Desde 2017, Silvia Sesé (Tremp 1965) es la directora editorial de Anagrama. Previamente, esta licenciada en Filología Hispánica (UB) había pasado por Círculo de Lectores, por la editorial Destino y por dos años intensivos de inmersión en su nueva casa, coincidiendo con la integración del sello barcelonés fundado por Jorge Herralde en el Grupo Feltrinelli.

 

El reto Anagrama

Yo soy de un tiempo y de una época en la que no decías que no. La editorial la conocía de haber crecido con ella, y con Jorge Herralde había coincidido a raíz de mi trabajo en Círculo de Lectores. Pero el conocimiento en profundidad se produce cuando me encargo de la edición de su libro Opiniones mohicanas (2001). Él quedó satisfecho, nosotros también, pero después pasaron los años. Hasta que un día me propuso venir. Para mí, trabajar es mantener una conversación vibrante. Si no, no vale la pena. Y estar en Anagrama suscita constantemente este tipo de conversación.

Cuando asumí la dirección, tenía claro que cualquier nuevo proceso o cambio tenía que basarse en el propio catálogo de Anagrama. La consigna era «miremos atrás para seguir adelante», o mejor dicho, «mirar adentro para innovar». Si hay que cambiar el diseño, busquemos en el catálogo una coherencia interna. Yo no tengo tantas ideas. Pero tengo una clara: Anagrama debe mantener muy viva la marca y, por tanto, profundizar en su historia para ser coherentes y fieles a la trayectoria. Si buscamos autores o cubiertas transgresoras es porque eso pertenece a la identidad histórica de la editorial: ya el primer título de Panorama de Narrativas —Dos damas muy serias de Jane Bowles— rompía el estricto recuadro amarillo de Julio Vivas, y los libros de Charles Bukowski incluían cubiertas muy explícitas.

 

El vínculo Feltrinelli

La propiedad es de Feltrinelli, pero la parte empresarial pertenece a nuestro trabajo diario. Anagrama tenía y tiene unos números saludables. Por tanto, Herralde no vende por razones económicas, sino para preservar el sello y el catálogo. A nivel personal e ideológico, ambas familias comparten muchas afinidades a la hora de entender la literatura. Además, son ámbitos complementarios, dado que los italianos no tenían presencia aquí y, por tanto, no había una competencia directa.

Como grupo, compartimos una idea global sobre lo que significa hacer, editar y vender libros, una cierta voluntad compartida respecto del compromiso cultural con la sociedad. Hay libros que Anagrama no ha publicado nunca, ni publicará, porque no encajan con quiénes somos y porque eso no nos lo podemos permitir. No publicaría nunca un título que me violentase éticamente. En cambio, y de forma autónoma, acabamos de incorporar La Bella Varsovia, una pequeña y prestigiosa editorial de poesía creada hace ahora 17 años por Elena Medel, que también es autora nuestra y que continuará aquí como editora.

 

Sostenibilidad general y singular

El exceso de publicación en nuestro país tiene muchas causas y es un problema de difícil solución. Aunque hemos de procurar contener el crecimiento, en un catálogo tan amplio y diverso como el nuestro resulta muy complicado reducir. Para ir bien, y contando todas las colecciones, no deberíamos superar el centenar de títulos, más unas cuatrocientas reediciones anuales. Pero después se dan circunstancias sobrevenidas, como los retrasos provocados por la pandemia, y este año nos situaremos claramente por encima de esa cifra.

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Por un lado, como practicamos una política de autor, esto significa que los acompañas a lo largo de toda su trayectoria y, con sus altibajos, muchos nombres están muy activos y, generacionalmente —¡bendito problema!—, en su mejor momento. Por el otro, se suman nuevas firmas que tratas de incorporar cada año. El crecimiento es prácticamente inevitable porque no puedes decirle a un autor tuyo que publicarás su última obra dentro de dos o tres años por motivos logísticos internos.

Esto provoca que, a veces, las nuevas incorporaciones no tengan la visibilidad o el impacto que merecerían. Evidentemente, todo es más sencillo cuando te acompaña el éxito. Por ejemplo, nosotros compramos los derechos de Olga Tokarczuk un año y medio antes de que le dieran el Nobel. El azar quiso que coincidiera el anuncio con la publicación. Pero quizá sin el premio habría pasado desapercibida porque, de hecho, otros sellos como Siruela o Rata habían publicado obra suya previamente. Todo tiene su tiempo.

 

¿«Narrativas hispánicas» más femeninas?

Cuando estaba en Círculo de Lectores hacíamos algunas colecciones del tipo «Ellas escriben» que incluían a autoras enormes como Margaret Atwood o Carmen Martín Gaite, pero que se etiquetaban y comercializaban con un sesgo femenino. Cuando se hablaba de ellas se subrayaba que eran mujeres; ahora solo que son escritoras. Por un lado, hay más mujeres que se dedican a escribir, que superan los filtros y llegan al público. Por otro, también hay nuevos temas y nuevos estilos que hace 20 años no habrían sido posibles, como La anguila de Paula Bonet, con una voz muy interesante, especialmente en todo aquello que escribe sobre el cuerpo y la materia pictórica. Hay más mujeres porque la editorial se sincroniza con el tiempo. Recientemente, lo comentaba con Ariana Harwicz, de quien acabamos de presentar Trilogía de la pasión, que, si yo fuese un escritor, aprovecharía para explotar literariamente este cambio que ha situado las voces de las mujeres en el foco comercial.

