquí se podría deducir inicialmente que no se está produciendo una traslación a la arena electoral de la problemática de la despoblación en las provincias del interior español, como algunos parecen sostener desde hace unos años. No se ha articulado una propuesta conjunta de todo el territorio afectado que permita vislumbrar la posible creación de una única candidatura de cara a las elecciones generales previstas para finales del año próximo. Lo que hay son iniciativas locales, algunas (en Teruel, en Soria) con una capacidad de arrastre impresionante, lo que afecta a los resultados finales de los partidos de ámbito general.

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Lo que se ha visto en las últimas generales y en las autonómicas de Castilla y León (y lo que se prepara en otros lugares, empezando por las próximas elecciones andaluzas, donde parece que hay intención de presentar alguna candidatura en provincias como Jaén) es la vehiculación con éxito de un extendido sentimiento de abandono que se articula en cada territorio de una manera muy local, particular. Podríamos decir que el origen es común, pero que no genera un artefacto de representación común, sino que su propia naturaleza local hace que se sintetice en cada territorio una propuesta particular, arraigada. Y precisamente a causa de la naturaleza concreta de las reivindicaciones (infraestructuras, inversiones) no parece que pueda acabar generando una gran plataforma capaz de aglutinar todas las listas locales en una gran coalición de la España vaciada.

El voto en las listas locales sería una manera de intentar combatir el debilitamiento de los lazos entre representados y representantes.

¿A qué se debe el surgimiento de este tipo de candidaturas? Y sobre todo, ¿por qué tienen éxito ahora? Siempre ha habido listas locales, especialmente en las elecciones autonómicas. Pero siempre, salvo en los territorios con un sentimiento de pertenencia que se contraponía con fuerza al general español, los resultados electorales de estas opciones habían sido limitados, casi testimoniales (es el caso clásico en Castilla y León de las formaciones leonesas). La multiplicación de la oferta y del respaldo obtenido obedece a una corriente general que está teniendo diversas derivadas, y que tiene su origen en la crisis de legitimidad que viven todos los sistemas democráticos en todo el planeta. El voto en las listas locales sería una manera (entre otras muchas) de intentar combatir el debilitamiento de los lazos entre representados y representantes que conforman la esencia de las democracias y que, para una parte muy significativa de la sociedad, corren el peligro de romperse. De esta corriente general se pueden distinguir dos ámbitos, ambos relacionados con el éxito de los partidos locales.

 

Un mundo inabarcable

En primer lugar, el fenómeno obedece, o está asociado, a una tendencia visible desde hace tiempo en diversos ámbitos sociales hacia el repliegue. Si los años 90 fueron los de la globalización, presididos por un sentimiento dominante de apertura al mundo, visible sobre todo en la economía, pero también en el ámbito de los valores, los años a partir de 2008 están dominados por el sentimiento contrario. La tormenta global iniciada en el mundo financiero, que se extendió a todos los ámbitos, ha provocado un repliegue en todas las sociedades. Es como si, de pronto, las personas se hubieran dado cuenta de que el mundo era demasiado grande, inabarcable, incomprensible, y que debían buscar cobijo en medio de una tormenta que ponía patas arriba todo aquello que hasta entonces les había parecido comprensible.

El mundo se había desmoronado y la gente necesitaba un lugar donde sentirse segura, donde guarecerse, un lugar de límites conocidos. De ahí las tendencias al proteccionismo en economía y las críticas a las deslocalizaciones, defendidas principalmente por las nuevas propuestas de derecha (Trump, claramente). De ahí también la renacionalización de la política, la idea de recuperar el control de las decisiones, la emergencia del Estado como límite, como espacio de decisión. De ahí el Brexit y su lema Take back control, la extensión del sentimiento anti-UE, los discursos contra la élite globalizadora, el éxito de las propuestas nacionalistas y nacionalpopulistas y los discursos nostálgicos de un mundo que se dibuja como más comprensible y más estable.

