Acogemos en este número de política&prosa un dosier sobre el Eixample de Barcelona, configurado a partir de la recuperación de la conferencia que Manuel de Solà-Morales pronunció en el Saló de Cent del Ayuntamiento hace ya trece años. Es una intervención que vuelve a estar de actualidad con motivo de unas acciones municipales de reurbanización que afectan seriamente a lo que es el núcleo urbano más representativo de la ciudad moderna.

De Solà-Morales observaba que las cualidades aparentemente contradictorias, pero operativas de «rigidez y flexibilidad» del Eixample habían permitido la eclosión del distrito 22@ con la máxima naturalidad, respetando una fisonomía reconocible como barcelonesa y garantizando una excelente funcionalidad.

Es relativamente normal que los ayuntamientos aceleren las actuaciones urbanísticas en los últimos meses de mandato con el objetivo de terminar las obras antes del hito de las elecciones. Forma parte también de la práctica municipal habitual que se limiten aquellas actuaciones que tienen aristas conflictivas y podrían incomodar a una parte del electorado.

En Barcelona, sin embargo, se ha producido una insólita aceleración en la aplicación de políticas de intervención radicales que no cuentan con una aprobación general de la opinión pública, como la implantación de las supermanzanas o las reformas drásticas en la vía Laietana o la calle Girona.

Son acciones que impactan directamente en el Eixample de Cerdà, la gran referencia del urbanismo de Barcelona y su seña de identidad más reconocida. Y que, como subraya J.A. Acebillo en su contribución al dosier, supone, además, un altísimo porcentaje de la actividad económica de la ciudad, una aportación que se añade al indiscutido simbolismo de su paisaje.

Una parte de la opinión pública entiende que la comprensión y la gestión de la complejidad de una gran ciudad como Barcelona están reñidas con la simplicidad y parcialidad del enfoque de algunas acciones que podrían alterar definitivamente el sentido de la obra de Cerdà.

Llama la atención la fijación insistente de las acciones del urbanismo táctico oficial precisamente en el Eixample, área central de Barcelona, que sería el mejor ejemplo de un territorio que no necesita intervenciones urgentes si consideramos su probada funcionalidad y, en general, su estado de mantenimiento. Sobre todo, si se tienen en cuenta las carencias en distritos periféricos y, desde otro punto de vista, el déficit de una inversión sustancial y bien orientada en algunas de las pocas zonas que quedan por desarrollar, como, por poner algunos ejemplos, los espacios próximos a la Zona Franca y a la montaña de Montjuïc.

Las actuaciones emprendidas en el Eixample, especialmente en la discutida supermanzana de Consell de Cent, son un ejemplo extremo de tacticismo, una culminación de las acciones del urbanismo de guerrilla que han llenado la ciudad de barreras new jersey, pintadas estrambóticas, vallas, estacas a uno y otro lado, carriles bici sin usuarios y señalizaciones no siempre comprensibles. El conjunto ha acabado configurando unas propuestas plasmadas en unos renders que sitúan la acción urbanística pública en el mismo nivel que las promociones inmobiliarias privadas: muchos colores, césped, arbolado, ausencia de asfalto, espacios de juego infantil y unos ciudadanos felices. Es la representación de la ciudad sin problemas.

Este activismo intervencionista ha suscitado igualmente el temor a perder el alto nivel de calidad urbana que ha caracterizado la fisonomía de la Barcelona moderna y que ha sido particularmente asociado a la potencia y el equilibrio del Eixample de Cerdà. Más allá de las justificadas consideraciones estéticas, es inevitable constatar que la funcionalidad ejemplar del Eixample ya ha quedado estropeada inicialmente con la gradual destrucción de la fórmula de los chaflanes, una solución que Cerdà propuso para mejorar la visibilidad y la agilidad en las intersecciones y que no se encuentra en ninguna otra ciudad del mundo.

La intensidad y simultaneidad de las actuaciones han puesto ya de relieve que las consecuencias no siempre son las previstas al generar efectos negativos comprobables. Es el caso del reparto de mercancías, las entradas a los aparcamientos y talleres, la dificultad e incluso la imposibilidad de acceso de los servicios de emergencias, la derivación de los atascos a zonas adyacentes o bien el aumento de la contaminación provocado por una renovada congestión.

Es bastante obvio que el objetivo final de las políticas de alteración de la vialidad en el Eixample es ejercer una presión insoportable sobre los vehículos y aplicar una voluntad política de eliminarlos. Es una aspiración poco razonable que no tiene en cuenta la evolución tecnológica ni la realidad de la dependencia inevitable de la movilidad privada de muchísimos ciudadanos metropolitanos. Aquí también las políticas simplistas y monotemáticas difuminan la visión de los problemas reales y desvían la atención de una exigencia fundamental que plantear a las administraciones públicas, que es la de la gestión de calidad, un requisito imprescindible para afrontar muchos otros retos que tiene la ciudad, como el turismo o la limpieza, la política de vivienda o la seguridad, por mencionar solo algunos.

Exigencia de calidad de gestión, por tanto, pero también de visión de conjunto y de voluntad de consenso. La persistencia en unas políticas que dan primacía a las acciones tácticas puede deteriorar muy seriamente un Eixample que es, por encima de todo, la materialización de un gran proyecto de ciudad y convertirlo en un espacio urbano parcheado.