Vivimos tiempos de hipérbole y extrema polarización. Quizá con el Motomami de Rosalía esa tendencia haya alcanzado su pico. Mientras se destapan fosas comunes en Ucrania, en España nos peleamos por Rosalía. Peleas serias, con amigos que dejan de hablarse tras insultarse gravemente. Amigos virtuales, claro; los de verdad nunca se pelearían por eso. ¿Es ella un genio? ¿Es una basura? ¿Vanguardia o mainstream? ¿Inventora o recicladora? ¿Y si resulta que solo es una artista como cualquier otro, con sus búsquedas, errores y aciertos? La moderación cada vez tiene peor prensa. Aquí todo el mundo se sitúa en un extremo para obtener visibilidad. Es por eso que los extremismos avanzan, también en política. O blanco o negro. Los grises son invisibles, aburridos, la gama de los pusilánimes. Pues bien, avisados quedan. Este artículo va precisamente de eso, de la escala de grises en la propuesta de Rosalía.

Refiriéndose a Motomami, el historietista, ilustrador y melómano barcelonés Juanjo Sáez se expresaba así en su blog: «Reconozco el fenómeno, su creatividad, la producción y los originales arreglos. Reconozco que es un buen disco, pero no la soporto. No soporto que hable de una forma y cante de otra, ni el rollo latino de broma solo para gustar y porque está de moda. Tampoco soporto todo aquello de lo que se le acusó, del apropiacionismo cultural. En realidad se apropia, pero no del modo en el que se le acusaba, sino en el modo neoliberal. Es la Madonna de hoy. Tengo talento y me ponen la pasta y todo para hacer el paquete perfecto. También asumo que me he hecho viejo y ya no comprendo ese universo emocional. Entiendo que todos los palabros que usa conectan con la sensibilidad de los jóvenes. Entiendo todo eso, pero entenderlo no va a hacer que me guste. Se come la liebre que otros cazaron».

La gran novedad de Rosalía es la osada aleación de cosas que ya existían. No inventa, mezcla. Y calcula la mezcla para que tenga gancho comercial. El disco parece un caos, la banda sonora del déficit de atención, pero está pensado al milímetro, artística y comercialmente. Cuarto y mitad de flamenco, ráfagas de trap, electrónica y reguetón, una pizca de jazz, otra de bachata, otra de soul…

Si con 15 años Lennon o McCartney hubieran desafinado como Rosalía a esa edad no habrían tenido otra oportunidad.

El Sgt. Pepper’s también fue un collage de tendencias e influencias, conectó con su época como Motomami ha conectado con la suya. Aparte del tiempo invertido en el proceso de grabación y mezcla —tres años Motomami frente a seis meses Sgt. Pepper’s— hay una gran diferencia entre la forma de aproximarse al arte entre los Beatles y Rosalía. Los Beatles son autodidactas, aprenden a medida que crecen, de la música y del negocio. Rosalía se forma durante diez años, estudia todas las técnicas de producción, marketing, composición… Como buena millennial, llega a la cima sobradamente preparada. Si con 15 años Lennon o McCartney hubieran desafinado como Rosalía a esa edad (véase en youtube su descacharrado paso por Tú sí que vales) no habrían tenido otra oportunidad. Si el niño Camarón hubiera desafinado lo hubieran tirado al pilón en la Venta de Vargas.

 

Como Cristiano Ronaldo

A Rosalía la tumbaron con justicia en la lona del talent show. Desafinó como un gallo y bailó como un pato. Pero ella no se rindió. Crecida en un mundo lleno de posibilidades, porfió, estudió, afinó y se convirtió en una crack. No un genio. Genio no es Rosalía ni Lennon. Lennon era un enorme talento intuitivo y natural. Genio es Mozart, que con cinco años componía intrincadas piezas. Rosalía es como Cristiano Ronaldo (y perdonen si el ejemplo les parece poco empoderante). El futbolista luso es un paradigma del tesón, la ambición y el perfeccionismo. Un futbolista esculpido a sí mismo. Rosalía es así. No es un Messi que naciera ya regateando en la calle.