Es la «reconquista» de Zemmour, tan parecida a la nostalgia imperial de Abascal o al Make America great again trumpista. Es también el sueño de rehacer el imperio soviético que dirige la acción de Putin. Se observa en todas partes una necesidad de seguridad que se manifiesta en una voluntad de repliegue a todos los niveles, también local. El procés independentista también se ha sustentado en cierta manera en una lógica de repliegue, de creación de un país más homogéneo, que se expresa magníficamente en la recuperación del «nosaltres sols!».

Se observa en todas partes una necesidad de seguridad que se manifiesta en una voluntad de repliegue a todos los niveles, también local.

En segundo lugar, esta necesidad de recuperar el control tiene una derivada que busca en cierta manera un reencuentro democrático. Nos equivocaríamos (y nos equivocamos, de hecho) despachando todos estos movimientos como simples excreciones nacionalistas i/o filofascistas, porque por debajo palpita una verdadera preocupación por la calidad de la democracia. Lo que hacen muchas de estas propuestas políticas es recoger un sentimiento de desamparo por parte de un segmento importante de los electores hacia los actores tradicionales del sistema político.

 

Recuperar el control

Hay una extendida sensación de haber perdido el control del sistema, que se supone que en una democracia está en manos de los ciudadanos. La idea de devolver el poder «al pueblo» recoge este sentimiento que tiene una parte importante de la sociedad, que cree que las élites políticas, los que deberían ser sus representantes, no defienden los intereses de las personas que les han votado, sino que se pliegan a los intereses de los poderosos, que con frecuencia van en contra de los intereses de los votantes.

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En las circunscripciones que podemos considerar ‘vacías’ se escogen 75 de los 350 diputados al Congreso y el 40 % de los senadores de elección directa.

Teniendo en cuenta estos dos ámbitos, el incremento del apoyo a las candidaturas locales se podría entender como una respuesta a la necesidad de repliegue y, a la vez, a la recuperación de cierto control del proceso político por parte de los ciudadanos. Por un lado, el voto a las candidaturas locales se entiende como un voto para propuestas concretas, que se consideran más realizables que los programas generales que suelen presentar los partidos de ámbito estatal. Estos se consideran menos realizables, mientras que las propuestas de las candidaturas locales (una carretera, una línea de tren) suelen ser más concretas y, por tanto, más asequibles.

A la vez, el voto por una candidatura que presenta este tipo de programa específico permitiría un mejor seguimiento y control del trabajo del representante, ya que es más fácil ver, al final de la legislatura, si se han cumplido los compromisos que contrajo con su electorado. Se puede entender como una forma de sacar más rendimiento al propio voto, al tiempo que se mantiene un vínculo más estrecho con el representante, que no quedaría diluido en el magma de un grupo parlamentario con decenas de miembros y diversos intereses, sino que defendería única y exclusivamente aquello a lo que se ha comprometido con sus electores.

Las propuestas de las candidaturas locales (una carretera, una línea de tren) suelen ser más concretas y, por tanto, más asequibles.

En un mundo en repliegue se impone la política de lo concreto, de lo cercano, de lo que es controlable, frente a las propuestas generales y las grandes ideas. No es de extrañar que propuestas de este tipo obtengan un apoyo creciente. A fin de cuentas, responden a un sentimiento generalizado que huye del campo abierto y pretende aterrizar en lo concreto y mensurable. Posiblemente, la España vacía no generará un gran movimiento político, una plataforma capaz de conseguir decenas de diputados con un programa común contra la despoblación de los territorios interiores. Pero puede crear una miríada de propuestas con capacidad de arrastre local, cada una con su reivindicación particular, que después negociarán a cambio de su apoyo parlamentario. Y este apoyo es posible que no sea anecdótico. En conjunto, en las circunscripciones que podemos considerar vacías se escogen 75 de los 350 diputados al Congreso y el 40 % de los senadores de elección directa.