En la avalancha de imágenes históricas que han marcado la formación del nuevo gobierno de coalición entre las izquierdas, el nombramiento de Salvador Illa i Roca como nuevo ministro de Sanidad ha quedado en un segundo plano, como una pieza menor de una elección previsible. El socialismo catalán siempre ha estado presente en los Ejecutivos socialistas, y esta vez tampoco sería diferente. Sin embargo, hay algunos indicios que no deberíamos pasar por alto y que sugieren el volumen real que puede ocupar el nuevo ministro in pectore de Cataluña en la escena española de los próximos años.

De entrada, Salvador Illa es una de las figuras con más peso interno que el PSC ha enviado como ministro a Madrid, equiparable al que Montilla, Serra o Lluch tenían en su momento antes de entrar en el Ejecutivo. A diferencia de Chacón, Borrell, Batet, o Solé Tura, entre otros catalanes, para los que la ascensión fue el resultado de una ministrabilidad generada en la arena estatal (y, a menudo, de su proximidad al jefe de gobierno), Illa llega al ejecutivo de Sánchez en virtud de su autoridad interna en Cataluña, como representante -y no simple delegado- de una fuerza territorial clave para el sostenimiento de la mayoría gubernamental.

Es la primera vez que un Secretario de Organización del PSC se sienta en el Consejo de Ministros. Y como en Montilla, Serra o Lluch antes, esa doble lealtad política conllevará implicaciones notables en las relaciones entre las dos familias socialistas, y en su papel en la política catalana. El resultado de esta operación dependerá, por supuesto, de cómo evolucione el contexto en el que se moverá el nuevo gobierno, pero también influirá decisivamente la personalidad y la experiencia del personaje. ¿Quién es Salvador Illa?

Las diversas notas biográficas publicadas raíz de su nombramiento coinciden en destacar su discreción, su lealtad, su talante negociador y la experiencia como hombre de aparato. Se ha hablado más de lo que ha hecho (recientemente) que de los pocos lugares por donde había pasado (anteriormente), lo que deja entrever algunos rasgos particulares del nuevo ministro, que quizá no se han valorado suficientemente. Y es que su carrera política resulta bastante exótica en los tiempos que corren.

Acostumbrados a escrutar el cursus honorum de aquellas figuras que se convierten en miembros de los gobiernos, con Illa hay que empezar en sentido contrario: por lo que no ha hecho. No formó parte de las juventudes políticas del PSC, pese a comenzar en la acción pública muy joven. Nunca ha sido diputado en el parlamento de Cataluña, ni en el Congreso, el Senado o el Parlamento Europeo, ni siquiera lo ha intentado, y esto sí que es bastante infrecuente, a pesar de ser uno de los líderes actuales con una experiencia orgánica de partido más extensa.

No es estrictamente un hombre de Sánchez (en las primarias de 2014, la mayoría de dirigentes del PSC apostaban por la victoria de Eduardo Madina, si bien rápidamente recondujeron su apoyo a la corriente del ganador), aunque Illa, como la cúpula del PSC en general, se convirtieron en una de las columnas que hicieron posible el retorno de Sánchez y han ayudado a consolidarlo posteriormente.

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Finalmente, Illa tampoco comparte este perfil de ministro que tanto gusta al jefe de gobierno, basado en el expertise y la especialización en las tareas del ministerio correspondiente, a pesar de algunas breves excepciones en la empresa privada y su experiencia en algunos cargos de gestión y administración. De hecho, Illa asume una difícil sustitución de María Luisa Carcedo, una ministra del ramo que acumuló el reconocimiento del sector por su actuación en el breve período de mandato que tuvo.

En realidad, no sería desajustado calificarlo como profesional de la política en el sentido weberiano, alguien que vive de la política porque se ha dedicado completamente a ella. Hay que precisar, sin embargo, que para el ministro Illa la política se ha convertido, sobre todo, en un oficio, en una actividad que tiene sus reglas, que impone unas lógicas de funcionamiento, y exige unos tiempos y unas formas. Y, sobre todo, que necesita de un aprendizaje, cocinado a fuego lento.

Todos los que aprenden el oficio de político acabarán deviniendo, de una forma u otra, profesionales de la cosa pública. Pero no todos los profesionales de la política necesariamente conocerán el oficio, como suele ser el caso, cada vez más frecuente, de aquellos cocineros de política fast food, bajo la apariencia asimilable, a veces, a una especie de nouvelle cuisine que algunos podrían traducir como «nueva política».