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De hecho, la música de Rosalía no apela a ninguna calle, ningún barrio, ninguna tribu, ninguna tradición concreta. Invoca a muchas cosas a la vez. No hay un marchamo identitario potente. «Fuck el estilo/ Fuck el stylist/ Tela y tijera, y ya/ Cógela y córtala, y ya», canta en Saoko, el tema que abre Motomami. Su estilo es el corta y pega, y lo reivindica con orgullo. Su lenguaje no es el de su barrio, sino el de las redes sociales. Las redes son su barrio. Sus cantes de ida y vuelta entran y salen por la plaza pública del TikTok. Y sus haters son los chungos del vecindario. Todo esto es lo que a los boomers más les puede descolocar, aunque el «fuck el estilo» no deja de ser en sí mismo una propuesta estilística. Y de larga tradición. ¿Qué fue el sitar de Harrison en los Beatles sino un «fuck el estilo»?

Con su sobredosis mediática, Rosalía ha conseguido que todo el mundo sienta la obligación de dar su opinión, a riesgo de quedar mal, bien como ignorante o como esnob. Hacen el ridículo quienes despotrican del disco sin haberlo escuchado, porque Motomami es hedonista en su envoltorio pero sesudo en su concepción. También bordean la vergüenza ajena quienes se desbordan en el elogio, sobre todo los más entrados en años. Se diría que les urge hacer su último gran descubrimiento antes de jubilarse. Se leen cosas como que Motomami es «un disco en busca del pop total de síntesis del siglo XXI o XXII», que «inaugura un nuevo orden mundial» (¿Putin, China, criptomonedas y Rosalía?), que «pone el último clavo en el ataúd del indie» o que representa «un corte nítido, despiadado, cruel, con la generación de los adultos».

 

Portada del álbum Motomami de Rosalía y portada del libro de 1983 Paper Dolls d'Art Kane.

Portada del álbum Motomami de Rosalía y portada del libro de 1983 Paper Dolls d’Art Kane.

 

Festín de gurús

Parece normal que la prensa especializada se ocupe de señalar los aciertos de Motomami, pero ver el festín de gurús en la prensa generalista resulta, cuando menos, sospechoso. Pocas veces dedicaron una línea al punk, al grunge, al trap, al hip-hop, al trash-metal o al reguetón. A lo mejor sí al rock, pero cuando ya era puro AOR (Adult Oriented Rock).

Con Rosalía, se ha instalado entre sus acérrimos defensores la idea de que el oyente no motomamizado es demasiado viejo para comprender lo nuevo. Pero Hay boomers que se postran ante el advenimiento de una nueva diva y creen en ella como un acto de fe. Es un fenómeno tan perceptible que provoca el oprobio de sus coetáneos más rockeros, más rocosos o más enrocados. El caso es que los cincuentones motomamizados reivindican las piezas más melódicas (La Fama, Candy, Hentai, G3 N15, Como un G, Sakura) pero callan clamorosamente ante la parte más agresiva, electrónica y reguetonera del disco (Saoko, Bizcochito, Chicken Teriyaki, La Combi Versace, Diablo, Cuuuute, Motomami). Rosalía y su equipo han buscado un producto, como se dice ahora, transversal, empoderante y globalizador. Mujer-Dios-sexo-familia-fama. Pese al envoltorio rupturista, el eje temático del disco también está pensando para tocar la fibra de una amplia mayoría.

En contra de lo que pueda parecer, Rosalía no es cosa de jóvenes. Su éxito es internacional e intergeneracional.

La periodista Blanca Lacasa ha escrito: «Motomami es el más oscuro, sucio, gozoso, luminoso, dulce y roto de los presentes para el más desconocido de los futuros. Por eso molesta e incomoda, y apremia entenderlo, aprehenderlo y domesticarlo. Es un disco difícil y a la vez instantáneo y visual. Directo pero nada evidente. Exactamente como el tiempo que nos toca vivir. Excitado, alterado, tembloroso, caótico, violento, hipersexualizado, poderoso, extremadamente frágil. Y aun así, hermoso y palpitante en su deforme contradicción».

 

Lo nuevo para cincuentones

Dejemos la réplica a Juanjo Sáez: «Detrás del indie tenía que venir algo, y ese algo fue el trap. Para la generación boomer, de repente tan concienciada, feminista y antiglobalización, los temas del trap eran demasiado garrulos. Entonces llegaron Rosalía y Tangana, y ahora sí, conectamos. No es casualidad que Tangana haya sacado un disco casi de duetos con los reyes de los 80. Rosalía fundamentalmente es música para boomers que quieren sentir que aún son jóvenes y que escuchan música nueva. Rosalía es lo nuevo para cincuentones, es lo nuevo para que nada cambie, es lo nuevo para el target de consumo que sigue predominando, el nicho grande del mercado, el público por el que todo el mundo lucha: la masa».

