Las llamamos heroínas, pero no son otra cosa que víctimas. Violetta Valéry, Floria Tosca, Desdèmona, Cio Cio San, Carmen, Lucia Ashton, Norma. Son víctimas, de los hombres, de una cultura que las quiere ver sufrir y que las quiere castigar. También son víctimas de sus propios engaños. Son siete mujeres que la ópera ha puesto en lo alto del altar musical y emocional, y las siete deben morir sobre el escenario para que podamos volver a casa reconfortados por las desgracias irreales de otros. En este caso, de otras.

Marina Abramović, la abuela de la performance como ella misma se define a sus setenta y seis años, revive aquellas siete muertes al tiempo que rinde homenaje a quien podría ser la octava, a la voz y la figura de Maria Callas que las interpretó a todas de forma siempre conmovedora e inolvidable, aunque la gran mayoría de los mortales solo la hayamos escuchado en grabaciones. Lo hace en el espectáculo 7 Deaths of Maria Callas que ha ideado, firmado y dirigido escénicamente, y que también interpreta. Estrenada en Múnich en septiembre de 2020, en plena pandemia, la obra ya se ha visto con éxito en los teatros de ópera de Atenas, Berlín, Florencia, París y Nápoles, y este mes llegará a Barcelona, al Liceo. La llegada al teatro de la Rambla coincide con el año del centenario del nacimiento de la soprano greco-americana.

La trayectoria de la artista nacida en Belgrado (se declara nacida en un país inexistente, Yugoslavia), no hacía pensar de entrada en este aterrizaje en los escenarios de ópera después de casi medio siglo de carrera artística que le ha valido, entre muchos otros galardones, el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2021. Ella misma reconocía que si hace unos años alguien le hubiera dicho que trabajaría en el contexto operístico le habría respondido que estaba loco. La ópera no le gustaba, consideraba que era algo viejo, que pertenecía a un pasado que no le interesaba. Pese a estas afirmaciones, visto con perspectiva, su camino no deja de ser coherente.

Abramović, pionera de la performance interdisciplinaria, se ha dedicado a explorar los límites de su propio cuerpo y de su mente en lo que se denomina arte de resistencia, un arte que incluye el dolor físico, el aislamiento o la soledad. Lo ha hecho con obras de la serie Rhythm, en los años 70, en los que buscaba la energía que genera el dolor extremo en su cuerpo y la pérdida de la conciencia. Más tarde, con su pareja, el artista alemán Ulay, se dedicaron a explorar el ego y la identidad artística. Después se ha interesado por la relación del artista con el público.

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