A finales del mes de abril el presidente del Gobierno Pedro Sánchez protagonizó un episodio político inusual y poco convencional, confirmando la percepción de que se trata de un político imprevisible y capaz de sorprender a propios y ajenos con sus movimientos.

No es habitual comunicar en una carta abierta a la ciudadanía la decisión de tomarse cinco días de reflexión para preguntarse si merecía la pena seguir ejerciendo su máxima responsabilidad en un contexto de crispación que consideraba insoportable al afectar directamente a su familia. Como también es desconcertante la decisión de no dimitir y de continuar al frente del Ejecutivo, no tanto por la resolución adoptada sino por la inconcreción de las medidas que pretende impulsar para dar sentido al punto y aparte anunciado, como exponía Ignacio Escolar en eldiario.es (29-4-24): «Ese punto y aparte que plantea Pedro Sánchez necesita unos cuantos párrafos debajo: propuestas concretas que el Gobierno debería plantear en las próximas semanas ante el Parlamento. Desde aquí, recomiendo un par de cosas: que no apruebe ni una sola ley sin valorar muy bien sus consecuencias dentro del complejo marco democrático, ni tampoco sin pensar en qué ocurrirá cuando sea un Gobierno de la derecha quien las aplique. El camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones».

Como no podía ser de otra manera, este episodio ha provocado todo tipo de reacciones, análisis y especulaciones sobre el futuro político de Sánchez, del Partido Socialista, del Gobierno español y del país en general. Pero quizás merezca la pena reflexionar sobre el hecho de que el presidente se viera en la necesidad de hacer pública su duda existencial y, con ella, la pregunta sobre si se puede seguir haciendo política a la vista de una deriva degradante de la vida pública que, por desgracia, afecta con intensidades diversas a todas las sociedades democráticas.

Podemos convenir que esta iniciativa nos lleva una mala noticia por dos tipos de razones. En primer lugar, porque es la manifestación de un estado de ánimo colectivo de alejamiento, cuando no de rechazo, de la vida pública y del consiguiente repliegue individualista que puede acabar por hacer inviable la conversación cívica.

En este sentido, tiene razón Raimon Obiols (Ara, 26-4-24) cuando considera que Sánchez plantea una situación de alarma insoslayable que nos afecta colectivamente: «La carta de Sánchez puede ser discutida. Que significa un gravísimo toque de alerta me parece indiscutible. Las políticas de destrucción del adversario mediante la mentira y la intoxicación generalizadas pueden destruir la democracia. Sucedió en el pasado y sería una ingenua irresponsabilidad creer que somos inmunes a este peligro. La atmósfera antipolítica del “todos son iguales” puede dar la victoria a los liberticidas. Hay que prestar la máxima atención al actual retorno de esta amenaza letal y hay que hacerle frente con respuestas firmes y mesuradas, que reivindiquen con hechos el ejercicio eficaz y honesto de la política como servicio público absolutamente vital e indispensable. Simple y llanamente: nuestro futuro colectivo depende de ello».

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Un futuro sobre el que planea la pregunta sobre en qué tipo de sociedad queremos vivir, como plantea Guillermo Altares en El País (26-4-24): «una [sociedad] en la que haya desaparecido la verdad y cualquier insulto sea legítimo u otra en la que haya un acuerdo mínimo sobre lo tolerable y lo intolerable —incluso sobre lo que es real o no—. Porque el camino por el que nos están arrastrando nos puede llevar algún día a responder a la pregunta de qué clase de españoles somos. Vivimos una deriva que nos está rompiendo como país y como ciudadanos. Y ha llegado el momento de pensar en cómo pararla».

En definitiva, tenemos pendiente un debate de fondo sobre los principios en que se basa nuestra democracia y en los límites que nos tenemos que exigir para hacer posible un marco de convivencia habitable.

Se van acumulando síntomas inquietantes que denotan una cultura política que desincentiva el acuerdo y profundiza en la polarización y la crispación.

El segundo tipo de razones que acreditan que la iniciativa del presidente nos envía una mala noticia tiene que ver con la salud de nuestras instituciones. Sería exagerado afirmar que nos encontramos al cariz de una quiebra institucional, pero se van acumulando síntomas inquietantes que denotan una cultura política que desincentiva el acuerdo y profundiza la polarización y la crispación. Desde el bloqueo del sistema de gobierno del poder judicial a la deslegitimación de los gobiernos elegidos siguiendo las reglas de la democracia parlamentaria, pasando por indicios de utilización política de la justicia y de los servicios de seguridad, o por el partidismo en la gestión de los medios públicos de comunicación o de las subvenciones a los medios privados.

