En su libro anterior, Un quartet, seguramente uno de los libros más extraños y difíciles de calificar, y también más memorables, publicados en 2019, Jordi Ibáñez Fanés (Barcelona, 1962) decía que «mi consejo, pues, es que este libro se lea en cuatro sesiones, desconectando y tomando fuerzas entre una pieza y otra, pero sin perder el hilo que liga las cuatro en una misma secuencia, pues esta secuencia, y no la mera reunión de los cuatro escritos, es la que hace que el Quartet sea un cuarteto». Algo parecido cabría decir de Infern, Purgatori, Paradís (cuando se lee a Jordi Ibáñez Fanés hay que ser paciente, y es inútil sumergirse en sus páginas a la espera de que surja la luz natural), una novela construida sobre tres relatos independientes que se relacionan entre sí gracias a la carnavalesca y pútrida omnipresencia —ridiculez y espanto— del president Capgràs, un personaje semejante en la mayoría de ocasiones a un arlequín locuaz y patético que suele pronunciar palabras que a veces chirrían de tan oxidadas y a veces adquieren el tono del florido discurso de un teólogo en horas bajas, que unas veces son idénticas a la salmodia de un farsante y otras resultan tan incomprensibles como el tartamudeo de un demente.

En la tercera parte, «Viatge a Citera», al día siguiente de haber confesado públicamente que tenía dinero oculto en un banco de Andorra, el president Capgràs aparece a la hora de comer en casa de un antiguo conocido suyo —un intelectual—, se sienta a la mesa con un hambre voraz, come unos cuantos platos de macarrones, se zampa él solo una caja de galletas y  una barra de chocolate belga y después se queda beatíficamente dormido en un sofá. En el capítulo anterior, «Un conte de Nadal», centrado en las investigaciones que realiza un subinspector de los Mossos en torno al caso del periodista Alfons Quintà, que se suicida tras haber asesinado a su mujer, el lector ya había tenido ocasión de presenciar unas imágenes patéticamente espeluznantes: el president Capgràs, calzado con unos zapatos de mujer de color rosa y tacón alto, baila con los brazos abiertos, moviéndolos como si fueran las alas imaginarias de una mariposa, como «un payaso del travestismo encantado de poder mostrar sus habilidades».

 

Misa negra de la política ficción

Antes, en «El futur anterior», unas páginas tan oníricas como los fotogramas de una película de Leo Carax, el lector había viajado al reino de los muertos, o a la papelera de la historia, o al país de las últimas cosas antes del final, y había asistido a una partida de cartas semejante a una misa negra de la política-ficción, condenada a repetirse eternamente, entre los presidents Capgràs, Capavall, Puntilla y Gas, también llamado el Astuto: es como si viendo lo inefable, se vieran a sí mismos y esta visión los fulminase, y entonces es fácil que el lector recuerde lo que decía Baudelaire, que «nunca hay excusa para ser malo, pero hay cierto mérito en el hecho de saber que uno lo es; el más irreparable de los vicios es hacer el mal por estupidez».

El lector asiste a una partida de cartas, condenada a repetirse eternamente, entre los ‘presidents’ Capgràs, Capavall, Puntilla y Gas, también llamado el Astuto.

En Infern, Purgatori, Paradís Jordi Ibáñez Fanés ha escrito, ciertamente, la comedia grotesca, siniestra y muy hilarante del pujolismo, la radiografía de un fracaso histórico gigantesco, del lúgubre esplendor de una sociedad ideal que dio la espalda a la interpretación de lo real —como si viviera en el imperio del pensamiento mágico—, una novela política de textura inédita donde las diatribas de odio a la manera de Thomas Bernhard y las construcciones cerebrales de Thomas Mann se alternan con el delirio satírico de Otto Basil en Si el Führer lo supiera; pero si Infern, Purgatori, Paradís sabe elevarse por encima de la rabia moral y la ferocidad intelectual es porque el autor sigue en todo momento el consejo que le da su maestro al final de la primera parte: «no olvides todo lo que has visto. Ya lo sabes. Has de abrir todas las puertas, adentrarte en aquella oscuridad. Has de saber si cuentas la novela o la historia, o en qué sentido mezclas las dos. Si hablas desde la imaginación o desde la explicación. Las dos deben coexistir. El oro y la mierda. Pero no es bueno que se confundan. Las dos requieren formas distintas de piedad, pero también de persuasión. La decencia de la buena persuasión, Jordiet: todo el secreto está ahí».

 

Comedia trágica de enredos.

Y en efecto, que Infern, Purgatori, Paradís sea la novela que es —extraña, difícil de calificar y muy memorable— se debe a la cortesía de Jordi Ibáñez Fanés, que no olvida en ningún momento que la intriga, o el misterio, de un artefacto literario se encuentra en cada frase, «palpita en cada palabra escrita y salta fuera de control con cada palabra pronunciada». Y el lector queda impresionado por el control compositivo del viaje al infierno y por sus imágenes dantescas —aquí sí cuadra el adjetivo—; queda atrapado por la sensata precisión narrativa del thriller que se desarrolla en torno a la muerte de Alfons Quintà, donde el autor demuestra que también domina a la perfección el arte de narrar convencionalmente y, en fin, como si asistiera al momento estelar de una ópera, no puede dejar tampoco de aplaudir la manera de relacionarse, de moverse y de comportarse de los personajes —tal como se encuentran y se mantiene la tensión argumental en una comedia trágica de enredos— el día de la confesión de Capgràs.

Mientras formula una propuesta estética radicalmente indagatoria, Ibáñez Fanés ilumina con luz nueva la condición humana y la Historia.

No impresiona menos de qué manera se despliegan a lo largo de cuatrocientas páginas apretadas, y muy bien invertidas, porque Infern, Purgatori, Paradís era una novela que reclamaba ser excesiva —el texto prolifera, crepita y palpita, se dispara en todas direcciones, centellea, cambia al girar como un prisma bajo la luz del sol—, un cúmulo de frentes temáticos superpuestos de forma helicoidal, con los vínculos entre el poder político y el periodismo, entre la corrupción de la política y la cobardía del periodismo, entre la cobardía de la política y la corrupción del periodismo, en primer plano. Al fondo, está la presencia de la ruina, la decadencia, el deterioro físico y moral, inherente a la condición humana, en el proceso de la vida catalana durante los avatares del pujolismo.

Jordi Ibáñez Fanés. Infern, Purgatori, Paradís. Barcelona: Tusquets, 2021. 432 págs.

 

Un elogio de la ficción

Infern, Purgatori, Paradís es una novela cívica que tiene la voluntad expresa de convertir el desvarío nacionalista, y las relaciones entre los intelectuales y el poder político, en un espacio novelesco mítico, pero es también una novela contra la decepción, una novela de amor y de aprendizaje vital, un elogio de la ficción donde Jordi Ibáñez Fanés actúa de forma similar a la escena del cuadro alegórico de Sandro Chia que ilustra la portada y, así como el oso que coge de la mano a un hombre desorientado en una especie de selva oscura y lo lleva hacia un lugar menos inhóspito, también conduce al lector al territorio de la alta literatura, entendida como una combinación portentosa de ideas y de historias, de digresiones y pura narración, de trascendencia y de anécdota. Infern, Purgatori, Paradís es una novela que ensancha los límites del género, que lo desborda, y, en el acto de la propia escritura, mientras formula una propuesta estética radicalmente indagatoria, Jordi Ibáñez Fanés ilumina con luz nueva la condición humana y la Historia.