Rosalía y su equipo han buscado un producto, como se dice ahora, transversal, empoderante y globalizador.

Los mayores problemas que podría tener la vieja guardia con Motomami serían para conectar esas letras percusivas bombeadas a ritmo de reguetón. Aquí la diferencia generacional sí que puede parecer mayor. O a lo mejor tampoco tanto. Hagamos un ejercicio simple. Reciten mentalmente la pegadiza Chicken Teriyaki: «Pa’ ti naki, chicken teriyaki/ Tu gata quiere maki/ mi gata en Kawasaki». A continuación, entonen esta añeja proclama futbolística: «Alabí, alabá, alabin bom-bá/ Athletic, Athletic/ y nadie más». ¿Lo ven? No hay novedad en sentido estricto. Es un viejo patrón rítmico, un enunciado monocorde que no solo cantaban nuestros abuelos forofos, sino ya en tiempos de Al-Andalus: «Alla’ibín áyya ba’ád alla’ib bón bád» («jugadores, venga ya, el juego va bien»).

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Rosalía también juega. Juega como Little Richard: «Auamba buluba balambambú». O como Dylan: «Wiggle, wiggle, wiggle like a gypsy queen / Wiggle, wiggle, wiggle all dressed in green». Palabras que no dicen nada y dicen mucho. No siempre la música es para pensar, ni siquiera la del Nobel de Literatura. No es que Motomami no resista un análisis intelectual, sino que más bien no lo necesita. Que no nos vengan con sesudas comparaciones entre Rosalía y Valle-Inclán, porque eso es de una pedantería intragable. Tan intragable como cuando los llamados flamencólicos —esa mezcla, como decía Morente, de melancólico, cólico, alcohólico y coliflor— se afanan en negar la innegable flamencura de Rosalía. Son los mismos puristas (de puro en boca) que rechazaron a Lole y Manuel, Triana, Veneno, Camarón, Pata Negra y Morente. Ay, ¿qué hubieran hecho estos con tres años para grabar un solo disco? Bueno, nadie lo sabe. A lo mejor, bloquearse.

 

Un gran acierto

Respecto al autotune, el mal nunca está en la herramienta, sino en su abuso. Es como el pedal de distorsión en el rock: si te pasas, aburres. Rosalía usa la herramienta con moderación y tino. En la mayor parte de Motomami su bella voz aparece cruda, desnuda, sin ni siquiera reverb. Es un gran acierto, como el desubicado uso de metralletas de reguetón en una balada tan dulce e irónico-sexual como Hentai. Del mismo modo, Rosalía domestica el trap, el penúltimo subgénero musical urbano. Letras explícitas sobre la calle, las drogas, la violencia y el sexo. El porno-light de Hentai («yo la batí hasta que se montó» o «enamorá de tu pistola, roja amapola») sonará a hit de Disney en los barrios donde surgió el trap.

Respecto al ‘autotune’, el mal nunca está en la herramienta, sino en su abuso. Rosalía la usa con moderación y tino.

Una apreciación final referida a la portada de Motomami, cuyo diseño y concepto está acreditado a la propia Rosalía junto a su hermana Pili Vila y Ferran Echegaray, con Daniel Sannwald como fotógrafo. Tan rompedor no puede ser un disco que ya de entrada plagia (o copia y pega) unas fotos de Art Kane publicadas en la colección Paper Dolls de 1983. Kane es autor de icónicos retratos de Bob Dylan, Sonny & Cher, Aretha Franklin, Janis Joplin, los Stones y los Who, ilustres representantes del viejo orden. «Yo me transformo, me contradigo», canta Rosalía como declaración de intenciones en Saoko. En 2020, con 80 años, Dylan se le adelantó: «Soy un hombre de contradicciones/ Soy un hombre de muchos estados de ánimo/ Yo contengo multitudes». Transformarse y contradecirse. No parece mucha novedad. Que se lo digan a Bowie.