Aun así, la forma con la que el presidente ha querido hacer público su estado de ánimo ilumina también los puntos ciegos de nuestro sistema político, en particular, los partidos políticos y su funcionamiento. En este caso concreto el Partido Socialista que, en los días de incertidumbre y desconcierto provocados por la posibilidad de una dimisión presidencial, evidenció que no estaba preparado para esta eventualidad, poniendo de manifiesto una deriva presidencialista que, todo sea dicho, afecta a la mayoría de los partidos. Es, muy probablemente, la consecuencia de introducir las primarias en instituciones articuladas con un sistema interno de pesos y contrapesos. El divorcio de la vieja guardia del partido, más allá de cuestiones de piel, debe de tener mucho que ver con esta mutación.

Una deriva presidencialista que se habría reflejado también en el desenlace del episodio, de forma que la decisión de continuar al frente del Gobierno habría sido motivada por las muestras de adhesión al líder de los cuadros del partido y de las bases convenientemente movilizadas. Es decir, Sánchez habría planteado una especie de moción de confianza ciudadana, fuera de todo marco institucional, como explica Ignacio Sánchez Cuenca en El País (25-4-24): «En lugar de solicitar al Parlamento que renueve su confianza en el presidente, estaría pidiéndole a la propia ciudadanía que le dé una oportunidad para defenderse y actuar frente a la campaña ininterrumpida y inmisericorde de deslegitimación que viene padeciendo desde que llegó a la presidencia del Gobierno en 2018».

Por eso, el desenlace del episodio es como mínimo decepcionante, al resolverse la crisis institucional provocada sin pasar por las instituciones y sin presentar «una agenda de reformas con el objetivo de reforzar la democracia y su calidad. Y un emplazamiento a todas las fuerzas políticas y a la sociedad a pactar su contenido», como pedía Joan Coscubiela en eldiario.es (26-4-24).

Las consecuencias de todo ello no se puede decir que sean positivas. El ambiente político se ha enrarecido todavía un poco más al dar munición al antisachismo cada vez más grosero practicado por la derecha y la extrema derecha. La confianza en el presidente de los socios de la mayoría parlamentaria se ha visto afectada. La prueba de estrés a la que ha sometido a su partido tendrá efectos tarde o temprano. La desconfianza –cuando no la inquina– de la judicatura y de buena parte de los medios de comunicación se habrá acentuado. Ni tampoco puede deducirse que haya contribuido a recuperar la confianza de una ciudadanía cada vez más aburrida de una política basada en la imagen, el teatro y el abuso de las emociones.

Y, posiblemente, lo más relevante sea que el presidente ha visto debilitado su prestigio en el ámbito de la Unión Europea, en un momento crucial donde se está debatiendo sobre su futuro y sobre las alianzas de poder, como ha explicado Enric Juliana en La Vanguardia (4-5-24): «La península ibérica ha sido durante estos últimos cinco años un factor de estabilidad de la política europea. Pues bien, durante los cinco días de abril, Sánchez ha puesto en riesgo este pivote. Después de la crisis política en Portugal, que no podemos dar por finalizada, el presidente del Gobierno de España anuncia que está dispuesto a dimitir porque es un hombre profundamente enamorado de su esposa y no soporta el acoso al cual está siendo sometida. En Bruselas pusieron los ojos como platos. En La Vanguardia estamos condiciones de afirmar que el jefe del Ejecutivo ha recibido en los últimos días mensajes de preocupación y alerta de algunos gobiernos europeos ante la posibilidad de una desestabilización completa de la península ibérica en un momento de encrucijada histórica para la Unión Europa. Sánchez se ha ido, para volver, mientras en Bruselas se están iniciando debatas cruciales para el futuro de la Unión».

Se dirá que Pedro Sánchez ha buscado recuperar la iniciativa política para provocar un efecto movilizador con la vista puesta en la mejora de las expectativas electorales, pero como dice Lluís Orriols en eldiario.es (1-5-24) un momento populista como el vivido no es una estrategia a largo plazo. Quizás la nueva política consista en una serie de golpes de efecto para tomar la iniciativa y dominar el juego. Vete a saber.