Era lógico que habiendo nacido y crecido en las apreturas obreras del Poble-sec, encajonado entre el puerto de Barcelona y el Paral·lel, Joan Manuel Serrat decidiera refugiarse en un tranquilo pueblo costero del Baix Empordà justo cuando el éxito estaba a punto de volarle la cabeza. Huir de la sequedad urbana y plantarse frente al Mediterráneo, sin grúas, ni muros, ni contenedores de por medio. Sacudirse la etiqueta meramente catalanista y navegar por un mar más universal, sin renunciar por ello a su identidad.

Con 28 años y una guitarra como equipaje, Serrat se instaló en el hotel Batlle de Calella de Palafrugell en mayo de 1971. Desde su habitación, en la segunda planta, se veía el mar, los pesqueros y las islas Formigues. Ante aquel paisaje, no tardó mucho en olvidarse de todas las controversias y censuras que le aprisionaban. Así lo expresó poco después: «Decidí retirarme durante un tiempo. Buscaba tranquilidad, trabajar sin presión. Y estar junto a la gente que me quiere y a la que yo quiero. El mundo del espectáculo me había ido distanciando de ella y no podía permitírmelo.»

Bastó con zambullirse en un sano hedonismo, ese que siempre trae de vuelta la infancia y la inspiración. Salitre del mar que todo lo cura. Risas, baños, amor libre y copas hasta el amanecer. Ni un minuto para pensar en el La, la, la de Eurovisión ni en las funestas consecuencias que había acarreado desde 1968 su negativa a cantarla si no era en catalán. Franco lo tomó como un desaire, y la censura cayó sobre su obra como una losa del Valle de los Caídos. Pero allí estaba la brisa marina para llevarse las miserias. Calella vería nacer un gran Serrat, resuelto a usar su lengua materna (castellano) o paterna (catalán) según le viniera en gana, sin atender a fascismos ni a falsos nacionalismos.

«Era amable, buena persona, amigo de todos. Se pasaba horas encerrado en su habitación, y al caer la tarde bajaba a comer su pan con longaniza y su vino», recordaba hace unos años Rosa Moret, dueña de aquel establecimiento, hoy reconvertido en bloque de apartamentos. En las notas de la primera edición en CD de Mediterráneo, el propio Serrat escribe: «Surgió cuando forzábamos la noche en el hotel Batlle, cantando con Alberto Puig Palau —el Tío Alberto de la canción— y nos zambullíamos en las últimas copas de la madrugada que nos servían Tomás y Rosa. Era un Mediterráneo con más hormigas que hormigón, en el que tenía más importancia el plan nuestro de cada día que cualquier plan urbanístico».

En ‘Mediterráneo’ Serrat buscaba más una declaración intimista, más un instante de belleza que una reivindicación.

Visto desde la distancia, tras el tsunami de la España del pelotazo, la canción parece hoy una postal de lo que fue y ya no es. Hasta serviría de himno para la campaña de Greenpeace Destrucción a toda costa. Pero en 1971 Serrat buscaba más una declaración intimista, más un instante de belleza que una reivindicación. «No recuerdo mi estado de ánimo… Como correspondía a aquella edad, mi ánimo debía de ser variable. Por tanto, debe de obedecer a varios estados de ánimo, porque tardé días, meses en terminarla», declaró el cantautor en el documental La mitad invisible de Mediterráneo (TVE, 2009). De hecho, la empezó en Calella, con títulos provisionales como Amo el mar e Hijo del Mediterráneo, y siguió trabajándola en Mojácar (Almería) y Hondarribia (Guipúzcoa) hasta acabarla en Cala d’Or (Mallorca).

 

Una identidad feliz

Durante algún tiempo se dijo que la había compuesto en diciembre de 1970, durante un encierro de intelectuales y artistas en el Monasterio de Montserrat en protesta por el proceso de Burgos y contra la pena de muerte. Así figura en algunos textos, pero no es cierto. Más verosimilitud parece tener la idea de que el germen de Mediterráneo hay que buscarlo en la primera visita del cantautor a México, en otoño de 1969. En una entrevista a El País en 1992, el propio Serrat explicaba: «Llevaba semanas en el interior. Soñaba con el mar. Agarré el coche y me fui a un lago, solo por hacerme a la idea del mar que yo añoraba. Comprendí que el Mediterráneo era una identidad feliz».

