Fuera del ámbito obsesivo del periodismo político, la conversación mediática del pasado verano ha girado sobre tres hechos sociales de fuerte impacto en el gran público. El escabroso suceso perpetrado por el joven Daniel Sancho en Tailandia, el revival televisivo del asesinato de la Guardia Urbana con Rosa Peral como super star y el beso robado de Luis Rubiales a la capitana de las futbolistas españolas ganadoras del Mundial.

En el asunto Rubiales confluyen una serie de circunstancias que lo hacen especialmente significativo. El incidente inicial se produce con todos los focos puestos en un evento deportivo global de gran audiencia que le dio una proyección insospechada en los principales medios de comunicación occidentales. Hasta el punto de convertirse en símbolo de lo convenido en denominar el Me Too español, como intuyó la periodista Raquel Peláez, y bautizado con la fórmula contundente y afortunada del #Se acabó por Alexia Putellas, la líder dentro y fuera del campo de las futbolistas españolas. Así lo explicó Máriam Martínez-Bascuñán (El País, 24-8-23):

«La fulminante caída de Luis Rubiales demuestra que la brújula ética ha cambiado: nuestro suelo moral ya es otro y eso representa un triunfo del feminismo. La dimisión del presidente de la federación es nuestro Me Too, el aterrizaje en suelo español de la cuarta ola feminista que trajo ese movimiento transformador. Esa impresionante movilización de 2017 fue la confirmación de que los estándares para evaluar lo que se consideraba aceptable habían cambiado. A partir de ahí empezaron a moverse las estructuras de poder. Eso acaba de llegar al fin a España: ese beso robado a la futbolista fue un abuso de poder».

De modo que se han reproducido las tres condiciones que originaron el Me Too en Estados Unidos, como recuerda María Ramírez (elDiario.es, 27-8-23):

«En primer lugar, el valor de unas pocas mujeres, y luego de muchas más, para hablar aunque supusiera un riesgo para su trabajo, el escarnio público o más acoso online y offline. El segundo factor, un caldo de cultivo de una sociedad que ha cambiado pero donde aún perduran desigualdades, frustraciones y abusos cotidianos contra las mujeres y con algún elemento de indignación concreta (en el caso de Estados Unidos, la victoria de Donald Trump después de múltiples denuncias de abusos contra mujeres y de haber presumido de ello). Y, un tercer factor esencial, el trabajo minucioso y extraordinario de un grupo de periodistas».

Periodistas que, como Gemma Herrero, han denunciado al machismo del entorno relacionado con el mundo del fútbol y, más concretamente, en el periodismo deportivo: «¿Cómo íbamos a explicar la situación de las futbolistas si en las redacciones estamos rodeadas de Rubiales?» (Jot Down, 27-9-23)

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«¿Cómo íbamos a explicar la situación de las futbolistas si en las redacciones estamos rodeadas de ‘Rubiales’?», denuncia la periodista Gemma Herrero.

La repulsa social a la conducta machista y prepotente del presidente de la Federación Española de Fútbol no responde, sin embargo, a una llamarada del momento; se inscribe en el contexto de una sociedad que en los últimos años ha vivido inmersa en un debate público –no siempre pacífico– sobre el consentimiento en las relaciones sexuales.

 

Alarma social

El asunto Rubiales ha actuado como un acelerador de una ola, de la que el caso la Manada de Pamplona fue la chispa. Provocó tal alarma social que condujo a cambios en el Código Penal sobre los delitos de agresión sexual y dio mayor fuerza al activismo feminista desde el Gobierno de España en favor del consentimiento afirmativo. Unos cambios, sin embargo, no del todo conseguidos y que provocaron una reacción por activa y por pasiva del machismo banal que impregna todavía una parte de las instituciones y de la sociedad españolas. Con una traducción electoral bien visible en la campaña de Vox el 23-J y en la movilización del electorado femenino para impedir el acceso del machismo explícito al Gobierno.

Fuera de los focos mediáticos persiste una realidad cotidiana de agresiones, como denuncia Najat El Hachmi.

