«El dinero no te compra la felicidad, pero sí la libertad», proclamó Roman Abramovich en una entrevista a The Guardian cuando era el rey del mambo en Londres, los políticos lo convidaban a sus mansiones de la campiña inglesa, él les devolvía la invitación paseándolos en sus yates, y un sábado cualquiera a las tres de la tarde (la hora estándar de los partidos de fútbol en Inglaterra) llegaba en helicóptero al estadio de Stamford Bridge acompañado de la celebridad de turno. De Bill Clinton, por ejemplo.

La política británica, como todas, está llena de cinismo, y los mismos que no hace tanto lo adulaban, lloraban por fotografiarse con él y le pedían dinero para sus causas, ahora lo han proscrito y colocado (metafóricamente) en las farolas de los parques de Londres pasquines con su cara. «Enemigo del pueblo. Buscado por ser amigo de Putin, por haber recibido favores suyos y haber hecho su fortuna basándose en la corrupción.» Ha sido objeto de sanciones por el Reino Unido y la Unión Europea (los Estados Unidos se lo están pensando). Sus cuentas bancarias han sido congeladas. Sus jets privados confiscados, según la rumorología, porque su nombre no figura como propietario en ningún papel, en ese mundo oscuro de las sociedades interpuestas en el que se mueve. Los muebles de sus casas repartidas por el mundo, cubiertos con sábanas blancas, crían polvo desde marzo. Su paradero es desconocido, mientras recorre los mares como el holandés errante de Wagner, mostrando en las fronteras su pasaporte ruso, israelí o portugués, como una bandera de conveniencia. Y ha tenido que vender el juguete que más quería, el Chelsea.

Abramovich no es ningún inocente —nadie lo es—, y menos aún alguien con una fortuna personal que antes de las sanciones estaba estimada en 18.000 millones de euros, fruto de su ingenio, su astucia para los negocios, un espíritu desalmado, el saber moverse y, sobre todo, estar en el sitio justo en el momento justo, que es lo mejor que a uno le puede pasar en la vida. En su caso, en la Unión Soviética de finales de los ochenta, cuando Mijaíl Gorbachov decidió que ya estaba bien de comunismo, y que lo que tocaba era desmantelar las grandes empresas estatales —aquellas de los planes y objetivos quinquenales— y transferirlas a manos de la propiedad privada a fin de transformar la economía y la maquinaria política del país.

Los muebles de sus casas repartidas por el mundo, cubiertos con sábanas blancas, crían polvo desde marzo.

Tras una serie de negocios y operaciones menores en comparación, el chollo le cayó del cielo en 1995 cuando, gracias a los contactos que había cultivado y a una subasta amañada (lo mismo, por otra parte, que los de fabricación de mascarillas y desarrollo de programas de rastreo durante la pandemia en el Reino Unido y otros países). Pagó 250 millones de dólares por Sibneft, una compañía energética, que una década después vendió a Gazprom por trece mil millones, un rendimiento del cinco mil por ciento a su inversión. No había leído a Adam Smith, pero sí aprendido con rapidez los fundamentos del capitalismo.

Todo ello a partir de la nada. Nació el 24 de octubre de 1966 en Saratov, un puerto a orillas del río Volga en el sudeste de Rusia, en una familia multicultural con raíces judías, ucranianas y rusas. A los dos años de edad se quedó huérfano. Su padre murió en un accidente de la construcción con una grúa, y su madre de una septicemia, siendo adoptado por unos tíos que vivían acomodadamente en Komi, al norte del país. Los estudios no le interesaban para nada, pero su instinto para los negocios fue evidente desde bien pequeño, comerciando con cualquier cosa que cayera en sus manos, ya fueran muñecas o chocolatinas, bicicletas o patinetes, y más tarde cigarrillos, neumáticos y rublos. Tras un breve experimento como mecánico que no le cautivó de manera especial, ingresó en el Ejército Rojo, dedicándose a embaucar a los otros reclutas para comprarles sus pertenencias a precio de ganga cuando necesitaban dinero, y luego él revenderlas por mucho más.

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Pagó 250 millones de dólares por Sibneft, una compañía energética, que una década después vendió a Gazprom por trece mil millones.

Para beneficiarse de la fragmentación de la URSS había que estar en política, y Abramovich fue durante ocho años gobernador de Chukotka, una región pobre del este de Rusia, donde aprovechó su mandato para financiar de sus propios bolsillos, ya entonces bastante llenos, escuelas y hospitales, y llevar a los niños de menos recursos de vacaciones. En reconocimiento de su sangre parcialmente judía, donó treinta millones de dólares a la Universidad de Tel Aviv para la creación de un departamento de Nanotecnología que lleva su nombre, y otra suma muy importante al Museo en memoria del Holocasuto (Yad Vashen Holocaust Memorial Museum) de Jerusalén. A cambio, recibió el pasaporte israelí.

 

En una servilleta de papel

Fundó y participó en varios conglomerados relacionados con el petróleo, como Norilsk Nickel y Evraz, y vendió el 25 % de sus acciones en la empresa de aluminio Rusal a otro oligarca ruso, Oleg Deripaska, por casi dos mil millones de dólares. Hombre de caprichos, había estado en el palco de Old Trafford presenciando en directo un hat trick de Cristiano Ronaldo para el Manchester United, y decidió que quería comprar un equipo de fútbol (deporte por el que jamás antes se había interesado). Tras varias prospecciones sin éxito en España e Italia, el Chelsea fue puesto en venta en el 2003 y ¡zas!, firmó un talón por 150 millones de euros. La operación se concluyó en una semana, y el primer contrato fue firmado en una servilleta de papel, como el de Messi con el Barça.

