Los fastos del centenario de Luis García Berlanga han acabado oscureciendo el de otro cineasta esencial para la historia del cine español, Fernando Fernán-Gómez (1921-2007), actor y director que por otro lado tiene mucho que ver con el responsable de Bienvenido, Mr. Marshall (1953). En efecto, ambos practicaron un tipo de comedia muy cercana al humor esperpéntico, en todos los sentidos, de la herencia de Valle-Inclán y Goya a su asimilación teatral o cinematográfica por parte de géneros como el sainete o autores como Miguel Mihura o Enrique Jardiel Poncela. Y Fernán-Gómez, en su faceta de director de cine, sufrió también los rigores de la época que le tocó vivir, la dictadura franquista, hasta el punto de correr una suerte más o menos paralela a la de Berlanga.

En 1963, mientras este último rodaba El verdugo, Fernán-Gómez estaba filmando El mundo sigue, basada en una novela de Juan Antonio Zunzunegui, pero la difusión de ambas películas se vio entorpecida por la implacable labor de la censura del régimen, que las condenó a la invisibilidad y el fracaso en taquilla tras haberlas mutilado sin piedad. Sea como fuere, las respectivas carreras de ambos cineastas quedaron truncadas, pues ningún productor quiso saber nada de ellos tras esos traspiés económicos, una situación que, en el caso de Fernán-Gómez, se agravó al año siguiente con otro descalabro, el de El extraño viaje (1964).

 

Personalidad avasalladora

Fernán-Gómez había empezado su carrera un par de décadas antes, al menos como actor. Al finalizar la guerra civil, empezó a dejarse ver en el teatro y en pequeños papeles en el cine. Y, pronto, su personalidad avasalladora y su peculiar estilo interpretativo destacaron en aquel panorama más bien mortecino. El éxito de Balarrasa (1951) eclipsó sus apariciones en algunas de las películas más importantes de la posguerra, dirigidas por personalidades muy próximas a su modo de entender el cine y la cultura en general, desde Edgar Neville a Jerónimo Mihura pasando por Carlos Serrano de Osma o el catalán Llorenç Llobet Gràcia, cuya Vida en sombras (1949), su único largometraje, permanece aún hoy como una de las mejores composiciones de Fernán-Gómez y una rareza inclasificable, quizá la película más compleja y radical realizada en la España de los 40.

Entre 1953 y 1954 (coincidiendo con el estreno de Esa pareja feliz, la primera película dirigida por Berlanga, en colaboración con Juan Antonio Bardem), Fernán-Gómez rodó Manicomio, su debut como director y una carta de presentación algo inusual y excéntrica, basada en cuentos de Edgar Allan Poe, Alexander Kuprin, Leonid Andreiev y Ramón Gómez de la Serna, otro de sus grandes referentes intelectuales. Mientras Esa pareja feliz se inspiraba abiertamente en el neorrealismo italiano, Manicomio ensayó una estética muy distinta, que mezclaba el expresionismo y el teatro del absurdo sin dejar de escorarse hacia la comedia. Y si Berlanga recreaba la situación del país con mirada crítica pero piadosa, Fernán-Gómez optaba por pensar que toda España, en aquel entonces, era una casa de locos.

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Fue esta postura siempre libre y heterodoxa, incapaz de pactar con la realidad impuesta por el régimen, la que endureció progresivamente las posturas de Fernán-Gómez como director, como si la mayor parte de sus trabajos interpretativos fueran una simple excusa, o un recurso meramente alimenticio, para sufragar sus arriesgadas incursiones en la realización.

 

Fernando Fernán-Gómez con Lina Canalejas en una escena de la película El mundo sigue.

Fernando Fernán-Gómez con Lina Canalejas en una escena de la película El mundo sigue.

 

Sátira feroz

La década de los 50, en este sentido, pareció llevarlo poco a poco hacia el éxito, sobre todo por su alineación en el terreno de la comedia neorrealista, un poco al estilo berlanguiano, con La vida por delante (1958) y La vida alrededor (1959). Sin embargo, pese a su apariencia amable y condescendiente, este díptico sigue siendo demoledor, visto hoy en día: su sentido de la sátira es de una ferocidad ingobernable, y el modo en que retrata qué significaba vivir en España en aquel momento, desde la perspectiva de una pareja joven y las dificultades que debe atravesar para salir adelante, no ha perdido un ápice de su acidez, ni mucho menos de su desbordante imaginación en lo que se refiere al estilo y la puesta en escena.

