James Gray es uno de esos pocos cineastas americanos a los que todavía se les puede considerar herederos de los clásicos. Y no porque su estilo se parezca o imite al de John Ford o Howard Hawks –eso se lo dejaremos a Spielberg–, ni tampoco porque se dedique a jugar compulsivamente con los viejos códigos –ahí está Tarantino para esos menesteres–, sino porque sus películas aún se rigen por las reglas de la puesta en escena, por una lógica de las formas a la vez estética y moral. Dicho de otro modo, porque las imágenes que crea nunca son azarosas o arbitrarias; muy al contrario, obedecen a una tradición común que respeta el gusto popular sin caer nunca en la banalidad o la condescendencia.

Quizá resulte un tanto arriesgado decir esto en los tiempos que corren, pero es que Gray, junto con algún que otro compatriota suyo como David Fincher o Paul Thomas Anderson, es de los pocos directores norteamericanos de hoy en día que no han sucumbido ni a la homogeneización estilística que ha supuesto el último boom de las series ni a ciertas tendencias posmodernas que lo cifran todo en la fabricación de imágenes neutras y siempre iguales a sí mismas. Las películas de Gray son distintas, tienden a diferenciarse del resto del cine americano actual a través de unos cuantos temas que se expresan mediante una serie de planos pensados para traducir visualmente un universo personal e intransferible.

Sirva esta introducción solemne, sea como fuere, para invitarles a ver Armageddon Time (2022), la última película de Gray, presentada en el pasado Festival de Cannes y de reciente estreno entre nosotros. Y no porque se trate del mejor film del cineasta –que no lo es, como veremos enseguida–, sino porque en ella comparece todo lo dicho de un modo claro y explícito, quizá demasiado claro y explícito.

Armageddon Time es la consecuencia lógica del fracaso económico –y en cierta manera también crítico– de sus películas inmediatamente anteriores, sobre todo Z, la ciudad perdida (2016) y Ad Astra (2019). En ellas, Gray ensayó una manera de acercarse al género absolutamente radical, consistente en poner en primer término los rasgos más reconocibles del cine de aventuras y de la ciencia ficción, respectivamente, para introducir con subrepticia sutileza modos y maneras propios.

Por ejemplo, Z, la ciudad perdida parecía un relato de corte novelesco destinado a contar una historia épica, mientras que en el fondo se trataba de la peripecia de un individuo enfrentado fatalmente a su destino, uno de los temas preferidos del cine de Gray también presente en Ad Astra, donde la epopeya espacial ocultaba un drama mucho más íntimo contado, sin embargo, con las hechuras de la fábula metafísica. Por supuesto, ni el público ni la crítica parecieron entender el desafío, y de ahí que Armageddon Time, su film inmediatamente posterior, se presente de una manera mucho más simple y directa.

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En efecto, en el último trabajo de Gray ya no hay ni juegos con los géneros ni referencias al clasicismo del viejo Hollywood. Al contrario, Armageddon Time parece más bien un film de inspiración europea, en la gran tradición del cuento veladamente autobiográfico al estilo de Los 400 golpes (1959), de François Truffaut, a la que incluso cita de una manera más o menos directa.

 

Desencanto vital

Estamos en Queens (Nueva York), a finales de los años 70, a punto de que Ronald Reagan gane las elecciones presidenciales y empiece una nueva época no solo para Estados Unidos, sino para el mundo entero. Paul Graff (Banks Repeta) está abandonando la niñez, en el seno de una familia judía de clase media-alta, y experimenta los ritos de paso acostumbrados en tal tránsito. Su amistad con un niño afroamericano, sin embargo, será el catalizador que lo llevará de la inocencia del chaval que confía ciegamente en su abuelo (Anthony Hopkins), incluso por encima de la autoridad paterna (Anne Hathaway es la madre y Jeremy Strong el padre), a un desencanto vital que coincide con el de su país, inmerso a partir de entonces en una imparable decadencia política y moral.

