La campaña electoral de las elecciones generales celebradas el pasado 23 de julio tuvo un desarrollo peculiar. La convocatoria se decidió a toda prisa tras los malos resultados para las izquierdas en las elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo. El PP aventajó al PSOE por tres puntos en las municipales, Podemos se hundió y todo ello culminó, merced a la formación de coaliciones entre PP y Vox, en un cambio de gobierno en múltiples comunidades autónomas. Durante las dos primeras semanas tras el 28 de mayo, Sumar, la nueva marca a la izquierda del PSOE, tuvo que pisar el acelerador y resolver en pocas semanas un complejo proceso interno de constitución. A su vez, el PSOE parecía despistado, sin encontrar ni una explicación clara de lo sucedido, ni un mensaje útil que permitiera reconectar con sus votantes.

En medio de esa especie de aturdimiento general, el 12 de junio José Luis Rodríguez Zapatero fue entrevistado por Carlos Herrera en la cadena COPE. Su intervención produjo gran revuelo en las redes sociales. Zapatero encontró el tono preciso que marcó el resto de la campaña del PSOE. Paró en seco las muletillas habituales de la derecha y dio la vuelta a las críticas con las que se había martilleado al Ejecutivo durante cuatro años, centradas en los acuerdos con los partidos independentistas catalanes y vascos.

En lugar de avergonzarse de ello, o de intentar minimizar la cuestión, como hasta el momento habían hecho los socialistas, fue directo a una defensa de lo realizado, explicando las razones de esos acuerdos y sus consecuencias beneficiosas para el país. Zapatero demostró que se podía hablar del problema territorial y nacional apelando a argumentos democráticos e inclusivos. Lo repitió en otras muchas entrevistas e intervenciones y consiguió que la izquierda dejara de estar a la defensiva. La dinámica de la campaña comenzó a cambiar a partir de ese momento.

Siempre ha considerado esencial preservar la dimensión deliberativa de la democracia.

La participación de Zapatero en la campaña del 23-J ha supuesto su definitiva rehabilitación política entre la ciudadanía progresista, ya sea en la socialdemocracia o más a la izquierda. Su figura como expresidente se ha engrandecido (sobre todo en contraste con el papel enfurruñado de Felipe González) y ha pasado a ser un referente para muchas personas. Frente al argumentario prefabricado que manejan tantos políticos, su discurso no se limita a la coyuntura y apela sin recato a los principios ideológicos y democráticos sobre los que se sostuvo su gestión de gobierno.

En este sentido, creo que hay buenas razones para afirmar que, de todos los presidentes habidos desde la muerte de Franco, Zapatero destaca por haber sido el que más en serio se ha tomado los ideales democráticos en el ejercicio del poder. Es más, diría que con el paso de los años ese rasgo se ha ido acentuado, hasta el punto de que hoy encarna un cierto radicalismo democrático, no sólo más visible y explícito que en sus inicios, sino también mejor articulado. Precisamente por ello, ya no tiene que hacerlo explícito, ni ponerle etiquetas, como hacía en sus primeros tiempos cuando hablaba del fuerte influjo del republicanismo en lo que llamó el «socialismo de los ciudadanos»; sus palabras y sus actos son ahora suficientemente expresivos para no necesitar andamiaje alguno.

Quisiera subrayar que este compromiso inquebrantable con los principios democráticos (que muchos confundieron con un «buenismo» ingenuo) es independiente de las valoraciones que cada cual pueda hacer, desde su posición ideológica, de la gestión como presidente de Gobierno en materia de políticas públicas, asunto en el que no entro en este artículo y que he tratado en otras ocasiones con cierto detalle (por ejemplo, en mi libro breve Años de cambios, años de crisis, Catarata, 2012). En esta ocasión, me limitaré a un repaso sumario de cuatro elementos que ilustran su espíritu democrático.

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Respetuoso con sus rivales

En primer lugar, hay una cuestión de formas. Zapatero siempre ha sido respetuoso con sus rivales (su famoso «talante»). Jamás utiliza el insulto ni la descalificación y aguantó en su día ataques durísimos sin alterarse. Él y su partido sufrieron el segundo episodio serio de crispación política (el primero fue el de la última legislatura de Felipe González y el tercero el que se da en la actualidad contra Pedro Sánchez). Ni el tono displicente que utilizaban con él Mariano Rajoy y sus más cercanos colaboradores (Ángel Acebes y Eduardo Zaplana), ni la catarata de barbaridades que se proferían contra él en los medios consiguieron que perdiera las formas. Siempre ha considerado esencial preservar la dimensión deliberativa de la democracia. De ahí que no quisiera enfangar el debate, por mucho juego sucio que hubiera, y que, más en general, tomara medidas para reforzar el papel del Parlamento y los medios públicos de comunicación. De hecho, fue el primer presidente que consiguió despolitizar y profesionalizar dichos medios, frente a la manipulación anterior y posterior.

En segundo lugar, durante su etapa de Gobierno no se produjeron escándalos de corrupción como los que jalonaron la trayectoria de sus antecesores (Felipe González, José María Aznar) y sus sucesores (Mariano Rajoy). En la misma línea, no hubo conflictos institucionales serios o, en la medida en que los hubo (como la no renovación del Consejo General del Poder Judicial o el Tribunal Constitucional), no fueron responsabilidad de Zapatero, sino del Partido Popular (igual que ha ocurrido durante el mandato de Pedro Sánchez con el bloqueo del Consejo).

Durante su etapa de Gobierno no se produjeron escándalos de corrupción como los que jalonaron la trayectoria de sus antecesores (Felipe González, José María Aznar) y sus sucesores (Mariano Rajoy).