No es de extrañar así que, tras tres películas más a modo de divertimenti, Fernán-Gómez consiguiera realizar con las que siguieron no solo sus obras maestras como director, sino también dos trabajos señeros y decisivos en la historia del cine español, dos torpedos lanzados a toda velocidad que hubieran podido cambiar su curso si las circunstancias hubieran sido otras. Y aquí es donde recuperamos El mundo sigue y El extraño viaje, que junto a Plácido (1961) y El verdugo, de Berlanga, y quizá El pisito (1960) y El cochecito (1962), de Marco Ferreri, hubieran podido constituir la punta de lanza de una modernidad cinematográfica que, ¡ay!, nunca logró afianzarse en territorio español.

Si Berlanga recreaba la situación del país con mirada crítica pero piadosa, Fernán-Gómez pensaba que España era una casa de locos.

En efecto, en aquellos inicios de los años 60 el régimen quería abrirse al exterior, sobre todo por pura supervivencia económica. Y al entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, no se le ocurrió nada mejor que inventarse una etiqueta que cobijara algunas películas más o menos equiparables a las que exhibían en aquel momento los «nuevos cines» europeos de la época, de la Nouvelle Vague francesa al Free Cinema inglés. El aparato franquista se dedicó a subvencionar y promocionar entonces films como La tía Tula (Miguel Picazo, 1964), La caza (Carlos Saura, 1965) o Nueve cartas a Berta (Basilio Martín Patino, 1966), que ostentaban un lenguaje cinematográfico mucho más sofisticado que el habitual en las películas de la época, a la vez que amagaban una tímida visión crítica de la situación del país, atrapado aún entre el recuerdo de una guerra devastadora y la irrupción de nuevas generaciones que empezaban a asfixiarse en aquel ambiente irrespirable.

Así pues, frente a estas películas con vocación cosmopolita, el recurso a la tradición de cierta cultura española por el que optaron El verdugo o El mundo sigue fue considerado como una salida de tono, cuando no como un boicot a ese intento de «modernización» fílmica. ¿O quizá se trataba de que esas películas, entre ellas las de Fernán-Gómez, eran mucho más subversivas e inmisericordes con la realidad del país? ¿Acaso el hecho de que se inspiraran en el humor negro y el esperpento no las hacía más peligrosas para la estabilidad del franquismo, desde el momento en que arremetían contra sus raíces culturales e indagaban en los antecedentes de un país siempre tentado por al autoritarismo y asentado en moralismos caducos?

‘El extraño viaje’ cuenta la historia de tres hermanos enclaustrados en un pueblo de la España profunda, decididos a asesinar a la mayor del clan.

El mundo sigue se centra en una familia madrileña de clase media-baja que intenta sobrevivir como puede en el Madrid de principios de los 60. El extraño viaje, en cambio, prefiere un registro menos realista y cuenta la historia de tres hermanos enclaustrados en un pueblo de la España profunda, dos de ellos de muy pocas luces y decididos a asesinar a la mayor del clan, a su vez enamorada de un músico de medio pelo que solo piensa en desvalijarla.

 

Al borde de la inmoralidad

Mientras la primera de estas películas se resuelve en un naturalismo lacerante que se va convirtiendo poco a poco en melodrama desbocado y excesivo, la segunda se decanta por una mezcla entre comedia incómoda y cuadro de costumbres, pasado por los espejos valleinclanescos del callejón del Gato, que culmina en una pavorosa historia de puro terror, una crónica negra en la más pura tradición celtibérica. No hay en ellas asidero alguno para el espectador, pues se trata de películas desagradables, incómodas, rabiosas. Pero a la vez resulta imposible pensar en films que sientan más piedad por sus personajes, más respeto por sus insólitas decisiones, siempre al borde de la inmoralidad.

¿Era esto demasiado para la España del momento? Sin duda, pero también hay que lamentar que la filmografía posterior de Fernán-Gómez como director nunca estuviera ya a la altura, si exceptuamos algunas de sus películas realizadas en la Transición, de ¡Bruja, más que bruja! (1977) a El viaje a ninguna parte (1986) pasando por Mambrú se fue a la guerra (1986). Algo que no puede olvidarse a la hora de celebrar su centenario, pues dice mucho de lo que significó filmar películas en este país en aquellos tiempos de miseria y también de cómo se escribe la historia, en este caso del cine (español).