 

Autores catalanes en «Narrativas hispánicas»

Desde siempre ha habido una cierta dificultad para que los autores en catalán accedieran al mercado castellano. Lo observé en mi etapa en Destino con Jaume Cabré, cuyas traducciones no funcionaban hasta Jo confesso (2011). Entonces se produjo un clic, acompañado de decisiones como la publicación simultánea, una fuerte campaña de apoyo fuera de Cataluña, etc. En mi opinión, no podemos resignarnos frente a esta dificultad o desinterés, sino que debemos esforzarnos para normalizar esa presencia. España es plurilingüe y hay una fertilización mutua que no se puede ignorar. ¿Qué sentido tiene traducir antes al castellano a un georgiano que a un gallego o un catalán? A veces, en cambio, todo encaja, como en el exitoso caso de Canto jo i la muntanya balla de Irene Solà tanto en catalán como en castellano.

Luego tenemos a los autores de aquí de expresión castellana, con una literatura llena de catalanismos que aportan textura literaria y que, obviamente, no tocamos. De la misma manera que no se me ocurriría corregir expresiones propias de un autor latinoamericano. Las novelas de Gonzalo Torné, por ejemplo, están llenas de palabras, de giros, de sintaxis contaminada, pero que son totalmente comprensibles. Él mismo es un gran lector de autores catalanes y hace una literatura profundamente vinculada con Cataluña, pero que es leída fuera sin ningún problema y con entusiasmo. Lo mismo ocurre con Kiko Amat o Javier Pérez Andújar. No pertenecen a mundos estancos; los autores y las literaturas se mezclan y se influyen, todos participan de la cultura catalana. Parece que estemos haciendo algo nuevo y no es así: siempre se ha hecho. Seguramente la diferencia es el momento o, en este caso, el postmomento, después de todo lo vivido políticamente en Cataluña.

 

Llibres Anagrama

De alguna manera, se trata de hacer con normalidad lo que en la sociedad también se da con naturalidad. No hay rupturas ni grandes separaciones entre editoriales catalanas y castellanas, ni entre lenguas. Formamos parte de ambas culturas, de ambas literaturas. De la mano de Herralde, Anagrama empezó también en catalán y, después y durante muchos años, mantuvo una exitosa alianza con Empúries. Cuando yo llegué, hacía justo un año que se había puesto en marcha Llibres Anagrama con Isabel Obiols como editora y que se había iniciado el premio anual.

Tenemos una voluntad de incidencia literaria, con la incorporación de autores nuevos, no necesariamente jóvenes, aunque también hay una cuestión generacional, con una calidad innegable. Son gente con la que convivimos y coincidimos en presentaciones y librerías, gente que escuchamos y de la que disfrutamos. Y en paralelo, está la decisión de recuperar voces consolidadas que son un referente, como puede ser el caso de Mercè Ibarz. Además, queremos reflejar la realidad de una Barcelona y de una Catalunya bilingües, que existe y que nos gusta.

Por eso, en las redes sociales utilizamos indistintamente el catalán y el castellano. Y también por eso, cuando en la colección «Nuevos Cuadernos» hay un autor catalán o un tema que creemos adecuado, el título aparece simultáneamente en ambas lenguas y con la numeración correlativa, como lo hemos hecho recientemente con Rebecca Tamás o Salvador Macip. Y eso mismo, desde junio, ocurrirá también con la colección «Compactos». Los títulos en catalán estarán integrados en ella. Sin contar estas dos colecciones, esto nos sitúa en una producción de entre 14 y 16 títulos, tanto de los directamente escritos en catalán como de los traducidos cuando, al adquirir los derechos para hacerlo en castellano, también los adquirimos en catalán porque creemos que despertará interés, que sumará y que será coherente con el catálogo.

 

Recuperar «Nuevos Cuadernos»

De nuevo, todo es fruto de una conversación fructífera y de la voluntad de innovar siguiendo el ejemplo de lo que ya habíamos hecho. Los primeros cuadernos de la nueva etapa fueron El secreto y no de Claudio Magris y uno casi inédito —solo se había publicado por parte de un centro de profesores de Cuenca y como obsequio para los libreros alemanes—, El año que nevó en Valencia, de Rafael Chirbes, cuya muerte impidió editarlo de forma ilustrada. Esta línea inicial de breves textos literarios fue dando paso a otra con más voluntad de incidencia en el debate público con Marina Garcés, Jordi Amat, Slavoj Zizek, etc. «Nuevos Cuadernos» —bajo la dirección de Isabel Obiols— refuerza el mensaje del sello. Un mensaje que te está diciendo que aquí encontrarás un catálogo sólido literariamente: a veces arriesgado, a veces alocado, a veces provocador, a veces deliberadamente clásico.

 

Nuevos formatos, nuevos públicos

En abril de 2019 celebramos el 50 aniversario con una campaña que llamamos «Compactos 50» porque escogíamos y reeditábamos 50 títulos de aquella colección. Nosotros hicimos nuestra campaña, pero lo que más me fascinó fue que la gente empezó a compartir en las redes sus selecciones, sus libros, sus ediciones… Y te dabas cuenta de que había mucha gente joven y que hay nuevas generaciones de lectores. Personalmente, me chifla este mundo nuevo y las posibilidades que abre la tecnología. Hemos tenido la suerte de contar con un equipo, con Eva Congil como directora general, que nos permite experimentar y hacer cosas nuevas como Radio Anagrama, que nos ayudan a crear un entorno enriquecido vinculado a los autores y a las obras.