Grandes empresas han brotado de inequívocos fracasos. Fue el caso de Revista de Occidente en el verano de 1923, a solo un par de meses del golpe de Estado de Primo de Rivera con la aquiescencia de Alfonso XIII. Hasta julio de 1936, cuando la sublevación de una parte del Ejército contra la República dio al traste con casi todo, la revista salió puntualmente cada mes: sumó 157 números que transformaron radicalmente la cultura en español. Y digo la cultura y no solo la literatura porque esta fue solo una de las provincias de la creatividad humana que atendió; y digo en español porque su repercusión en América Latina fue enorme, gracias, en buena medida, a que la mitad de la tirada (1500 de los 3000 ejemplares que se imprimían) se enviaba al otro lado del Atlántico a través de la delegación de Espasa-Calpe en Buenos Aires.

De los restantes, una parte viajaba a Europa, otra a los ateneos y bibliotecas y algo más de mil ejemplares acababan en manos de un público ávido de conocimiento, pero más ávido todavía de conectarse con una modernidad a la que España aspiraba como un futuro evasivo y que, en aquel momento, parecía adquirir la forma de una impugnación de todo lo sabido y aceptado hasta entonces, en física, en química, en medicina, en filosofía, en arqueología y, desde luego, en todas las artes. En ese millar y pico de lectores (unos cuantos más sin duda, porque la revista era compartida) encontraba José Ortega y Gasset, el promotor y alma de la empresa, la confirmación de una vieja idea suya: la de que el progreso histórico siempre había tenido como motor a las minorías selectas.

El fracaso que sirvió de cimiento a Revista de Occidente no fue otro que el del intelectual que creyó poder reformar la política del país, y al país mismo, con la sola diafanidad y fuerza de sus ideas. Ortega, hijo de los afanes regeneracionistas del cambio del siglo XIX al XX y de la andropausia colectiva generada por las derrotas coloniales de 1898, había intentado intervenir pedagógicamente en el curso de la cosa pública en 1908 con la revista Faro, postulando una «reforma liberal» más o menos socializante, y lo había vuelto a intentar en 1915 promoviendo otra revista, esta mensual, de título declarativo: España, vinculada en su génesis a la Liga de educación política que el propio Ortega había presentado en 1914.

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