En los últimos años, el incremento de la fragmentación partidista ha ido acompañado de la aparición de partidos políticos situados en los extremos del espectro ideológico. Primero, Podemos y, más adelante, Vox han modificado la dinámica de competencia centrípeta que había caracterizado el sistema político en España desde la Transición. De manera que la distancia ideológica entre los partidos se ha ensanchado a consecuencia, en gran medida, de la capacidad de las formaciones situadas en los extremos de condicionar la agenda política, y de hacerlo, además, de modo muy ruidoso, sin que los viejos partidos, PSOE y PP, hayan demostrado ni mucha capacidad ni mucha voluntad de sustraerse a esta tendencia.

En consecuencia, se empieza a configurar un sistema de partidos con un sentido de la competencia centrífugo y articulado en torno a dos bloques ideológicos muy distanciados entre sí y bastante impermeables. Sin olvidar el conjunto heterogéneo, pero con mucha frecuencia determinante, formado por los partidos nacionalistas, regionalistas y provincialistas.

De esta situación son los partidos —aunque no todos en la misma medida— los principales responsables. No obstante, la polarización no solo afecta a las élites partidistas, sino que ha empezado a impregnar al conjunto de la sociedad, que se ve influida por el comportamiento de sus dirigentes. En este sentido, cada vez hay más evidencias empíricas del aumento de la polarización afectiva, es decir, de la distancia emocional que separa a los que comparten unas mismas posiciones políticas de sus contrarios, manifestada con elevadas dosis de rechazo recíproco. Y esta predisposición no se explica sin el comportamiento previo de los partidos.

La polarización es, por tanto, un fenómeno que se retroalimenta. Los líderes partidistas con conductas divisivas y crispadoras abonan la polarización afectiva de los electores y, al mismo tiempo, en su objetivo de fidelizarlos, no tienen ningún incentivo para modificar su conducta.

Ahora bien, ni todos los partidos adoptan esta conducta al mismo nivel ni todos sacan el mismo beneficio del clima enrarecido provocado por la polarización. Los grandes beneficiarios son precisamente los promotores que, con declaraciones hiperbólicas y, sobre todo, con representaciones parlamentarias, convenientemente amplificadas por las redes sociales, procuran crear un clima de confrontación que contamina a todos los actores políticos y mediáticos.

Con una pretendida superioridad moral, buscan reforzar los lazos con sus seguidores y aumentar el odio hacia los que no piensan como ellos, que son deslegitimados y reducidos a la consideración de enemigos. Lógica amigo-enemigo, moralización de la vida política y malas maneras: he aquí los principales componentes de la ola populista que infecta toda la vida política, por acción o por omisión de los grandes partidos. El caso de Vox es especialmente preocupante, por su objetivo de deslegitimar nuestro sistema democrático.

Esta deriva nihilista, sin embargo, no es inevitable. Depende de hasta qué punto los grandes partidos se dejen arrastrar. Hasta ahora, tanto el PSOE como el PP parecen haberse acomodado a esta situación, en la medida en que están condicionados por la competencia con sendos partidos polarizadores dentro de sus bloques respectivos. Y todo apunta a que seguirá siendo así como mínimo en el próximo ciclo electoral, pese a que en las últimas elecciones se ha constatado un cierto reequilibrio favorable a los partidos centrales del sistema. Pero lo que no nos podemos permitir, a riesgo de acabar generando una crisis de régimen, es que su competencia con los nuevos rivales amenace el buen funcionamiento de las instituciones políticas.

Hasta ahora el sistema político español ha superado numerosas crisis políticas gracias al funcionamiento de los mecanismos institucionales previstos y al comportamiento responsable de los actores principales del sistema. Ahora, sin embargo, son frecuentes las actuaciones poco responsables. Así lo ponen de manifiesto la negativa contumaz del PP a renovar el Consejo General del Poder Judicial o algunas decisiones del Gobierno para superar este bloqueo, especialmente las que afectan al Tribunal Constitucional. No es ninguna buena señal seguir desatendiendo las indicaciones del Consejo de Europa sobre la situación de la justicia española ni tampoco tensar todavía más unas instituciones bastante cuestionadas de por sí.

Frenar y revertir la polarización exige actuar responsablemente y hacer posible el funcionamiento normal de las instituciones. Supone, por tanto, buscar amplios acuerdos en los grandes temas institucionales y sistémicos y, al mismo tiempo, administrar con prudencia las iniciativas políticas apoyadas por las legítimas mayorías parlamentarias. No hacerlo supondría ceder frente a los polarizadores en perjuicio de la salud democrática del país.