Soro, siempre decías, y con toda la razón, que los autores de obituarios hablan más de sí mismos que de los difuntos. Has sido un gran maestro de periodismo y de ti he aprendido mucho, pero me temo que esta lección funeraria no la aprendí del todo, porque, si tengo que hablar de ti, me costará evitar la primera persona. Pero lo intentaré.

No habría dicho nunca que New Hampshire se pudiera escribir de tantas maneras. Todas incorrectas, excepto una. Esta fue la primera lección cuando viniste a verme con la prueba de una página, sobre unas elecciones de medio mandato en los Estados Unidos, llena de marcas con rotulador fino rojo que yo acababa de editar cuando me estrenaba en la redacción de vuelta del extranjero. Después vinieron tantas y tantas lecciones, nunca impartidas desde la cátedra. De hecho, no lo parecía nunca que te estuviera aleccionando. A lo máximo que llegaba, en caso de los hombres, era a decir ¡Chatooo!, que se podía traducir por un «¿Qué haces?, ¿que no lo ves?» Diría que nadie le oyó nunca levantar la voz.

José Antonio Sorolla —La Fresneda (Teruel) 1950-Barcelona 2024— no solo tenía la gramática y la ortografía en la cabeza. Tenía todo el periodismo, la política, la literatura, el fútbol y seguro que me dejo cosas. Y, aun así, era uno de aquellos periodistas que figuran poco, pero que son absolutamente imprescindibles en las redacciones, los que dan el acabado de pulcritud a los medios y que antes ya han sembrado la necesidad de rigor y veracidad.

La letra impresa era su hábitat natural. No podía vivir sin los periódicos ni las revistas hasta el punto de que, cuando descansaba en su pueblo, hacía diariamente los once kilómetros de ida y once de vuelta que separan La Fresneda de Valderrobres para comprar la prensa en la librería Serret, una institución muy conocida en el Matarraña, hoy cerrada. Tampoco podía vivir sin los libros que leía con avidez, muy bien provisto gracias a la fineza psicologicocomercial de Fidalgo, un personaje que iba a las redacciones a vender libros. No se le escapaba ninguna novedad editorial. Ni ninguna película.

Era uno de aquellos periodistas que dan el acabado de pulcritud a los medios y que antes ya han sembrado la necesidad de rigor y veracidad.

Licenciado en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Información por la UAB, el estudiante Sorolla compaginaba sus estudios con trabajos como el de empleado de banco o encargado de la sección de libros del Drugstore Liceo que había en la Rambla. En 1974 ya trabajaba en el Diario de Barcelona donde encontró a Antonio Franco, Carlos Pérez de Rozas y Miguel Ángel Bastenier. Cuatro años más tarde, en 1978, aquel cuarteto fue parte del núcleo fundador de El Periódico de Cataluña. Como redactor jefe de aquel diario nuevo en un mundo también nuevo como era el de la democracia acabada de estrenar, Sorolla fue el artífice de la meticulosidad y la precisión informativa del nuevo medio.

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Inventar el periodismo

Aquella generación de periodistas, con pocos referentes directos a causa de la Guerra Civil y el exilio de las generaciones anteriores, prácticamente tuvo que inventar el periodismo de la Transición, un periodismo que acabó siendo homologable al de las democracias muy arraigadas por su calidad de fondo y de forma, hecho con un compromiso irrenunciable.

En 1982, Soro siguió a Antonio Franco en la creación de la edición de El País en Cataluña. Y de Barcelona a París, donde fue corresponsal. En 1990, él como director adjunto y Franco como director volvieron a El Periódico formando uno de aquellos tándems totalmente complementarios. Si Franco pronto se sobresaltaba y gritaba, Sorolla era la calma. Si no era fácil entrar en el despacho del director, la puerta del director adjunto siempre estaba abierta. Allá se iba a reír, a llorar, a protestar, a pedir, a proponer, a recibir un encargo o a ser amonestado. Sorolla te recibía siempre pasando páginas de un periódico o una revista que tanto podía ser Le Nouvel Observateur como ¡Hola! Parecía que no escuchara, pero no se perdía nada de lo que se le decía y a pesar de aquel pasar páginas constante, la conversación siempre fluía y normalmente se salía satisfecho de aquel despacho. Aun así, tampoco se le escapaba nada de lo que decía el periódico o revista que estaba mirando. Solo dejaba de leer si había fútbol, es decir, si jugaba el Barça.

Entre sus muchas obligaciones, Sorolla hacía las portadas del periódico y era toda una lección verlo en el consejo de redacción de la mañana. A medida que las diferentes secciones iban cantando los temas y él los anotaba en el lanzado, no solo detectaba cuál tenía que ser el tema de portada del día siguiente, sino que ya tenía el título, y uno que cupiera en el espacio (hablamos de diarios en papel). A veces lo escribía con aquel rotulador rojo para contar bien las letras y asegurar que cabría en el espacio limitado y si iba demasiado justo, ya sabía hasta qué punto lo podía chupar sin violentar el diseño. A menudo la realidad obligaba a cambiar la idea matutina, pero no le costaba nada encontrar el título alternativo con las prisas de la tarde. Cuando José María Aznar ganó las primeras elecciones (1996), en un consejo de redacción deprimido por la victoria de la derecha, Sorolla le encontró una virtud: que el apellido corto del ganador iría bien para titular.

