El próximo 9 de junio los españoles estamos llamados a elegir nuestros representantes en el Parlamento Europeo para la legislatura 2024-2029. Entre el jueves 6 y el domingo 9 lo harán también los electores de los otros 26 países de la UE. Todas las elecciones son importantes en democracia, pero pienso que esta vez los resultados de las europeas producirán más consecuencias políticas que en ninguna otra ocasión anterior desde que se introdujo en 1979 la elección directa de quienes ocupan los escaños del hemiciclo de Estrasburgo. La integración europea es ahora más profunda, y su territorio considerablemente más amplio, tras las decisiones adoptadas en ambas direcciones a lo largo de sus ya muchas décadas de existencia.

Primero la Comunidad, y más tarde la Unión Europea, han vivido momentos muy brillantes. Tras la creación de esta última se han venido dando pasos muy importantes: la introducción de la moneda única en 1999, la ampliación a los países del Centro y del Este de Europa en 2004, marcaron avances de envergadura histórica en el proyecto común. Momentos que figuran en su historia, sin duda. Pero también hubo otros momentos muy difíciles: la gran crisis financiera de los años 2008 a 2013, la pandemia de 2020 y sus graves consecuencias en materia de salud pública y de recesión económica, la crisis energética acompañada de la inflación y, por supuesto, las guerras tras la invasión de Ucrania o la situación dramática en Gaza como reacción de Israel al ataque de Hamás. Las dificultades se han concentrado en los últimos 15 años.

Asumir el derrotismo y el escepticismo de euroescépticos y populistas nos llevaría a aceptar la irrelevancia de los logros conseguidos.

Un balance objetivo de los logros y fracasos de la UE es la mejor manera de afinar bien propuestas y prioridades de cara al futuro. Los europeístas, convencidos de que el proyecto común ha de seguir profundizándose y ampliándose, hacemos bien en subrayar las razones de nuestros éxitos pasados, pero sin olvidar los fallos que condujeron a errores, carencias, o a olvidar tareas aún pendientes. Asumir el derrotismo y el escepticismo de euroescépticos y populistas nos llevaría a aceptar la irrelevancia de los logros conseguidos. Pero para lograr que avancen los niveles de integración allí donde sea necesario, conviene preguntarse por los obstáculos que nos están impidiendo cubrir algunas lagunas en la arquitectura institucional de la UE, por la falta de recursos financieros necesarios para financiar sus objetivos estratégicos o de mejorar la necesaria sintonía entre el discurso de los representantes y las demandas y preocupaciones de los ciudadanos. Una sintonía que no siempre ha funcionado.

 

Desafíos de enorme complejidad

Quienes somos claramente favorables al ideal de «una unión cada vez más estrecha» proclamado en el artículo 1 del Tratado de la Unión, vemos con preocupación la considerable distancia que sigue existiendo entre lo que debiéramos ser capaces de hacer, lo que hoy por hoy se puede hacer y lo que están dispuestos a hacer los líderes europeos por temor a que sus electores no les sigan. Es cierto que esos desajustes no siempre vienen causados por la debilidad de las convicciones o la falta de confianza. Hay que reconocer que los momentos actuales llevan a gobiernos e instituciones a enfrentar problemas y desafíos de una enorme complejidad.

La guerra de Ucrania y el conflicto en Palestina nos sitúan ante crímenes de guerra y dramas humanos cuyas consecuencias golpean con dureza nuestra sensibilidad, y también amenazan nuestra propia seguridad. Tras muchos años creyendo que la paz estaba garantizada, y nuestra seguridad colectiva cubierta por la protección de Washington, ahora estamos descubriendo que la realidad es muy distinta. Putin nos amenaza a todos los europeos, y Estados Unidos es un aliado que puede dejar de serlo si Trump vuelve en noviembre a la Casa Blanca. La UE tiene que plantearse, sin excusas, una estrategia de seguridad en todos los ámbitos, y no sólo en el económico. Coordinada por supuesto con la OTAN, pero también eficaz en el caso de que la voluntad al otro lado del Atlántico empiece a desfallecer.

Putin nos amenaza a todos los europeos, y Estados Unidos es un aliado que puede dejar de serlo si Trump vuelve en noviembre a la Casa Blanca.

Las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y China en su lucha por la hegemonía global también nos afectan, y la UE no está interesada en exacerbarlas a pesar de que desde ambos lados se mantienen estrategias que no coinciden a menudo con nuestros intereses. Se anuncian nuevas batallas arancelarias en caso de victoria de Trump, que podrían acelerar las tendencias proteccionistas observadas en los últimos tiempos.

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Distorsiones discriminatorias

Los esfuerzos por reducir al máximo la dependencia de Rusia respecto de las fuentes de energía fósil, y la sustitución de estas por energías renovables y otras tecnologías limpias, podría situarnos ante la dependencia respecto de China como proveedor de algunos elementos de las cadenas de valor imprescindibles para fabricarlas. Y el enorme volumen de los subsidios ofrecidos por la Inflation Reduction Act (IRA) americana ya está generando distorsiones discriminatorias para nuestras empresas y nuestros inversores.

Esos riesgos, y las consiguientes distorsiones, no pueden tener como respuesta su reproducción en los mercados europeos a través de decisiones e instrumentos similares financiados con nuestros propios recursos. La UE se beneficia de la apertura económica y de su mercado único. La flexibilización del control de las ayudas públicas que lleva a cabo la Comisión Europea, con objeto de lograr un funcionamiento no discriminatorio de nuestras empresas, ya está provocando desequilibrios, que no deben ser aumentados, sino corregidos en la línea indicada por el informe presentado por Enrico Letta al Consejo Europeo en abril. Otro informe importante, el que está preparando Mario Draghi, será presentado ante el mismo Consejo en junio.

