No hay nada más peligroso que un gigante atormentado por el complejo de vulnerabilidad. Ése ha sido históricamente el caso de Rusia, un imperio territorial siempre en movimiento, ya sea expansivo en sus épocas doradas, ya sea de retraimiento en los momentos de decadencia. Vladímir Putin no solo no esconde la psicología torturada y victimizada de la superpotencia que salió malparada de la guerra fría, sino que la exhibe y la utiliza para sus objetivos políticos, el más importante de los cuales es mantenerse en el poder de modo vitalicio. Así es como ha convertido en bandera de su presidencia la rectificación de la catástrofe geopolítica más importante del siglo XX, que es lo que fue —según sus propias palabras— la desaparición de la superestructura política al servicio del imperio ruso que era la Unión Soviética.

Todo lo que ha sucedido en los límites occidentales de la Federación Rusa en 2021, incluida la crisis de los refugiados, estaba inscrito en el programa de Putin. El Kremlin no podía permitir que Bielorrusia cayera en manos del movimiento democrático que desafió y venció al dictador Alexander Lukashenko en las urnas en agosto de 2020, y mucho menos aún puede permitir que Ucrania se desenganche definitivamente del espacio postsoviético. Sostener a Lukashenko en su represión de las protestas y en la persecución de los dirigentes formaba parte de la política de Putin contra la OTAN y de cara a dividir a la Unión Europea.

Su proyecto imperial, que ya tenía un instrumento destacado en el suministro de gas a Europa, especialmente a Alemania, ha visto enriquecido su arsenal de armas con la utilización de las poblaciones inmigrantes que buscan asilo desde orígenes tan diferentes como Irak, Etiopía e incluso Cuba. El objetivo es recuperar territorios y quizá anexionarlos, tal como hizo con Crimea en 2015, alejar a la Unión Europea de la hegemonía de los Estados Unidos, neutralizar su influencia en la Europa central y los Balcanes, y conseguir una cierta finlandización (al estilo de la neutralidad obediente de Finlandia durante la guerra fría) en los países culturalmente más próximos, como Ucrania y Serbia, o políticamente más manejables, como Hungría.

Putin no esconde sus ideas ni sus intenciones. Considera que Ucrania y Rusia forman parte inseparable del mismo espacio civilizador. Interpreta los intentos pluralistas en estos países —las famosas revoluciones de colores— como movimientos promovidos desde Occidente contra Rusia. Y todavía más las candidaturas para incorporarlos a la UE o la OTAN. En un extenso artículo de cariz histórico publicado en julio de 2021, criticó duramente la Constitución soviética de 1924 por la inclusión del derecho de autodeterminación y secesión, derechos que considera una auténtica bomba de relojería. También censura la cesión de Crimea a Ucrania en 1954, a pesar de que había sido una república soviética autónoma desde 1921.

 

El molde estalinista

De sus reflexiones se desprende una clara crítica al bolchevismo y una reivindicación de Iósif Stalin, el dictador que, pese a su origen georgiano, fue quien recuperó el nacionalismo ruso, de entrada con su teoría del socialismo en un solo país y más tarde con la victoria militar sobre Hitler. No es casual que China, en ascenso imperial, recupere también a su dictador fundacional, Mao Zedong, quien se inspiró precisamente en Stalin, sobre todo en la personalización del poder y en el papel del partido único como vertebrador del Estado y la sociedad. El nacionalismo y la concentración máxima de poder surgidos del molde estalinista son así las herramientas políticas con las cuales tanto Rusia como China se enfrentan a los retos de la nueva organización de la globalización.

La sombra de Iósif Stalin se proyecta tanto sobre Vladímir Putin como sobre Xi Jinping

El cambio de época escenificado con la dramática retirada de Estados Unidos y sus aliados de Afganistán, no se le podía pasar por alto al Kremlin. El momento hay que aprovecharlo ahora, justo cuando China exhibe su fuerza y su ascenso imperial con el señalamiento de los objetivos que se propone, notablemente la anexión de Taiwán, pero sobre todo la expulsión de Estados Unidos y sus aliados del espacio asiático incluso antes de la mitad del siglo XXI. Estados Unidos se encuentra en un momento muy delicado, con su democracia en cuestión, un presidente de 79 años que ha perdido rápidamente el estado de gracia electoral y unos aliados europeos cuya división y debilidad se ve agravada por el maltrato y el abandono de Washington.

 

Sacar partido del desorden

Rusia y China han actuado coordinadamente en las Naciones Unidas desde hace como mínimo diez años, especialmente con su doble veto, en nombre del principio de no injerencia, de las resoluciones del Consejo de Seguridad que promovían intervenciones en defensa de poblaciones desprotegidas. Las dos potencias vecinas también se han asociado en numerosas iniciativas que pretendían evitar la hegemonía occidental en las instituciones que conforman el orden internacional. Sus dirigentes son revisionistas respecto al orden global configurado después de la Segunda Guerra Mundial y sobre todo desde la caída del Muro de Berlín.

La actual alianza estratégica entre Moscú y Pekín puede volver a convertirse a largo plazo en una rivalidad

Pese a todo, la geografía y la demografía los sitúa a largo plazo como rivales, tal como lo fueron desde 1960 hasta el final de la guerra fría. Ahora los une el adversario occidental común, pero en la actual presión rusa sobre las fronteras de la UE se puede leer también una cierta rivalidad con China a la hora de sacar partido del actual desorden y la voluntad de situarse en la pole position de la carrera abierta con la nueva era geopolítica del siglo XXI.