Tras varias prospecciones sin éxito en España e Italia, el Chelsea fue puesto en venta en el 2003 y ¡zas!, firmó un talón por 150 millones de euros.

Casi dos décadas después se ha quedado sin el Chelsea. El mismo Gobierno británico que lo había considerado un ciudadano respetable de sólida reputación, ha decidido que es un indeseable por su proximidad a Putin. Y le puso entre la espada y la pared: o vende el club de sus amores a un precio razonable (dentro de los parámetros de lo razonables que pueden ser estas cosas, unos tres mil millones de euros, millón arriba, millón abajo), o el equipo se quedaba sin licencia para operar y desaparecía. Un auténtico dilema.

La operación parece casi cerrada, con el norteamericano Todd Boehly (accionista de los Dodgers y Lakers de Los Ángeles) como la opción preferida, hasta el punto de que ya ha hecho acto de presencia en el palco de Stamford Bridge. Pero a última hora el oligarca se ha hecho un poco el remolón, porque se resiste a renunciar por completo a su inversión, y sobre todo a recuperar —a través de una compañía registrada en el Caribe que controla sin que su nombre figure en ella— el dineral invertido en convertir al equipo del oeste de Londres de una medianía en una potencia mundial, con dos Champions en sus vitrinas. El Gobierno Johnson no quiere ni oír hablar de ello. Pretende que muerda el polvo, y absolutamente todo el capital que genere la venta vaya a organizaciones caritativas de ayuda a las víctimas de la guerra de Ucrania.

 

Putin lo escucha

Para mejorar su imagen y paliar en la medida de lo posible los golpes que le caen, Abramovich ha hecho de una especie de mediador extraoficial en las fracasadas negociaciones de paz de Turquía, porque se supone que Putin lo escucha y Zelensky confía hasta cierto punto en él. Pero la operación de relaciones públicas no le ha dado un gran resultado, excepto en, quizás, ganar tiempo para poner a buen recaudo todo lo que ha podido de su fortuna. No puede utilizar la fabulosa mansión de Kensington Park Gardens, a orillas del Hyde Park, donde era vecino de la realeza y del embajador israelí, ni la manzana de apartamentos que posee en Knigtsbridge, al lado mismo de los almacenes Harrods, ni su «casita de playa» en la isla de Saint Barths, ni el fabuloso apartamento en París. Sus dos megayates, el Solaris y el Eclipse, deambulan por el Mediterráneo sin poder anclar en ningún puerto porque serían confiscados en virtud de las sanciones. Y aunque Estados Unidos por el momento no lo ha castigado, mejor, por prudencia, no refugiarse en el piso de Nueva York y el chalet de montaña de Aspen (Colorado).

¿Es Abramovich uno de los buenos, víctima injusta de la cínica política de Occidente, un hombre de negocios excéntrico, extravagante y afortunado, que ha dado mucho dinero a caridad (la visión que tiene él de sí mismo), o es, por el contrario, uno de los malos, un cowboy ruso que ha hecho su fortuna a golpe de suerte, de corrupción y de pistolas, y cuya caída en desgracia es de justicia poética? Lo que ocurre es que, en el mundo en el que se mueve, hay muchos más pecadores que santos, como quedó claro en el juicio que lo enfrentó en los tribunales ingleses a Boris Berezovsky. El ex socio lo acusó de no haberle dado la parte que le correspondía por la venta de Sibneft, perdió el caso, y al poco tiempo apareció muerto en la bañera de su casa de Ascot. ¿Suicidio o asesinato? Oficialmente suicidio.

Sus dos megayates, el ‘Solaris’ y el ‘Eclipse’, deambulan por el Mediterráneo sin poder anclar en ningún puerto porque serían confiscados.

Pero casi nada es blanco o negro, y Abramovich no habría estado en el punto de mira de la Administración Johnson de no ser porque es la cara internacionalmente más conocida entre los oligarcas, en virtud de su conexión con el Chelsea. Otros tienen más dinero que él, son tal vez más corruptos y lavan más capital en esa gran lavandería que es la City de Londres (un fenómeno, por cierto, al que los gobiernos británicos de todo signo, laboristas y conservadores hacen la vista gorda). Otros se han salvado de las sanciones, como Evgeny Lébedev, empresario y dueño del periódico The Evening Standard, cuyo padre fue un espía del KGB. Tal vez porque tiene pasaporte británico, es miembro de la Cámara de los Lores y amigo del ex primer ministro David Cameron, y del exministro de Economía George Osborne. Las influencias cuentan.

 

Sueño convertido en pesadilla

Abramovich no había cultivado tanto a los políticos británicos, y han ido a por él. Johnson quería parecer lo más duro posible con Putin y sus amigos, a fin de afirmar su relevancia en política internacional después del Brexit y ganar algo de crédito ante los Estados Unidos, y ningún blanco mejor que el oligarca. «Soy un auténtico hijo de la Unión Soviética. Mi historia es una historia genuinamente rusa, como una novela de Dostoyevski o una obra de Chéjov, el sueño americano en versión siberiana», dijo en aquella entrevista con The Guardian. Pero su sueño se ha convertido en pesadilla, y el mismo dinero que le dio la libertad, ahora se la ha quitado.