Poeta de la diáspora cubana

El escritor Rolando Sánchez (Holguín, Cuba, 1959) fue fundador, en 1993, en La Habana, del grupo Diásporas, así como de la revista del mismo nombre. En su isla natal publicó cinco libros (Collage en azul adorable, Cinco piezas narrativas, La noche profunda del mundo, Derivas y Escrituras) y se le concedió el premio Nacional de la Crítica de Cuba 1993 y 1994. Tres años después se exilió a Barcelona. En España ha publicado los brevísimos relatos de Historias de Olmo —ese Olmo es una especie de monsieur Teste caribeño, asediado por delatores y policías—, el dietario Cuaderno de Feldafing (ambos en Siruela) y los poemas de Cuaderno Blanco (Linkgua). Actualmente vive en Sabadell. Allí lo fuimos a encontrar, con motivo de la reciente publicación de sus ensayos reunidos por la editorial norteamericana Casa Vacía, bajo el título de La condición totalitaria.

 

¿Cómo entró en el mundo de la literatura?

Desde pequeño leía bastante. Es curioso, pues mi vida se desarrollaba en las calles del barrio, la casa y la escuela. Y de cada una recibí, supongo, alguna cuota de lección. La calle era un poco para bandolerear, jugar con los amigos a la pelota (el base-ball o béisbol), patinar Serrano abajo, que era inclinada, y ser perseguidos o perseguir a otros grupitos del barrio…

Para ponerle un ejemplo, tenía un amigo de unos 6 años, le llamaban El Mexicano, pues se había corrido la leyenda oscura de un padre mexicano muy rico que los había abandonado, y el Mexicano ahora era cuidado por su abuelita Concha, una especie de santa que, literalmente, no podía con él, entonces, para que el nieto no se le escapara a robar y perderse días con pandillitas del barrio, Concha lo amarraba de un pie con una cadena a la reja de una ventana del portal, y desde allí el Mexicano berreaba llamándome.

 

¿Y por qué le llamaba a usted?

Bueno, en verdad yo era el único que acudía a jugar con él. Por otro lado, en la acera de enfrente vivía una familia que se largó a España por esos años, los 60. Y el hijo, Fernandito, tenía una suculenta bibliotequita con libros de Julio Verne y otros muchos que yo iba leyendo y releyendo (leí y releí La isla misteriosa y una caterva de excelentes clásicos presuntamente «infantiles»).

Mi madre era cantante soprano y popular, y tenía mucho empuje y me animaba a leer. En mi clase, por otro lado, tuve dos maestras muy buenas, creo, que ya venían en el magisterio desde los años 50, o sea antes de 1959. Una de ellas llevaba en una bolsa, dos días a la semana, una colección de libros muy pequeños, y nos lo repartía en los horarios de lectura silenciosa.

Otro aspecto que me gustó fue ir con mi padre a su fábrica El Miño, donde correteaba en un suelo cubierto de sangre de cerdos y reses entre decenas de obreros, la mayoría eran del lumpen habanero. En fin, no puedo quejarme en general. Ya por esos años, yo quería ser o músico o arquitecto o cosas similares. A los 9 años tuve la oportunidad de leer en casa de una tía en Centro Habana, Las palabras, de Sartre, y creo recordar que La Metamorfosis de Kafka, etc. Y sobre esos años me aferré a la idea de escribir algún día.

 

Pero con esa idea, ¿cómo es que estudió Química industrial?

A los 11 años fui a parar a una escuela militar, donde se suponía que llegaría a ser posiblemente ingeniero, o piloto, o sabe Dios qué, por supuesto en el campo militar.

 

No le veo muy marcial. ¿Cuánto tiempo estuvo en esa escuela militar?

Estuve 2 años, no me gustó mucho estar marchando como un poseso desde que nos daban el de pie, a las 6 de la mañana, hasta la noche. De aquí fui a terminar supuestamente la Secundaria (aquí sería la ESO), y al año mis padres decidieron que era mejor que yo fuese al Instituto de Química de la Habana, donde a los 4 años me gradué de Tecnólogo, fui a trabajar a una fábrica donde había hecho la tesis, y al año me «llamó» el Servicio Militar. Allí serví a la Patria. Qué duda cabe, en un país donde vivir y morir por la Patria es una excelsa tradición.

Me inicié en la literatura sobre los 22 años, cuando aún estaba en el Servicio Militar, como especialista en Defensa Química. Fue curioso, pues empecé a visitar por mi cuenta la biblioteca de Casa de las Américas, y allí me quedé sorprendido con la lectura de Borges, Cortázar, Onetti y decenas de escritores muy buenos y raros de América Latina, como Macedonio Fernández, Felisberto Hernández, Roa Bastos, José Lezama Lima, y así.

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Escribí algunos cuentecillos, hasta que me satisfizo especialmente uno dedicado a Kafka, y así empezó la cosa. Unos años después publiqué un libro con la poesía y otro con los relatos. El de poesía recibió el premio nacional de la crítica y eso ayudó un poquito a situarme en el «campo literario cubano».

Vivíamos una suerte de comunismo ambivalente, proveniente de la «revolución» y el peso de un Estado Totalitario estilo ruso. Un cóctel maravilloso de pendencias tercermundistas, cuasiromanticismo inyectado, KGB tropical, partido único, miseria paulatina por la desaparición innumerable de vacas cubensis, cosechas del café y la papa malogradas, imaginario comunista importado de los Manuales de Filosofía Marxista rusos (como el Konstantinov, la más estúpida re/interpretación de Marx que he leído), los posesos como Fidel Castro y Ernesto Guevara exportando la «revolución» a incómodas tierras de África y América Latina, etcétera.

Más adelante organicé un poquito el grupo y revistas literaria Diáspora(s) en la Habana, completamente desvinculado de las instituciones estatales, con una propuesta de escritura entre modernista y vanguardista (en el sentido literario y en contradicción con el canon oficialista). Como le decía, tuve la oportunidad de leer los escritores latinoamericanos que le mencioné, y eso enlazó bastante bien con lo que yo intuía que debía ser la Literatura.

 

Supongo que algo diferen