Aquella redacción del Periódico, como la de todos los medios, estaba impregnada de machismo a pesar de la importante presencia de mujeres. En aquel ambiente, Sorolla era un caso aparte porque no hacía diferencias entre profesionales, ellos y ellas, y más de una vez había batallado con el director y con el jefe de sección correspondiente para defender el trabajo o el ascenso de una redactora. Por eso, en aquel ambiente, ya merece todo el reconocimiento. No hace mucho una antigua becaria me comentaba que «era el hombre más educado de la redacción» y hacía comparaciones que no repetiremos porque siempre son odiosas.

En una redacción impregnada de machismo, Sorolla era un caso aparte porque no hacía diferencias entre profesionales, ellos y ellas.

Sorolla volvió a ser corresponsal en París, esta vez de El Periódico. Francia, su política y su cultura, fueron otra de las esferas de conocimiento que cultivó con fruición. De vuelta a Barcelona, preservaba la línea editorial desde las páginas de Opinión. Con los diferentes cambios en la dirección y con la nueva propiedad su vinculación con el diario se fue debilitando y no por voluntad suya.

 

Un inédito en el cajón

También fue autor de libros. En los primeros años de la Transición, como miembro de Equipo Límite, contribuyó al volumen La agonía de la Universidad franquista (Laia). Después, con Georgina Cisquella y José Luis Erviti, publicó La represión cultural en el franquismo (Anagrama). Más recientemente, en 2020, firmó con Alejandro Tercero Así se escribe en digital (Crónicas), un libro de estilo para el periodismo en la red. En el cajón ha quedado un inédito, una biografía del expresidente de la República Francesa Nicolas Sarkozy. En este caso, ser amigo del editor que te tiene que publicar el libro no siempre es buena cosa. También fue uno de los editores de Antonio Franco, un gigante del periodismo (Barcos de papel / Colegio de Periodistas de Cataluña) que se presentó a finales de septiembre del año pasado. Sorolla, presente en el acto, había preparado una intervención que tuvo que ser leída por otra persona porque la voz, que después recuperaría, lo había abandonado. Hacía poco más de dos semanas le habían diagnosticado un cáncer de pulmón. En palabras suyas, «no pinta nada bien».

En esta casa, en política&prosa, escribía desde su fundación, en noviembre de 2018, la sección «Palabra de…», una sección que reclama mucho trabajo de documentación y que era ideal para una persona meticulosa como él, destinada a poner en evidencia las incongruencias y contradicciones de los políticos y otros personajes públicos. El último que escribió fue sobre el abogado Javier Melero. Se publicó en el número de octubre. Soro también firmaba un artículo semanal de análisis político en Crónica Global. El último, ¿La última audacia de Puigdemont?, se publicó el 27 de marzo.

En ‘política&prosa’ escribía desde su fundación la sección «Palabra de…», una sección ideal para una persona meticulosa como él.

A pesar de todo, no dejó de seguir la actualidad con su capacidad de análisis y su espíritu crítico, ni se perdió el concierto de Joaquín Sabina a finales de septiembre. El hábito de leer tampoco lo abandonó. En el hospital, horas antes de sufrir la crisis fatal la madrugada del 15 de abril, había leído dos periódicos. Una de sus últimas lecturas habrá sido Europa, de Timothy Garton Ash, y a finales de marzo tenía en cartera Matar al director, de Bru Rovira, intrigado por saber quién mataba a un director de diario.

 

El mundo de ayer

Aquel cuarteto que formó parte del equipo fundacional de El Periódico, Franco, Pérez de Rozas, Bastenier y Sorolla, se ha ido. También ha desaparecido en buena parte aquella manera de hacer periodismo que ellos estrenaron imbuidos de la necesidad de defender la democracia, hecho con coherencia de pensamiento y con rigor. Aquel mundo se ha acabado. El que lo ha sustituido es otra cosa que da mal nombre al periodismo e incluso quiere considerar innecesarios a los periodistas. Esto hace todavía más imprescindible la tarea de profesionales rigurosos como Sorolla.

Y ahora ya no puedo evitar directamente la primera persona. Soro se había convertido en mi prescriptor de libros. También me informaba de las noticias del mundo periodístico que se me habían escapado, y, totalmente ignorante en cuestiones futbolísticas y deportivas, me guiaba por los hechos del mundo de la pelota que me parecían indescifrables. Como dos viejos periodistas, activos, pero ya de salida, nos permitíamos un ejercicio de nostalgia del pasado y de crítica del presente viendo la deriva del periodismo y de la política. Y también hablábamos del cáncer.

Soro, ¡cómo me habría gustado comentar contigo la portada de El Periódico el día en que se anunció tu muerte! ¡Y criticar como cada año el éxito de los autores mediáticos en Sant Jordi! ¡Y las campañas electorales!, y…