Empecé tres veces y las tres fracasé. No sabía qué escribir, no sabía qué decir. Durante aquellos días pensé que no lo conseguiría. El silencio se apoderó de mí. Tengo miedo del silencio.

Silencio.

Entonces apareció la heroína de esta historia. Es una mujer de setenta años. Los cabellos largos, plateados, le caen sobre los hombros, talmente cómo sería la imagen gastada de una mujer sabia. Si esto no fuera una grabación de video, si se tratara de una fotografía, observaríamos la expresión de su rostro y veríamos dureza. Pero en movimiento la cosa cambia y lo que transmite es dulzura.

Nuestra heroína se me apareció en un centelleo mental, de improviso, mientras me afanaba en escribir estas líneas. Era el recuerdo de una ceremonia: la sencilla melodía que producía el sonido de una guitarra tocada suavemente y aquella mujer de cabellos de plata cantando. Visto con perspectiva, no creo que fuera casualidad esta visión; yo creo que acudió en auxilio de mi mente atemorizada por el silencio que me acompañaba aquellos días.

Quizás es hora de presentar a nuestra protagonista: Patti Smith. El lugar donde transcurre la acción? La ceremonia de los Premios Nobel de 2016. Bob Dylan había ganado el Nobel de literatura aquel año y, como de costumbre, decidió hacer de Dylan y no ir a la ceremonia. En su lugar, asistió Patti para cantar A Hard rain’s A-Gonna Fall.

El video de la actuación, de fácil acceso en internet, dura ocho minutos y veintidós segundos. Patti empieza a cantar, como he dicho antes, acompañada de una guitarra. Después, se sumarán otros instrumentos, pero de momento solo son ellos dos.

No soy experto en voces, no sé si lo que digo tendrá algún sentido, pero la voz de Patti Smith me parece una voz imperfecta y gastada por los años. Y me parece que podría ser aquella amiga que canta de vez en cuando en la sobremesa de una cena. Quizás por todo esto me gusta tanto.

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Y justo en el minuto uno y cincuenta y cuatro segundos pasa una cosa inesperada: Patti calla.

Silencio.

Bien pensado, me dije en aquellos días de mutismo, no creo que solo me pase a mí: ¿por qué nos da tanto miedo el silencio? ¿Y si para escribir lo tengo que abrazar? ¿Y si lo tengo que hacer para vivir la vida, de hecho? Entonces pensé que podría hablar del silencio. Al fin y al cabo, es fundamental para el teatro.

Tirando de ese hilo, pensé en cómo el silencio afecta a diferentes aspectos de este arte. Sobre la escena: donde los buenos actores son los maestros (en todo caso, de cómo administrarlo). Enseguida, sin embargo, me vino el público a la mente. Se podría decir tanto, sobre el ruido o la ausencia de este, en una platea. Algún día se tendría que crear un arte que interpretara los sonidos —tos, roces, acomodos en la butaca, caramelos, teléfonos…— que el público ha ido produciendo durante la función. También de sus silencios. Es bastante impresionante cuando se viven momentos en que el silencio atrapa todo el espacio de una sala de teatro. Ocurre en pocas ocasiones. Es interesante tomar distancia y observarlo desde fuera; darse cuenta de hasta qué punto todo el mundo está conectado en aquel instante con aquello que está pasando. Y estos momentos son decisivos porque concentran dos aspectos fundamentales de la experiencia teatral: en primer lugar, el hecho de estar pasando en aquel lapso y, en segundo lugar, la conexión que se establece entre todas las personas presentes.

Aquellos días también me visitó una de las grandes paradojas de la escritura dramática. Se podría resumir, aun a riesgo de caer en un tópico simplificador, en la idea de que menos es más; que es mejor la acción a las palabras, que los personajes hagan más que digan. En el teatro, el arte de la palabra, su ausencia es parte indisoluble y fundamental. Así, el silencio es uno de los grandes compañeros de viaje de los dramaturgos.

Y me vino a visitar también la imagen de un iceberg. Un iceberg en medio de un mar de aguas tranquilas y profundas. Vi el mar calmado y, en medio, el iceberg. Bien, la punta; de los icebergs solo vemos la punta. Algún autor dijo —las atribuciones son tantas que no merece la pena nombrarlas— que las obras de teatro deberían ser como icebergs. La metáfora es la siguiente: del iceberg solo ves un vértice, una mínima porción, el resto se pierde en la oscuridad de las profundidades insondables. Así tendría que ser una obra de teatro: que insinúa todo un mundo, un universo, sin mostrarlo. Insondable.

Silencio.