Indudablemente, Salvador Illa pertenece a la otra categoría, la de los viejos culo di ferro que erigieron la democracia de partidos contemporánea tal como hoy todavía la concebimos. Seguramente por eso se ha acabado encontrando en lo alto del partido, con Miquel Iceta, otro fajador de largo recorrido. Sin embargo, los orígenes políticos de Illa y de Iceta no podrían ser más diversos.

Por eso hay que mirar con más atención una etapa que sus biografías mencionan de refilón, a pesar de ser, de hecho, el único momento en que Illa pasa por las urnas: los años en la política municipal. Fue en el Ayuntamiento de la Roca del Vallès, un pequeño municipio en la frontera metropolitana, a unos 30 km de Barcelona, que fue gobernado por CiU durante la primera década y media de la democracia. Es allí donde Salvador Illa fue elegido concejal independiente del PSC en 1987, con 21 años, por poco tiempo, y lo vuelve a ser unos años más tarde, después de un periodo de estudios y servicio militar. Allí le introduce en el oficio una personalidad insigne del catalanismo histórico, Romà Planas i Miró, a quien Illa sucedió como alcalde en septiembre de 1995, debido al fallecimiento repentino de aquel, sólo tres meses después de haber sido elegido en las elecciones de mayo de aquel año. Sin embargo, Illa no heredó de su predecesor sólo la vara de alcalde.

Romà Planas había regresado a la Roca tras un largo exilio en París. Su padre había sido alto cargo de la Generalitat republicana y alcalde de la Roca hasta que hubo de exiliarse en Francia con su familia al terminar la guerra. En un sentido discurso de homenaje, su amigo Raimon Obiols señaló las duras condiciones que el joven Planas sufrió en aquellos años – «hambre (…) frío (…) [y] desposesión absoluta de un niño al que le habían arrebatado el propio país», como tantas otras víctimas de la guerra y la represión. Allí, el joven Planas se convertirá pronto en uno de los activistas del catalanismo en el exilio francés, desde donde ingresará en el Movimiento Socialista de Cataluña tras trabar amistad con Obiols y Joan Reventós, como también hará más tarde con Josep Tarradellas. Tanto es así que volverá a Cataluña, ya en tiempo de transición, como una de las personas de confianza del viejo President, de quien se había convertido en secretario personal.

De esta forma, a través de Planas, el joven Illa entronca con dos linajes nobles del catalanismo político moderno: el socialismo de Raventós y Obiols, y el republicanismo de Tarradellas. Una educación política muy influida por la tradición republicana francesa, heredada de políticos que habían adoptado como modelos públicos figuras como Jean Moulin, Pierre Mendès France o el general De Gaulle, y que incorpora una concepción institucional de la actividad pública, donde un determinado comportamiento de los individuos es la primera exigencia de su condición ideológica, y donde las vulgaridades o el ridículo no están admitidos.

Esta herencia política latente, tal vez crepuscular, tiene en Salvador Illa su continuidad y una de las expresiones más genuinas de la política catalana actual, en un tiempo donde la gravedad no impostada y la contención personal de los representantes públicos pueden parecer incluso extravagantes.

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Y como Romà Planas y Tarradellas, Illa ilustra una trayectoria política donde la acumulación de cargos públicos no resulta un requisito indispensable para adquirir el oficio de político. En su caso, este aprendizaje de la praxis se inició aceleradamente a partir de ese momento, que abriría su etapa de consolidación en la política municipal y dentro del partido, al que se acababa de afiliar formalmente.

Ciertamente, las condiciones en las que asume la alcaldía no eran las más propicias para mantenerla, sin mayoría y sin la legitimidad reconocida por los adversarios que proporcionara la autoridad simbólica para gobernarla. Habría que buscar esta autoridad en otros argumentos. Una jugada más que incierta de la oposición se la acabará dando.

A mediados de 1998, una combinación de concejales de varios partidos (CDC, IC y grupos locales) se unen para presentar una moción de censura. Sus respectivas direcciones nacionales, opuestas a la jugada, expulsarán a los promotores de la moción, que se acabará celebrando a instancias del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña pocos meses antes de las elecciones municipales de 1999 y destituirá al joven alcalde del cargo.

Pero la jugada se demostrará un error de cálculo colosal. Pocas semanas más tarde, el PSC de Illa obtendrá la victoria más amplia hasta la fecha en el municipio. Aquel acontecimiento tendrá un impacto profundo en él. Si Illa ya era reticente, por actitud, hacia el uso de atajos en política, desarrollará una aversión aún mayor contra los peligros del faccionalismo y los golpes de timón como táctica política. Sus posteriores experiencias en el partido le confirmarán reiteradamente esa intuición.