En tercer lugar, Zapatero fortaleció la dimensión cívica de la democracia, creando derechos nuevos a través de numerosas leyes que llamaron la atención fuera de nuestras fronteras. Así, se aprobó la ley de matrimonio homosexual, se reformó la ley del aborto, se dieron los primeros pasos en los derechos de las personas trans, se avanzó significativamente en las políticas de igualdad de género (el suyo fue el primer gobierno paritario de la democracia) y se creó el sistema de ayuda a la dependencia. La filosofía estaba clara: las desigualdades son multidimensionales, van más allá del ingreso, y es preciso corregirlas no sólo mediante gasto social, sino también a través de derechos (predistribución) que hagan posible un ejercicio pleno de la ciudadanía.

 

Democracia inclusiva

En cuarto lugar, Zapatero ha sido el presidente que más lejos ha ido en la empresa de construir una democracia inclusiva, frente a la visión legalista y procedimental que es dominante en España. En coincidencia con las tesis defendidas por Robert Fishman sobre el déficit de inclusividad de nuestro sistema político (véase su libro Práctica democrática e inclusión, Catarata, 2021), Zapatero abordó los problemas territoriales y la cuestión nacional con un espíritu integrador y respetuoso de la diversidad.

El proceso de paz fue objeto de críticas durísimas por parte de la derecha política, mediática e intelectual.

En este sentido, el capítulo más difícil y peor comprendido de su gestión fue la apertura de un proceso de paz con ETA tras tres años sin atentados mortales. Ante una organización terrorista en sus horas más bajas, Zapatero creyó que se podía acelerar el proceso mediante el diálogo. Aunque las conversaciones se frustraron pronto con el atentado de la T4 en diciembre de 2006, el hecho mismo de que el Ejecutivo emprendiera un camino político fue decisivo para introducir una contradicción insuperable entre ETA y su brazo político que se acabó resolviendo a favor del segundo.

El 20 de octubre de 2011, unas semanas antes de las elecciones generales que darían la victoria por mayoría absoluta al PP, ETA anunció el abandono definitivo de la violencia, probablemente la mayor satisfacción política de Zapatero al frente del Gobierno. El proceso de paz fue objeto de críticas durísimas por parte de la derecha política, mediática e intelectual. Se anunció el fin del Estado de derecho, la victoria de ETA, la venta de Navarra, la traición a los muertos y otras falsedades no menos delirantes. Sin embargo, visto con cierta perspectiva, resulta evidente que no hubo cesiones sustantivas y que el diálogo sirvió para fortalecer a los partidarios de las vías políticas en el seno de ETA.

También fue extremadamente controvertida la decisión de Zapatero de apoyar la reforma del Estatuto catalán. La derecha hizo cuanto pudo para torpedear la reforma, hasta el punto de que llegó a recoger firmas por toda España en contra de esta. De nuevo, muchos lo vieron no como un intento de profundizar en la integración de Cataluña, sino como una cesión inaceptable ante los nacionalistas que ponía en riesgo la unidad de España. Cabe pensar que si no se hubiera «cepillado» tanto el Estatuto y la derecha no hubiese alterado mediante procedimientos espurios la composición del Tribunal Constitucional, se podría haber evitado el conjunto de desgracias políticas que vino después: la sentencia limitadora del Constitucional, la puesta en marcha del procés y, en última instancia, la grave crisis constitucional que se vivió en el otoño de 2017.

Fue extremadamente controvertida la decisión de Zapatero de apoyar la reforma del Estatuto catalán.

Se podrían mencionar otras muchas medidas orientadas por el mismo espíritu incluyente, desde las conferencias de presidentes autonómicos hasta la supresión del delito de referéndum ilegal, que el gobierno de Aznar había introducido en respuesta al plan Ibarretxe. Todo ello se tradujo, por ejemplo, en una notable reducción de la litigiosidad territorial ante el Tribunal Constitucional

El lector malicioso podría pensar que mis palabras están sesgadas o contaminadas por la relación con Zapatero que en ocasiones se me ha atribuido.

Al margen del grado de acuerdo que cada uno pueda tener con todas estas medidas e iniciativas, lo que me importa destacar es que todas ellas estaban guiadas por un fuerte impulso de profundización democrática. En su momento el establishment del país no quiso reconocerlo y se criticó al presidente acerbamente. Que más de una década después se haya producido una reconciliación entre Zapatero y la opinión pública progresista muestra que, hasta cierto punto, fue un presidente adelantado a su tiempo por lo que se refiere a compromiso democrático. Su discurso actual no ha cambiado, si acaso se ha vuelto más rotundo y radical, pero ahora se encuentra con una mayor comprensión ciudadana. Si hoy ejerce una autoridad moral como expresidente es justamente porque son muchos quienes perciben que, en efecto, Zapatero interviene en los debates públicos a partir de unos principios democráticos firmes.

 

Una aclaración personal

Aunque no me gusta terminar así, creo conveniente cerrar este texto con una aclaración personal. El lector malicioso podría pensar que mis palabras están sesgadas o contaminadas por la relación con Zapatero que en ocasiones se me ha atribuido. Aprovecho estas líneas para aclarar que nunca he trabajado para Zapatero o su gobierno, ni he sido su asesor, áulico o no, ni jamás me ha pedido papeles, ni he participado en la elaboración de sus discursos, ni nada parecido. Es cierto, sin embargo, que le conozco personalmente y hemos conversado unas cuantas veces. Escribo en tono positivo sobre su labor no por ser amigo o cercano a él, sino al revés: porque aprecio y agradezco su defensa de los ideales democráticos, su figura me resulta digna de admiración.