Dos segundos antes de callar, Patti se ha equivocado de versos. Cuando ha hecho mutis, el guitarrista ha seguido tocando, pero ha suavizado los toques a las cuerdas. Está concentrado y expectante. Nadie alrededor, de hecho, parece reaccionar a lo que acaba de pasar; o quizás esta es precisamente la respuesta, fingir que no pasa nada. Patti está rodeada de músicos, no solo del guitarrista: tiene una orquesta filarmónica a su alrededor.

El silencio que se produce ahora es de aquellos únicos, raros, que comentaba antes. Enseguida, Patti dice «lo siento» y retoma la actuación, pero solo consigue balbucear. Otra vez silencio, un último intento, que fracasa, y la derrota definitiva. Dos lo siento más, dirigidos a alguien que tiene a su izquierda —que no vemos porque está fuera del encuadre— a quien pide, por favor, retomar aquella sección de la canción. Finalmente, Patti mira al público y dice: pido disculpas. Lo siento, estoy tan nerviosa. El rostro del guitarrista, detrás suyo, dibuja una sonrisa, como si liberara muchas más cosas con el gesto. La gente aplaude y se acomoda en su butaca. La energía de la sala acaba de cambiar. Patti retoma la actuación.

Silencio.

Si este artículo fuera una obra de teatro, ahora nos estaríamos aproximando al clímax. Nuestra heroína se encuentra en su peor momento, los obstáculos parecen formidables. Después de este tropiezo, ¿conseguirá su objetivo?

Ahora me doy cuenta, repasando por enésima vez la grabación de Patti, de que quizás no se produce nunca un silencio porque, cuando ella calla —ella sí, ha callado—, se sigue ayendo la guitarra, muy suavemente. ¿Es mi mente, entonces, la creadora del silencio? Quizás ha habido un momento, no obstante, cuando ella dice «lo siento» y —entonces sí— el guitarrista para de tocar, en que, por un instante —un instante eterno—, se forma ese silencio insondable que tanto miedo nos da.

Pienso que el silencio nos da miedo, principalmente, porque nos aboca a estar con nosotros mismos. Y también, por qué no, porque ya no sabemos vivir tranquilamente. El tiempo pasa muy deprisa y, a pesar de las quejas, necesitamos que así sea para olvidarnos del vacío que se esconde bajo nuestros pies.

Silencio.

Los músicos de la orquesta, despacio, adoptan posturas y preparan sus instrumentos para sumarse, de aquí a unos instantes, al guitarrista, que ahora mueve la cabeza —todo el cuerpo, de hecho— al ritmo de la melodía.

Ahora la filarmónica se ha incorporado y el crescendo de la escena es emotivo y majestuoso. Y una mujer de entre el público se enjuga unas lágrimas.

Y ahora Patti sonríe, aunque tenga tiempo para equivocarse otra vez. Y la mujer que está a su izquierda —la misma con la que antes Patti se ha disculpado— le indica el verso huidizo, tal como antiguamente haría una apuntadora si restuviéramos en un teatro. Pero ahora Patti suena cada vez más segura y no parece que este contratiempo la haya hecho dudar. Más aun, de la rabia del error ha surgido una energía renovada; la certeza de que no puede acabar así, de que tiene que continuar hasta el final de la canción.

Ahora la filarmónica se ha incorporado y el crescendo de la escena es emotivo y majestuoso. Y una mujer de entre el público se enjuga unas lágrimas. Y mientras escribo esto, escucho a Patti cantando A Hard rain’s A-Gonna Fall y pienso en qué bonita es la letra infinita de esta canción de melodía sencilla.

Cuando lo que sucede es real, asistimos a un espectáculo único, frágil e irrepetible, como la vida misma.

Y ahora veo bien a la mujer a la izquierda de la Patti, la apuntadora —que es en realidad la directora de la orquesta—, que mueve la batuta dirigiendo a los músicos.

Y Patti mueve los brazos, con gestos enérgicos, como queriendo dar todavía más fuerza a su interpretación; y su voz da todo el sentido a las palabras que escribió el huidizo de Bob.

Y se acerca la vuelta de la canción y Patti canta:

And it’s a hard, and it’s a hard, it’s a hard, it’s a hard

And it’s a hard rain’s a-gonna fall

Y aquello que había comenzado siendo una guitarra suave y una voz incierta es, al cabo de siete minutos, un momento único que, bien pensado, no tiene mucho sentido intentar explicar con palabras; es mejor callar y, simplemente, verlo.

Silencio.

Cuando lo que sucede es real, asistimos a un espectáculo único, frágil e irrepetible, como la vida misma.