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Estas declaraciones han sido luego reproducidas en otras publicaciones y atribuidas al posterior exilio de Serrat en México en 1975. Pero inspirarse en 1975 para componer una canción publicada cuatro años antes es, como se escudaba Rajoy con los papeles de Bárcenas, «metafísicamente imposible».

«Toda la atmósfera que recorre la canción, incluido el espectacular arranque jazzístico, debe mucho a Calderón», dice Luis García Gil.

Los dueños, clientes y amigos del hotel Batlle fueron los primeros en escuchar Mediterráneo, aunque no en la versión definitiva. El artista entregó una maqueta a su discográfica (Zafiro) y la cinta llegó a manos de Juan Carlos Calderón. «Era una grabación primitiva —recordaba el arreglista fallecido en 2012. Tan pobre que me permitió volar, buscarle los colores.» Gabriel Rosales trabajaría en la famosa cadena de acordes de guitarra y otras canciones del álbum fueron arregladas por Antoni Ros Marbà y Gian Piero Reverberi. La labor de Calderón en el arreglo de Mediterráneo fue fundamental. Como dice el experto en Serrat Luis García Gil: «Toda la atmósfera que recorre la canción, incluido el espectacular arranque jazzístico, debe mucho a Calderón. En el resto de los temas del álbum, el arreglista es Reverberi, exceptuando Pueblo blanco, a cargo de Ros Marbà».

La empezó en Calella y siguió trabajándola en Mojácar (Almería) y Hondarribia (Guipúzcoa) hasta acabarla en Cala d’Or (Mallorca).

Mediterráneo, junto al resto de las canciones del disco —algunas casi igual de emblemáticas como Aquellas pequeñas cosas, La mujer que yo quiero y Qué va a ser de ti—, se grabaría en una semana de otoño de 1971 en los estudios Fonit-Cetra de Milán. Fue el último trabajo que el cantautor registró en esa vieja sala y la última colaboración con su amigo Plinio Chiesa, ingeniero de sonido que moriría meses más tarde. Cinco días de grabación, ocho pistas y una canción para la eternidad.

 

Emblema del pop español

Con más de 200 palabras, algo inusual en la época, Mediteráneo se convirtió, nada más publicarse, en un emblema del pop español. Y su influjo aún no ha decaído. El diseño de la portada, a cargo de Enric Satué, sobre un retrato del músico de Isabel Steva (Colita) superpuesto sobre otra foto del mar, confirió al disco un aire añadido de modernidad y atrevimiento. «Fuimos a hacer las fotos en mi SEAT 600. Elegimos una camiseta muy moderna, con el cuello de otro color y unas estrellitas psicodélicas en el pecho. Y Satué añadió a la portada esa banda tan modernota de color violeta. Todo casaba muy bien. Mediterráneo era una canción positiva, sensual, una explosión de afirmación vital, muy en sintonía con el espíritu de la gauche divine», recuerda el propio Serrat. En las imágenes interiores aparece con los hijos de Rosa Regàs. Antes de llegar a Calella en 1971, el músico ya había estado en el pueblo invitado por Oriol Regàs, el ya desaparecido hermano empresario de la escritora.

En una entrevista con Joaquín Luqui publicada en El Musical a finales de 1971, Serrat hablaba de Mediterráneo de una forma que nos remite extrañamente a la actualidad: «Desde España a Rusia, estamos unidos por un mar. Es algo más que un elemento geográfico. Es parte importante de nuestra cultura, de nuestra educación, de nuestra vida. Y nunca, que yo sepa, se había hecho una canción sobre este mar».  

«Si se lee sola la letra, eso no se puede aguantar. No dice tonterías, pero por sí sola no es arte. Hay que cantarla», opinaba Joan Margarit.

