La materia prima del reciente Pasados singulares de Enzo Traverso, son esos libros escritos por autores que, revolviendo en los cajones del pasado familiar, mayormente el de los abuelos, actúan como Plutarcos de nuestro presente con la voluntad de entender el momento más épico y más trágico de la historia contemporánea occidental: aquello que se conoce como la guerra civil europea, un período de poco más de veinte años que abarca desde el inicio de la Primera Guerra Mundial y el comienzo del final del mundo de ayer hasta la gran hecatombe, gracias a la cual los totalitarismos fueron derrotados, y la rápida fundamentación del orden liberal de posguerra en el que creíamos que podríamos vivir siempre. Y no. Traverso delimita el mínimo común denominador de estos libros: «este nuevo relato se apoya principalmente en el legado de parentesco de los autores y adopta la forma de una historia familiar que pretendería arrojar luz sobre la historia de una sociedad en su conjunto». No podrían definirse mejor. ¿Qué los hace mejores o peores?

Quizá el ejemplo español más nítido de este ejercicio, que es a la vez ético, historiográfico y literario, ha sido hasta ahora El monarca de las sombras (2017) de Javier Cercas. Sobre el papel, el libro lo tenía todo: la historia de un tío abuelo materno, falangista, que murió en la Guerra Civil y que después la familia mitificó como un referente añorado. ¿Quién fue aquel chico y por qué asumió aquel compromiso?, se pregunta Cercas; ¿por qué la madre no pudo hacer nunca una revisión crítica de lo que había representado el compromiso fascista de un tío que la memoria familiar conservaba casi como un héroe o como el mártir que muere en plena juventud?

En este caso la respuesta seguramente no esté del todo lograda, porque Cercas, uno de los mejores narradores españoles, la elabora como el novelista que es —el novelista con Soldados de Salamina—, y este tipo de libros postulan un narrador que no se caracteriza tanto por su potencia literaria —ya sea por la forma narrativa o por el tono del discurso— como por la honestidad con que el autor se gana al lector relatando la búsqueda de fuentes orales y documentales para poder escribir la verdad sobre los secretos de familia.

 

Digerir el pasado

Un caso modélico, tal vez porque tiene menos ambición formal, es Les Amnésiques, de Géraldine Schwarz (también publicado el 2017 y que Tusquets tradujo al castellano). A través de la biografía de sus abuelos, esta periodista medio alemana, medio francesa, explicaba tanto el nazismo como el colaboracionismo, y de la anécdota personal hacía categoría con un doble objetivo trascendente: mostrar, por un lado, la cotidianeidad del fascismo y, por el otro, cómo Francia y Alemania habían digerido su reciente pasado traumático de una forma divergente.

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Unos tenían que olvidar para progresar; nosotros necesitamos entender para saber la verdad del país en el que vivimos.

Otros dos libros que se acaban de traducir siguen evidenciando el atractivo de este estilo. Son los que motivan esta reflexión. Uno es muy reciente: Endpapers. A Family Story of Books, War, Escape, and Home, de Alexander Wolff (el original es de 2021, aquí lo ha editado Crítica); y el otro quizá sea el primer clásico de este género: Histoire des grands-parents que je n’ai pas eus, de Ivan Jablonka (el original es de 2012 y ahora Anagrama lo edita tanto en catalán como en castellano). En ambos casos, como Schwarz y como Cercas, Wolff y Jablonka van a la búsqueda de la historia de los abuelos con un deseo de saber que va más allá del que habían sentido sus padres, probablemente porque la búsqueda de aquella verdad les habría supuesto una losa para seguir adelante: es lo que hicieron los hijos de quienes combatieron o sufrieron la guerra civil europea. Unos tenían que olvidar para progresar; nosotros necesitamos entender para saber la verdad del país en el que vivimos.

Wolff es un periodista norteamericano con una larga trayectoria dedicada a la crónica y el análisis deportivos. A raíz del encargo profesional de escribir un reportaje sobre los atentados que se produjeron en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, se empezó a hacer preguntas acerca de cuándo un país consigue suturar un pasado doloroso. Si Alemania lo había intentado en 1972 organizando aquellas Olimpiadas para dar al mundo una nueva imagen del país, la violencia política lo impidió: el horror seguía quemando la realidad.

Esta constatación lo encaminó a hacer las mismas reflexiones sobre su propia familia: su abuelo era un editor judío —Kurt Wolff, el único que apostó, entre otros, por un tal Franz Kafka— que, con el ascenso del fascismo y el antisemitismo, fue huyendo de su país en distintas etapas hasta instalarse en los Estados Unidos. Pero en este tránsito dejó a los dos hijos con la madre, de quien se había divorciado, y los caminos de las vidas de unos y otros se bifurcaron.

 

Metahistoria ejemplar

El hijo, paradójicamente, como su madre se emparejó con un alemán ario, pudo crecer sin problemas dentro del nazismo e incluso acabó luchando en el frente. Hasta que también se marchó a Estados Unidos para comenzar de nuevo. Revolviendo en los cajones familiares, el periodista tropezó con un documento que no esperaba encontrar: la prueba de que su padre envió una carta desde Auschwitz cuando era soldado de la Wehrmacht. ¿Lo sabía o no lo sabía? Wolff prefería pensar que no, pero, pasados muchos años, ya mayor, no quiso dejar de buscar la respuesta.

Jablonka no se tenía que preguntar dónde acababa la historia de los abuelos que no conoció: en un campo de concentración. La suya también es la historia de una familia judía que, cuando se desboca el antisemitismo, inicia una diáspora sin fin. También es, más que ningún otro de los libros mencionados, un discurso de metahistoria ejemplar. La tragedia que, página tras página, quiere reconstruir —de la revolución rusa a los crematorios— es tan apasionante como el fervor con el cual investiga este historiador.

El artificio queda disuelto en el texto; de una forma del todo creíble asumimos que la investigación se ha convertido en una parte inseparable de su vida; nada lo ejemplifica mejor que el afán de saber qué hacían sus abuelos refugiados en una zona muy concreta de París, la misma a donde los hijos del autor van a la guardería, o la emoción que confiesa sentir cuando encuentra un documento en un archivo, o la conversación con un vecino francés en cuyas palabras todavía resuena el odioso odio racial.

 

Un hijo del Holocausto

Secretos de familia, secretos del Occidente democrático donde hemos vivido y crecido. Si Cercas se acaba explicando como un nieto que es ciudadano gracias a la reconciliación de la Transición; si Schwartz se postula a sí misma como una hija de la Unión Europea; si Wolff es un producto de éxito de la acogida norteamericana a la cultura europea, a lo largo de su investigación Jablonka descubre que él es otra cosa: un hijo del Holocausto, heredero de un silencio ensordecedor que ha sido la caja negra de la Europa que hemos vivido hasta ahora.

 

Alexander Wolff. Páginas de vuelta a casa. Barcelona: Crítica,2022. 422 págs.
Ivan Jablonka. Historia de los abuelos que no tuve. Traducción de Agustina Blanco. Barcelona: Anagrama, 2022. 408 págs.

 

No lo explica de una manera impostada, sino que revive la tragedia con la honestidad de quien pone en juego todas las disciplinas y todas las horas para obtener la máxima información y así, conseguir que aquello que sólo era ceniza fundida sea de nuevo ascua candente que nos quema la conciencia. Es sobrecogedor. Y es lo que nos interpela, casi como si fuera una llamada colectiva, para no olvidar un período que, nos guste o no, no se cierra nunca, porque el juicio de la historia no consigue nunca sentenciar el pasado.