El Instituto de Estadística de Cataluña (IDESCAT) hacía pública el pasado 1 de noviembre de 2023 la estimación de la población catalana, que había logrado la cifra redonda de los ocho millones de habitantes, exactamente 8.005.784. De forma que en treinta y seis años la población ha pasado de los seis a los ocho millones y en cincuenta y dos años se ha doblado el número de personas que viven en Cataluña.

La nota informativa del IDESCAT se completaba con una serie de datos demográficos que nos proporcionan las características básicas que configuran la sociedad catalana de hoy y que prefiguran su evolución. Así, sabemos que este salto no se debe tanto al crecimiento natural —en un descenso acentuado hasta llegar a ser negativo desde 2018—, como la aportación de migraciones de varias nacionalidades, especialmente a la fuerte oleada de la primera década del siglo XXI, con 1.065.000 migrantes. Una década prodigiosa, como la denominaron Anna Cabré y Andreu Domingo. En consecuencia, la población de origen extranjero hoy supone el 16,3% de la población, cuando el 1987 representaba tan solo un 1,1%.

Obviamente, este es un dato del todo relevante, de gran impacto en la realidad del país y en su percepción social, pero una mirada histórica nos tendría que prevenir de extraer conclusiones apresuradas y alarmistas. Anna Cabré, en un trabajo académico de 2008 (Las olas migratorias en el sistema catalán de reproducción), afirmaba que: «desde finales del siglo XIX, y sobre todo en el siglo XX, la inmigración ha sido el principal factor de este crecimiento demográfico tan contundente. Y resulta, finalmente, que esta aportación inmigratoria, y el crecimiento que lleva asociada, no se han producido siguiendo una trayectoria llana, sin sacudidas, sino más bien de forma espasmódica: los inmigrantes han venido en grandes oleadas».

Entendía Cabré, por lo tanto, que es un error considerar que nos encontramos ante un hecho nuevo y nunca visto. Más bien las olas migratorias constituyen episodios en el proceso de construcción de la sociedad catalana, con: «un sistema de reproducción social que moviliza aspectos económicos (adaptación extrema a la coyuntura, ciclos muy acusados), sociológicos (elevada promoción social, intrageneracional e intergeneracional), familiares (baja fecundidad, mercado matrimonial muy abierto, «mezcla») y culturales (preocupación extrema por la cohesión, normalización, cultivo de la identidad y de sus signos)».

Por otra parte, de este dato determinante también se desprende que se ha producido un envejecimiento de la población, con una esperanza de vida de 83,6 años, seis años más que cuando éramos seis millones. De forma que la población de más de 65 años constituye el 19,3% del total, el doble que en 1987.

La tercera transformación cualitativa afecta las mujeres, con un atraso de más de cinco años en la edad al tener el primer hijo, pasando de los 26,3 a los 31,6 años y una tasa de fecundidad en mínimos históricos de entre 1,1 y 1,2 hijos. Fenómeno vinculado al salto de la tasa de empleo femenino, que casi se ha doblado hasta llegar al 50,9%.

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Finalmente, los datos muestran cómo la población se ha seguido concentrando en el área metropolitana de Barcelona y en las comarcas del litoral y el prelitoral; se acentúa la tendencia a la despoblación otras zonas del país.

Los impactos simultáneos de la nueva inmigración, del envejecimiento de la población, de la transformación de la condición femenina y de la concentración urbana son los factores clave para entender en qué sociedad vivimos. La cuestión es si estamos preparados para asimilar este impacto, gestionando el potencial que supone y, a la vez, los problemas que genera.

La indiferencia actual ante la evolución demográfica parece un síntoma más de la atonía institucional derivada de los años de desdén hacia el autogobierno.

Llama la atención la indiferencia general con la que ha sido recibido este traspaso de frontera demográfica. Contrasta con la enfática campaña institucional del Som 6 milions que saludaba aquel hito a mediados de los años 80 del siglo XX. Una campaña publicitaria ideada por Lluís Bassat que pretendía, según el prestigioso publicitario, «recordar que independientemente del color de piel o el idioma, todos los habitantes de Cataluña son iguales», interpretando y sintetizando el núcleo del mensaje pujolista, que Enric Company explicaba así en El País (8-5-1988): «Pujol hace años que repite en mil versiones diferentes un discurso que ha resultado inatacable para sus rivales políticos. Se describe Cataluña como un país pequeño, con voluntad de mantener su identidad, que se define por su lengua, su cultura y su historia y que tiene una firme voluntad de permanecer como nación en el futuro. Esta voluntad de ser es la que ya Vicens Vives señaló como un atributo definitorio de los catalanes».

