De un tiempo a esta parte, a algunos partidos políticos en horas bajas les ha dado por atribuir el origen de sus desventuras a los medios de comunicación. El que se ha incorporado más recientemente a dicho recurso ha sido Vox, pero le había abierto camino, hace ya un tiempo, Podemos, cuyo líder y fundador, Pablo Iglesias, siempre les ha concedido una enorme importancia, hasta el extremo de que nunca ha ocultado que el contenido de su sueño húmedo más antiguo era el de llegar a presentar algún día el telediario de las 21 h en TVE.

En ambos casos lo que se reprochaba a dichos medios era que la mayoría intervenía de manera directa en el debate político manipulando los mensajes que los líderes de las dos formaciones lanzaban, silenciando las informaciones que podían favorecerlas, cuando no, directamente, poniendo en circulación bulos y presuntas noticias que les perjudicaban de manera directa y de cuya falsedad tenían los emisores perfecta constancia. Todo ello con el poco disimulado propósito de favorecer a sus adversarios políticos.

No hace ahora al caso entrar en el detalle de lo justificado de tales quejas --en muchas ocasiones cargadas de razón, todo hay que decirlo--, fundamentalmente porque lo que me interesa plantear a continuación es otra cosa, de naturaleza muy diferente. Porque el debate acerca de cómo y cuánto manipulan algunos medios en beneficio de opciones por lo general no reconocidas, oscurece otro debate que también convendría abrir, relacionado con la manera en que es el propio funcionamiento de los medios, con independencia de su posible adscripción partidaria, el que desarrolla determinados efectos, de notable importancia oscurecedora, sobre la vida política.

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