Ninguna mirada escapa a la presencia de un espejo. Su poder radica en que, por un instante, uno puede disponer, sin casi percatarse, de un fugaz autorretrato. Suele ocurrir a aquellas personas que disponen de más  tiempo para mirarse en el espejo que, al  detectar en su rostro un ligero cambio, lleven sus manos hacia él para volver a poner las facciones en su sitio. Rostro y manos son dos partes del cuerpo que se buscan y se tocan constantemente. Un rostro sin manos es un rostro ciego, ausente, perdido. La fotografía de un rostro, un retrato, nos descubre una intimidad revelada; pero, cuando entran en escena unas manos, se busca, en muchos casos, recuperar la intimidad violentada por el objetivo de la cámara.

La exposición «Corps à Corps, histoire (s) de la photographie», en el Centro Pompidou, comisariada por Julie Jones y Marin Karmitz, nos permite trazar un la relación entre el rostro y las manos. La notable exposición fotográfica incide en el enorme valor cultural  que tienen el retrato y el autorretrato en la cultura occidental, en contraste con otras culturas que los evitan o les es prohibido. La exposición resulta oportuna en un momento donde el rostro es modificado por la cirugía plástica, la digitalización o la obsesión de diseminar el rostro en todos los soportes posibles, que van desde camisetas, tazas, libretas, servilletas, redes sociales, registros audiovisuales y fotografías. Esta capacidad de generar retratos es tan enorme que, tras la muerte, siguen dando testimonio de la vida de las personas como si asistiéramos a contemplar los retratos de El Fayum o retratos de momias. Los retratos de El Fayum son pequeñas piezas pictóricas pintadas sobre tablas de los rostros de la clase alta del Egipto romano que se colocaban adosadas a sus cuerpos momificados.  Si los retratos de El Fayum pretenden fijar el encuentro entre la vida y la muerte, intentado preservar el rostro del fallecido o fallecida, en la actualidad los retratos, la infinidad de autorretratos que una persona se realiza tal vez en un solo día, nos pone en contacto con la fugacidad de la vida.

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