Para el poeta Joan Margarit, fallecido en 2021, la letra de Mediterráneo es indisociable de la voz y la música de Serrat. «Si se lee sola la letra, eso no se puede aguantar. No dice tonterías, pero por sí sola no es arte. Hay que cantarla. Serrat cogió el tópico, y ese tópico escrito no se sostiene, pero al cantarlo con su voz logró absorberlo», explicaba Margarit en La mitad invisible de Mediterráneo. En una entrevista de 1973, Serrat decía: «Ahí están mis recuerdos, el decorado de mi niñez. Fue una letra muy trabajada. Si escribí “si algún día para mi mal viene a buscarme la parca” fue tras una intensa búsqueda para lograr rimar con barca».

El escritor Antonio Gala la ve de una forma más poética: «Esa canción solo puede ser escrita por alguien que lleva la vida entre los dientes, como un cuchillo y como un beso». Y también David Escamilla, ahijado de Serrat e hijo del fallecido radiofonista Salvador Escamilla: «En Mediterráneo se respira la sensualidad, el amor de Serrat por las mujeres, el olor, el paisaje, los Beatles, la canción italiana, la francesa y la suramericana. Es una reivindicación de la vida, de lo que nadie quiere perder».

‘Mediterráneo’ sigue siendo la canción predilecta de muchos españoles, de muchos suramericanos, donde Serrat es un auténtico ídolo.

Mediterráneo sigue siendo la canción predilecta de muchos españoles, de muchos suramericanos, donde Serrat es un auténtico ídolo, de gente de todos los mares, ya no solo de Algeciras a Estambul. Por eso hubo tanta guasa en diciembre de 2009, cuando al expresident José Montilla la cadena Punto Radio le preguntó por su canción preferida: «Mediterráneo, de Lluís Llach», dijo sin pestañear. Luego aclaró que había sido un lapsus. Un lapsus descomunal.

 

La vigencia de ‘Mediterráneo’

Preguntados por el autor de este artículo en diferentes épocas, estas son las repuestas de algunos de sus coetáneos ante la vigencia de Mediterráneo:

Joaquín Sabina: «Serrat es el único faro que aguanta de pie en un país donde se mata a la gente cada generación para que vengan otras. El Nano resiste elegantemente como un señor. Mediterráneo es una gran canción, pero yo me quedo con No hago otra cosa que pensar en ti. La gran virtud de Serrat es que sabe curar heridas con canciones. Siempre he sentido por él pura admiración, de discípulo a maestro.»

«Es como si todas las canciones que componemos mi hermano y yo estuvieran enfocadas a crear esa perfección imposible de alcanzar. Al final todos seremos historia, pero ‘Mediterráneo’ será presente por los siglos de los siglos», dice David Muñoz (Estopa).

Ana Belén: «No sé cómo me gustaría morir. Probablemente de gira, de aldea en aldea, como El Titiritero de Serrat. Y ser enterrada «sin duelo entre la playa y el cielo» y «cerca del mar», como en Mediterráneo. Soy la fan número uno de Serrat, y nadie puede discutirme ese puesto. Él ha canalizado mis sentimientos más íntimos. Serrat es mi norte, mi estrellita, mi ser. ¡Deberían hacerlo santo ya mismo!»

Niña Pastori: «Serrat siempre fue mi gran amor platónico. Desde niña me parecía el hombre perfecto, sensible, comprometido, guapo, divertido… Ahora somos grandes amigos y siempre le digo que Mediterráneo ya no es suya, que se la he robado, aunque en realidad hace tiempo que es una canción de todos, del pueblo.»

David Muñoz (Estopa) contestó así a la petición de que escribiera algo sobre Mediterráneo: «Cuando estás en el pueblo de vacaciones comiendo guarrillo y bebiendo cañas y te llama de repente un amigo pidiéndote que escribas lo que significa para ti Mediterráneo de Serrat, te quedas pasmao. Con los dedos de una mano cuento las canciones que me llegan de VERDAD, pero con Mediterráneo me sobran cuatro. Ya sé que Serrat es un mago y es historia viva de la música, pero con Mediterráneo consiguió crear la poesía más bella y la música más armoniosa que mis oídos jamás han escuchado. Es como si todas las canciones que componemos mi hermano y yo estuvieran enfocadas a crear esa perfección imposible de alcanzar. Pero como nos recordó l’amic Joan, se hace camino al andar. Y en esas estamos. Al final todos seremos historia, pero Mediterráneo será presente por los siglos de los siglos.»