Los medios de comunicación han informado ampliamente de la muerte del famoso escultor norteamericano Richard Serra. No es de extrañar, ya que es uno de los artistas-escultores internacionales más conocidos y apreciados. En España, supongo que por su imponente presencia en el Guggenheim de Bilbao. Pero lo que no es normal es que, en Barcelona, su figura no se relacione con una de sus obras más significativas realizada precisamente aquí: la plaça de la Palmera, en el distrito de Sant Martí de Provençals.

Supongo que los periodistas, conocedores de esta circunstancia (no puedo imaginarme que no fuese así), consideraron que la obra de Serra en Barcelona no era más que una simple anécdota para el mundo del arte público. Si es así, se equivocaron rotundamente. Sobre todo por dos razones: la especial sintonía que existe entre la sociedad catalana y el arte moderno-contemporáneo y la existencia en las décadas de los años 80 y 90 de un Programa de Arte Público conectado con la construcción de espacios públicos. Es un programa que tuvo transcendencia local pero también, y no menor, en el ámbito internacional artístico y urbanístico, como lo prueba que se le concediera en 1990 el Premio Internacional de Diseño Urbano Príncipe de Gales, otorgado por un grupo de universidades lideradas por Harvard.

La primera cuestión, quizá, está en contradicción con opiniones como la de mi amigo Félix Riera, publicada en esta misma revista (núm. 4) en marzo de 2019. En aquel lucido artículo, bajo el título La incomoditat catalana sobre l'art contemporani, Riera señalaba «cuánto incomodan en Cataluña las propuestas creativas contemporáneas que no se adecuan a la tradición y al proyecto de país soñado». Lo argumentaba con ejemplos muy elocuentes; sobre todo uno: el rechazo del MNAC, de las autoridades y de una parte de la sociedad civil a colocar la «soberbia escultura-instalación del Calcetín de Tapies en la Sala Oval del Palau Nacional de Montjuïc, habilitado como museo». Riera tenía razón. Los que teníamos la responsabilidad de tomar la decisión no estuvimos a la altura de las circunstancias. Y algunos aún lo lamentamos.

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