En cualquier caso, ahora se tiene la impresión de que se ha dado un consenso mucho más amplio de lo que podía esperarse tras las polémicas precedentes. Sin embargo, esta constatación no impide insistir en que fuera de los focos mediáticos persiste una realidad cotidiana de agresiones, como denuncia Najat El Hachmi (El País, 1-9-23):

«Del caso Rubiales sacamos una amarga conclusión: solo se actúa y se toma conciencia de lo que es una agresión cuando esta se retransmite en vivo y en directo ante millones de telespectadores. Todo lo que ha hecho el personaje en sitios cerrados formaba parte de la impunidad que da el poder. Un poder que ni siquiera requiere que sea desde un organismo potente o una empresa o una institución, es el poder masculino que cuenta con la complicidad y el silencio de los hombres que rodean al agresor… Por todo esto necesitamos más hombres valientes comprometidos con la igualdad, para que podamos tener unos espacios públicos y privados donde todos, hombres y mujeres, seamos libres de verdad».

Si pasamos de la anécdota a la categoría y vamos al fondo de la cuestión, se puede convenir con Daniel Innerarity que el consentimiento de la relación sexual se ha convertido en el principio central de las relaciones en nuestra sociedad, en la medida en que, más allá de su aspecto normativo, es una cuestión de alcance civilizatorio:

Como dice Clara Serra necesitamos un feminismo que ofrezca a los hombres integrarse en una causa transversal y universal.

«Pensemos en el hecho de que hasta hace muy poco no existía jurídicamente el concepto de violación conyugal. El consentimiento se ha puesto en el centro de la escena y por eso discutimos acerca de él, de su carácter explícito o implícito, y por eso se formula el principio de que hay un “no consentimiento estatutario”, es decir, consentimientos imposibles no en función de la situación concreta sino por las propiedades de una de las personas que tendría que poder darlo (menor de edad, subordinada…). Seguirá habiendo grandes debates en torno a cómo interpretar el silencio de las víctimas, dónde reside la carga de la prueba y cómo compatibilizar la presunción de inocencia con la persecución de los delitos, pero lo que aquí quiero subrayar es que no estamos solo ante un tema legal y penal, sino ante un asunto civilizatorio».

 

El deseo, incivilizado

El enfoque de Innerarity coincide con el punto de vista de Clara Serra, argumentado de forma brillante en una serie de artículos dedicados a la polisemia del deseo (el último publicado en El País, 20-9-23), en los que subraya el carácter contradictorio del deseo y alerta sobre el riesgo de querer encorsetarlo en un marco legal y penal que de tan proteccionista acabe por violentar la libre voluntad de las mujeres:

«Se está imponiendo un giro en ciertos discursos sobre el consentimiento sexual que va en detrimento de la voluntad, una capacidad que todo orden patriarcal ha tratado siempre de negar a las mujeres… Frente a la reivindicación naif del deseo de ciertos discursos del consentimiento hace falta recordar que el deseo nunca desea “bien”, que nunca deseamos como queremos, que nuestros deseos nunca se atendrán ni a normas morales ni a programas políticos. El deseo, siempre incivilizado, no puede funcionar como verdad y, mucho menos, ante el Derecho… Podemos consentir cosas que no deseamos y desear cosas que no consentimos. Defender nuestra capacidad de decir “sí” o “no”, sea o no en concordancia con nuestros deseos, es defender nuestra “mayoría de edad”, eso, por cierto, que todo orden patriarcal ha tratado siempre de negarnos. Y más vale que no hagamos de nuestro deseo el criterio bueno con el que legislar y civilizar el sexo si no queremos que la ley tenga (una vez más) algo que decir sobre nuestros deseos».

Conviene atender estas reflexiones para evitar caer en el arrebato del populismo punitivista y del nuevo moralismo biempensante que, paradójicamente, retroalimenta el discurso reaccionario de la extrema derecha. Como dice Clara Serra necesitamos un feminismo que ofrezca a los hombres integrarse en una causa transversal y universal.