Nuestra voz en el mundo no puede seguir estando limitada por la regla de la unanimidad, hasta hacerse casi inaudible.

Con esos elementos de análisis y los respectivos catálogos de propuestas, junto a otras que también estén disponibles, los nuevos dirigentes de la UE que surjan, una vez conocidos los resultados de las elecciones en la segunda mitad del año, tendrán material suficiente para dibujar y acordar las líneas maestras de la estrategia de la UE hasta el final de esta década.

En algunos terrenos, se tratará de actualizar y ajustar las estrategias y políticas ya diseñadas en los anteriores mandatos. Por ejemplo, en la lucha contra el cambio climático los grandes objetivos del Pacto verde (Green Deal) deben ser confirmados. La UE ocupa un lugar de liderazgo mundial, que se ha confirmado de nuevo en la última reunión del COP28 a finales del año pasado. Hay que confiar en que ni las complicaciones burocráticas de las que se quejan los agricultores, ni el escepticismo de populistas y negacionistas, impidan que los europeos sigamos manteniendo sin flaquear nuestros objetivos y esfuerzos. Más bien al contrario, hemos de redoblarlos, tanto dentro de nuestras fronteras como en la coordinación y colaboración con el resto de los países.

 

Los esfuerzos de Borrell

En la acción exterior sí que habrá que dar pasos mucho más contundentes que hasta ahora. Nuestra voz en el mundo no puede seguir estando limitada por la regla de la unanimidad, hasta hacerse casi inaudible. Los esfuerzos de Borrell como Alto Representante de la UE han sido ímprobos, y son de agradecer sus declaraciones en relación con Gaza, Ucrania y otros conflictos. Pero su mandato ha sido cortocircuitado en muchas ocasiones por las divergencias entre miembros de la Unión.

Desde la perspectiva de Washington, Pekín, Moscú, Delhi u otras capitales del llamado Sur Global, se sigue constatando la falta de cohesión de nuestra acción exterior, incapaz de ocupar el espacio que por dimensión, relevancia y vocación universalista nos debiera corresponder. Junto a la necesidad de proteger nuestra seguridad colectiva en materia de defensa y de hacer valer nuestros intereses económicos en un mundo carente de mecanismos eficaces para articular una gobernanza global, la puesta en marcha de un sistema eficaz para el desarrollo de la acción exterior común de los europeos debe ser una prioridad de cara al futuro próximo.

También es necesario avanzar en el nuevo diseño de una estrategia de crecimiento y competitividad. Nuestras tasas de crecimiento son menores que las de Estados Unidos y China, por no hablar de las que muestran otros países como India. En el terreno de las tecnologías de vanguardia, nos estamos quedando atrasados en términos relativos, sin grandes plataformas digitales ni capacidad para seguir el ritmo en cuanto al desarrollo de la inteligencia artificial o de la computación cuántica.

Nuestro poder regulador sigue estando en cabeza, pero no es evidente que su eficacia pueda llegar a compensar la rapidez con la que se mueven esos mercados. Es urgente intensificar nuestros esfuerzos en I+D y en aumentar las enseñanzas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) en este último caso también con apoyo de la UE.

En estos días van a entrar en vigor las nuevas reglas fiscales en sustitución del viejo Pacto de Estabilidad y Crecimiento, suspendido desde la pandemia del covid en 2020. Es de esperar que su aplicación sea «inteligente», sin nuevas experiencias de austeridad que reduzcan aún más el crecimiento y los márgenes necesarios para las inversiones que vamos a necesitar para financiar la transición energética, los avances en digitalización, el refuerzo de las políticas de cohesión social y la ampliación de la UE comprometida con Ucrania y otros países del Este o de los Balcanes.

Sabemos por experiencia que todos los populismos, sea cual sea su color ideológico, están hechos con materiales antieuropeos.

Todo ello requiere poner de una vez en marcha un mercado único de capitales y unos flujos financieros públicos que no tienen hoy encaje en un presupuesto comunitario raquítico, ni tampoco podrán ser financiados con deuda pública por algunos países que han alcanzado niveles demasiado elevados para garantizar su sostenibilidad. Se van a necesitar fórmulas novedosas del tipo de las que se pusieron en marcha en 2020 con el Next Generation EU o el programa SURE. Además de atender políticas de inmigración, o la reducción de desigualdades.

 

Combustible para la decepción

Es conveniente no perder de vista el realismo a la hora de definir con ambición las líneas por las que deben transitar las decisiones que esperan encima de la mesa a los nuevos líderes europeos y a sus colegas de los países miembros. Porque no es realista desconocer, ni siquiera minusvalorar, la envergadura de las tareas pendientes para seguir avanzando en la integración europea. Los avances hacia el futuro no pueden sostenerse recreándose en dibujar una utopía mientras se ignoran las dificultades y las restricciones que se atraviesan en el camino.

De caer en esa trampa, se acaban convirtiendo unos planteamientos políticos ambiciosos en combustible para la decepción y en el origen de los populismos. Y sabemos por experiencia que todos los populismos, sea cual sea su color ideológico, están hechos con materiales antieuropeos. Por ello, una agenda ambiciosa para Europa es imprescindible, y sus objetivos y estrategias han de permitirnos mirar al futuro con confianza y seguridad, pero las propuestas políticas para desarrollarla tienen que basarse en análisis solventes, en apoyos sólidos y en esfuerzos asumibles y distribuidos equitativamente.