Un manicomio y un hombre, en un universo rodeado de fantasmas, deambula con un trozo de papel, en el que se puede leer en la parte superior: «a André Breton». El hombre se llama Antonin Artaud y la carta, dirigida al papa del surrealismo, es un ruego a una movilización definitiva de las almas para que no acaben en un suburbio. Artaud, que ha visto lo que otros nunca podrán ver con los ojos abiertos, que ha estado más cerca de Juana de Arco que aquellos que la conocieron en vida, que ha vivido con los nervios rotos, recibirá la respuesta de Breton. El papa del surrealismo le dirá a su compañero: «haz la revolución en el arte porque si la haces en la vida te matarán».

El salvaje Artaud, que vio y vivió con los Tarahumara, «los de los pies ligeros», para indagar sobre cómo demoler las convenciones de la civilización occidental, se siente frágil entre las grandes paredes blancas del manicomio que lo envuelven como un sudario que no alcanza a ocultar todo su rostro. Hoy podemos indagar en su fiebre y en su cólera contemplando los fotogramas silenciosos que nos legó Carl Dreyer en su película La pasión de Juana de Arco, donde Artaud interpreta a Jean Massieu, el decano de Ruan.

El salvaje que recorre las calles de París, desnudando su alma, escribe «a propósito de van Gogh»: «Nada de espectáculo o representación/, una obra debe cambiar cada noche, / es necesario que la obra cambie». Se mueve en la oscuridad, como en el teatro de la crueldad, esforzándose con gestos y sonidos para que sean escuchadas sus denuncias, al sufrir las leyes crueles de su cautiverio, los 51 electroshocks y la tortura de los médicos. No hay que situar la vida salvaje de Artaud, de Bukowski, de Rimbaud, de Verlaine o de Burroughs, fuera del mundo civilizado, sino todo lo contrario; debemos insertarla en el mismo vientre de lo que denominamos civilización para cuestionarla.

Es el cuestionamiento de la civilización, a partir de la vida y la obra de estos autores, capaces de arrojar, como diría Artaud, «caca» a las instituciones; cuestionarnos que Verlaine pegara un tiro a Rimbaud  por amor y exceso de vida; de que Burroughs haya matado por error a su mujer al tratar de emular a Guillermo Tell dominado por su adicción a la heroína y la belleza; de que el joven Rimbaud dejara atrás Paris para abrazar Edén, abandonando la poesía; de que el bohemio Bukowski se bebiera el mundo y escribiera: «tengo dos opciones, permanecer  en la  oficina de correos y volverme loco… o quedarme fuera y jugar a ser escritor y morirme de hambre. He decidido morir de hambre».

Para leer el artículo completo escoge una suscripción de pago o accede si ya eres usuario/suscriptor.