Gray no recurre ni a la reconstrucción de una época ni a la fidelidad histórica: el suyo es un cuento de iniciación a la vida que podría suceder en cualquier tiempo o lugar.

Nada nuevo, pues, que no hayan explicado otras muchas películas a lo largo de la historia del cine: una Bildungsroman ambigua y melancólica que, además, presenta no pocos puntos en común con otra reciente epopeya de corte similar debida al mencionado Paul Thomas Anderson y titulada Licorice Pizza (2021). Allá donde Anderson, sin embargo, utiliza la comedia y el humor como elementos disolventes, Gray prefiere acercarse a la crónica sombría y gris, ratificada por la mortecina fotografía de Darius Khondji, que parece sumirlo todo en un ambiente de ensoñación triste o fantasmagoría intemporal. Pues Gray no quiere recurrir ni a la reconstrucción de una época ni a la fidelidad histórica: el suyo es un cuento de iniciación a la vida que podría suceder en cualquier tiempo o lugar, pero que a la vez se basa –al parecer– en acontecimientos muy concretos de la infancia del cineasta. ¿Cómo solucionar esa tensión?

 

Intimismo y epopeya

Pues bien, debo confesar que es en ese punto donde Armageddon Time se me hace un poco cuesta arriba. Las mejores películas de Gray, esa curva ascendente que va desde Cuestión de sangre (1994) a El sueño de Ellis (2013), del pequeño thriller familiar a la gran épica nacional, ofrecen una mezcla de intimismo y epopeya que de nuevo retrotrae a la mejor tradición del cine americano, digamos que de Griffith a Coppola, todo ello adornado con un tono que, a su vez, parece proceder de cierto cine europeo moderno de los años 60-70, más distante y refinado.

Por el contrario, Armageddon Time se lo juega todo a una sola carta: en ella, nada parece tener doble fondo, todo es plano y unilateral, de manera que solo hay un modo de interpretar las imágenes que se ofrecen a nuestros ojos, como si se hubiera esfumado de súbito la exquisita ambigüedad del cine anterior de Gray.

‘Armageddon Time’ se lo juega todo a una sola carta: en ella, nada parece tener doble fondo, todo es plano y unilateral.

En Two Lovers (2008), seguramente su mejor film, la insignificante historia de un joven con problemas psicológicos que duda entre dos chicas –la que quiere imponerle su familia y la que constituye el verdadero objeto de su deseo— desemboca en un desbordante retrato individual y colectivo, el del muchacho en cuestión (inolvidable Joaquim Phoenix) y el de esa América opresiva a la que Gray ya se había acercado desde el cine negro en sus films anteriores, sobre todo en las majestuosas La otra cara del crimen (2000) y La noche es nuestra (2007). En Armageddon Time –¡ay!— esa complejidad nunca llega a tomar cuerpo o, mejor dicho, el doble retrato existe, sí, pero resulta tan evidente que el film llega a su final sin haber dado más de lo que ya anunciaba en su inicio.

 

La intensidad de las imágenes

Pero he dicho que me movía la intención de recomendar esta última película de James Gray, por mucho que se muestre en exceso cauta y tímida y no vaya más allá de lo conseguido hasta ahora en su filmografía. Pues ¿está obligado un director a evolucionar constantemente? ¿No tienen derecho, los cineastas, a hacer una parada en su camino y reflexionar, aunque paradójicamente sea en detrimento del resultado? Igual que en la pintura o la literatura somos capaces de distinguir pinceladas y palabras, de detectar la huella de un verdadero artista a través de su compromiso inalienable con las herramientas básicas de su trabajo, parece que en el caso del cine eso no importe.

Pues bien, diré que ni uno solo de los planos de Armageddon Time da la impresión de haber sido filmado por rutina o inercia, de que quizá el conjunto resulte un tanto desvaído, pero igualmente hay algo que nos atrapa: la intensidad de las imágenes, el deseo de que cada una de ellas adquiera vida por sí misma. ¿Y acaso el cine es algo más que eso?