Su posición de autoridad municipal le abre la puerta a la ascensión dentro del partido, siguiendo el patrón de las viejas organizaciones de masas: de forma gradual, pasando el filtro de las opiniones de aquellos dirigentes que irá conociendo durante su trayectoria, aprendiendo el funcionamiento interno de las bases y los cuadros intermedios, con la consecuente gestión de las aspiraciones, vanidades y discrepancias, sabiendo esperar y hacer esperar.

Esta será la escuela adquirida en su federación comarcal -el nivel territorial decisivo para la vida interna del PSC, y que condiciona el elevado nivel de estratarquia que ha caracterizado esta fuerza. La Federación del Vallès Oriental es una de las que mejor ha reflejado tradicionalmente la diversidad sociológica que el PSC ha aspirado a representar en la sociedad catalana: asentada sobre una comarca que combina áreas urbanas de electorado de matriz castellanohablante y núcleos tradicionales del catalanismo más crítico con la vinculación con el PSOE, la comarca originaria de Illa es un territorio que recorre la frontera entre la metrópolis industrial y la Cataluña interior rural, con dos epicentros socioeconómicos, Granollers y Mollet del Vallés.

Coincidirá en este tiempo, entre otros, con otros líderes territoriales del partido en esta comarca, como Josep Mayoral, Montserrat Tura, Jordi Terrades o Roman Ruiz, el primer secretario de la federación, con quien irá subiendo los peldaños hasta sucederle como máximo responsable de esta federación a principios de 2016.

Previamente, ya había dejado la alcaldía para ser nombrado en 2005 Director General de Infraestructuras en el Departamento de Justicia, con el consejero Josep Maria Vallès primero, y la consejera Tura después. Es a partir de entonces cuando simultaneará la dedicación interna en el partido con tareas profesionales de gestión económica intensa en el gobierno (2005-2009), después unos meses en la productora Cromosoma en 2009, y finalmente como director del área de Gestión Económica en Barcelona, con el ex consejero Jordi Williams, desde donde pasará enseguida a coordinar el grupo municipal de Barcelona cuando Jordi Hereu pierda la alcaldía y el partido inicie una dura travesía del desierto en la capital y en todo.

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En esta nueva etapa posterior a la alcaldía, el instinto político del Illa catalanista evoluciona con las experiencias del momento que le tocó vivir. Emerge así una desconfianza estructural respecto a ERC, fruto de la fragilidad que los republicanos mostrarán durante la etapa del tripartito y, sobre todo, durante la negociación, aprobación y posterior desarrollo del nuevo Estatuto. Y adopta una perspectiva cada vez más sensible al impacto electoral que Ciudadanos producirá en la base social del PSC.

Es el contexto particular de su federación comarcal así como del grupo municipal que coordina desde 2010 en Barcelona lo que estimula una orientación progresivamente ortodoxa hacia la deriva que el proceso soberanista provocará dentro y fuera de las filas socialistas, donde viejos compañeros de partido harán repentinos giros ideológicos y de afiliación en armonía con el realineamiento institucional que favorece la nueva mayoría de CiU y ERC, y donde una parte del voto socialista se desgarra entre los que se sumarán a la ola soberanista y los que reaccionarán con un voto de protesta en favor de las nuevas formaciones políticas que aparecen.

Ante esta situación crítica para el partido en el que había aprendido el oficio, Illa adquiere ya en esta última década un protagonismo público, orientado a cerrar filas, renovar la organización y recuperar presencia institucional, tomando partido por los que defienden hacerlo reforzando y no debilitando el vínculo con el PSOE, en un momento en que esto puede significar un desdibujamiento de los márgenes de autonomía entre ambas formaciones.

Esta es la tarea reciente en la que los medios más se han fijado: el pacto con Ada Colau para entrar en el gobierno municipal en 2016, reconstruido tras las elecciones de 2019, la colaboración para la campaña de regreso de Pedro Sánchez, tejiendo confianzas con los fontaneros de la nueva élite dirigente de Ferraz desde 2017, y la participación decisiva en las conversaciones con ERC para lograr la investidura de Sánchez.

Esta es la trayectoria del nuevo hombre fuerte del PSC en Barcelona y Madrid, que no ilustra la de un activista ni la de un ideólogo, que logra el ministerio de Sanidad sin una agenda política propia, y para el que, a diferencia de otros precedentes, la experiencia en el gobierno central puede representar un punto transitorio de vuelta a Barcelona, ​​más que de promoción en Madrid. Como siempre, todo dependerá de cómo sobreviva en la nueva responsabilidad gubernamental que acaba de aceptar.