La indiferencia actual ante la evolución demográfica parece un síntoma más de la atonía institucional derivada de los años de desdén hacia el autogobierno, practicado con entusiasmo digno de mejor causa por las fuerzas independentistas. Una indiferencia que va más allá de los aspectos simbólicos y contamina la voluntad y la capacidad de acción ante los problemas derivados de la complejidad demográfica y social de los 8 millones.

Constituyen una temeridad tanto la indiferencia social como la parálisis institucional ante las exigencias derivadas de un fuerte aumento de la población debido, en gran parte, a la llegada de inmigrantes de fuera de España. Tendrían que merecer una atención especial las tensiones que genera en la población autóctona de renta más baja, como lo advertía Josep Oliver en La Vanguardia (13-10-23): «cualquier territorio tiene costuras sociales que no se pueden expandir a voluntad: a partir de cierto punto, se rompen y los conflictos emergen y se extienden. Y como lo muestra la experiencia europea, han aparecido siempre que nativos e inmigrantes de baja renta compiten por unos recursos públicos insuficientes. Evitarlos implicaría políticas urbanísticas, de vivienda y educativas que eviten la formación de guetos y aseguren una adecuada integración. ¿Ocho millones? Perfecto. ¿Hacia los nueve? Seguro. ¿Necesarios? También. Pero ¿dónde queda la acción y el presupuesto público para evitar tensiones? No lloremos cuando aparezcan, o sus resultados en forma de extrema derecha. Porque ambas brotarán. Sí o sí».

Lo más preocupante del episodio de los resultados de PISA es la reacción desbaratada de las autoridades educativas ante una realidad concreta que parece que no habían previsto.

Casualmente, pocos días después de hacerse público el nuevo dato demográfico, se conocía el informe PISA de 2022, con unos resultados en Cataluña considerados desastrosos, y que confirmaban otras evaluaciones diferentes como la de los PIRLS (Estudio Internacional de Progreso en Comprensión Lectora). Por unos días el debate sobre la política educativa acaparó la atención de los medios y de la opinión pública, con profusión de análisis, reflexiones y ocurrencias… hasta que dejó paso a otra novedad.

Además del efecto que haya podido tener la perturbación de la actividad escolar durante la pandemia, una primera aproximación a las pistas para explicar esta evolución negativa de los resultados de los alumnos catalanes, recogida por Ignacio Zafra en El País (6-12-23), identifica varios factores, pero sin que se puedan establecer relaciones causales evidentes.

 

Ir al rincón de pensar

Se apunta a la carencia de una «línea política decidida y sostenida en el tiempo para atender al alumnado socioeconómicamente más desfavorecido con necesidades especiales»; a la existencia de una de «las redes educativas más segregadas» de España; al peso importante de la actividad económica turística «que pone a prueba la capacidad del sistema educativo para retener y ofrecer oportunidades en los sectores más vulnerables»; al efecto que pueda tener sobre la lengua vehicular de la enseñanza el actual contexto de globalización comunicativa a través de las redes sociales y las plataformas audiovisuales donde predominan el castellano y el inglés; al hecho que de entre el 16% del alumnado foráneo unas tres cuartas partes sea de origen no europeo.

No han faltado tampoco referencias a la desorientación creada por el baile de normas que regulan la actividad educativa, a la corrosión provocada por el uso masivo e indiscriminado de las nuevas tecnologías, a la idoneidad de algunos métodos pedagógicos y su sacralización por parte de los expertos, a la supresión de la sexta hora en la escuela pública, a la compactación de la jornada escolar, a la insuficiente formación de los docentes, al corporativismo de las organizaciones sindicales del sector y, más allá del marco escolar, a la sobreprotección de los niños por parte de las familias.

Explicaciones hay para dar y vender, pero, una vez pasada la efervescencia de la primera impresión, es obligada una pausa para ir al rincón de pensar. Empezando por las autoridades educativas del país, porque lo más preocupante de este episodio de los resultados de PISA es su reacción embrollada ante una realidad concreta que parece que no habían previsto.