Si hay un reproche serio que hacer a los países europeos ante la actual crisis ucraniana, en especial a los que pertenecen a la Unión Europea y a la Alianza Atlántica, es no haber conseguido construir en 32 años, desde la caída del Muro de Berlín, un marco estable para la seguridad europea, lo que solo se podía hacer con un esquema de diálogo y relaciones específicas y equilibradas con la Federación Rusa. Todos los reproches de Putin a los aliados occidentales durante la larga crisis con Ucrania, en cambio, pertenecen al universo de las verdades fabricadas en los mundos paralelos tan propios de las dictaduras y de los nacionalismos populistas, incluida la versión virginal de una Rusia engañada y amenazada por los Estados Unidos durante todo el siglo XX y de una Europa y unos Estados Unidos siempre dispuestos a dividir y amputar a la Rusia eterna.

Ya no quedan secretos acerca de las negociaciones que concluyeron la guerra fría: los tratados que permitieron la reunificación de Alemania, la constitución y el ingreso de todos los países del antiguo bloque comunista en la Organización para la Seguridad y Cooperación Europea y después en el Consejo de Europa e incluso el establecimiento de una relación inicialmente estable entre la OTAN y Rusia a través de la Asociación para la Paz, primero, y del Consejo OTAN-Rusia, después. No hay un solo compromiso escrito, ni un solo borrador o declaración pública vinculante en virtud del cual Rusia recibiese la garantía que ahora exige Putin de que no habría ninguna ampliación de la Alianza Atlántica en dirección al Este ni tampoco de que Ucrania o incluso Bielorrusia no ingresarían en ella.

Núcleo fundamental de esta historia han sido dos acuerdos de desarme. El primero y más importante es el INF (Intermediate-Range Nuclear Forces Treaty), firmado por Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov en 1987, que supuso la eliminación de los 2.692 misiles terrestres de corto y medio alcance, entre 500 y 5.500 kilómetros, instalados en territorio europeo. El segundo, el Memorándum de Budapest, con rango de tratado internacional, firmado por Estados Unidos, Reino Unido, Ucrania y Rusia, y consecuencia de la disolución de la Unión Soviética, que afectaba a una tercera parte de los misiles con carga nuclear de largo alcance, más de 5.500 kilómetros, es decir, los cohetes intercontinentales. Era el arsenal que quedaba en manos de la Ucrania independiente, desmantelado a cambio de garantías escritas sobre la preservación de su independencia, las fronteras del momento y la integridad territorial.

 

Terrible hoja de servicios

Ni siquiera Yeltsin ni todavía menos Putin, incluyendo el paréntesis de la presidencia de Medvédev con Putin de primer ministro, se sintieron cómodos con el status quo resultante de la guerra fría.  Las reformas económicas liberales, las privatizaciones corruptas, el capitalismo alocado de los oligarcas y los beneficios que sacó de ello el capitalismo financiero de la City y de Wall Street desviaron la atención respecto al inestable horizonte de una Europa y un mundo con un imperio disminuido por sus propios errores y situado en una pendiente de decadencia demográfica y de una economía dominada por las mafias. Pese a todo, en 1977, todavía con Yeltsin, Rusia se integró en el G7, el grupo de los países más industrializados —del cual sería expulsada en 2014 tras la anexión de Crimea— y en 2012 en la Organización Mundial de Comercio.

La globalización parecía perfecta, pero en el terreno de los hechos, no en el de los tratados, la seguridad quedaba excluida, tal como se fue demostrando, hasta la actual culminación y probablemente punto final del mundo que hemos conocido. La hoja de servicios de la Rusia postcomunista, a 30 años vista, es terrible: ha conservado lo peor de los dos sistemas, las desigualdades de la sociedad de mercado y el autoritarismo del comunismo, e incluso del despotismo imperial zarista. Ni siquiera Yeltsin queda fuera de la larga lista de guerras libradas en territorios de la antigua hegemonía soviética, aunque Putin ha sido el más belicoso, ya como primer ministro de Yeltsin en Chechenia y el Daguestán, después en Georgia, al norte del Cáucaso, en Ucrania con la anexión de Crimea y en la región separatista del Donbás, en Siria al lado de Bashar al-Assad, y eso, sin contar las intervenciones de mercenarios rusos próximos al Kremlin de la compañía Wagner en Siria, Libia, Mali y la República Centroafricana.

 

Las semillas de la guerra

El imperio amenazador dice que se siente amenazado. En todos estos años, la OTAN ha hecho una sola operación sin la cobertura legal de Naciones Unidas, en la guerra de Kosovo, mientras que la Rusia que ahora se siente agredida por las ampliaciones de la OTAN de los últimos años ha vulnerado los acuerdos firmados al final de la guerra fría, y notablemente los que garantizaban la independencia de Ucrania. No puede decirse lo mismo de los Estados Unidos, con su guerra ilegal en Irak, sus innumerables errores en Oriente Medio y, sobre todo, la voladura del orden internacional a cargo de Donald Trump: fue él quien se retiró en 2019 del tratado INF, quien expresó sus simpatías con la anexión rusa de Crimea y debilitó la posición de Ucrania por motivos electorales.

Cuando Trump entró en la Casa Blanca tenían vigencia tres tratados vinculados al control de armas: el INF, el de Cielos Abiertos (sobrevuelos desarmados de mutua vigilancia) y el Nuevo Start (Tratado de Reducción de Armas Estratégicas). Ahora no queda ninguno y no hay razones para la confianza ni posibilidades de verificar. Hay que cuidar la paz y los tratados que la establecen. Y cuando no se hace, como ha pasado con Rusia, se siembran las semillas de la guerra.