Ya se sabe cómo va esto de la fama. Llega un día en que la gente se olvida de ti, y en cuanto mueres, de repente todos te recuerdan y te veneran. Así es el rock and roll y así son las redes sociales, ese invento orientado a expresar sentimientos que no sientes a fin de ser aceptado por la manada.

Tina Turner pasó los últimos años alejada de los focos, envuelta en el sufrimiento y la enfermedad. Se diría que bastante olvidada, por la industria y por las masas que tanto la adoraban cuando estaba en activo. Pese a todo, fue la temporada en que se sintió más querida en su círculo íntimo, que es donde el ser humano, si tiene suerte, halla sus más altas dosis de felicidad. Frente al maltrato que recibió en sus años de matrimonio con esa mala bestia bipolar llamada Ike Turner, Tina se despidió de este mundo acompañada por Erwin Bach, el ejecutivo alemán que conoció en 1985 y fue su marido desde 2013, impulsó su carrera, la amó y la cuidó hasta el punto de donarle un riñón.

No basta con poner likes. En el año 2000, el firmante de este artículo recorrió 2.000 km, 24 horas seguidas de coche, para poder ver a Tina Turner en su concierto del 23 de julio en el Estadio Olímpico de Múnich. Aunque modesto, lejísimos del riñón donado por Bach, fue un acto de amor. También es cierto que el telonero era John Fogerty, el líder de la Creedence, quien por entonces nunca había venido por España. Fogerty fue un enorme aliciente para aquel viaje apasionado, pero no más que Tina. Se suponía que Twenty Four Seven Tour era su gira de despedida y nadie imaginaba que volvería en 2009, con 70 años, para despedirse definitivamente de los escenarios. Tina se comió el Proud Mary de Fogerty y ya nunca más fue de su autor. Su yo artístico era el de una leona, una devoradora. Lo que atrapaba con sus fauces ya no lo soltaba, era suyo para siempre. Aunque como reina de la selva también sabía ser magnánima. A Fogerty, por entonces en horas bajas, lo rescató y reivindicó de una forma que él nunca olvidó.

 

Sin faros ni referentes

 Dar lo que no tienes, qué difícil cualidad. Todo lo que Tina Turner mostraba en su faceta artística –mujer enérgica, huracanada, empoderada, luchadora– era el reflejo inverso de sus fragilidades personales. Como canta Bob Dylan: «Si no crees que este dulce paraíso tiene un precio, recuérdame que te muestre las cicatrices». Las cicatrices de Tina eran múltiples. Naces en una familia disfuncional. Tu padre le pega tu madre. Tu madre no te quiere e incluso le molesta tu presencia. Deambulas por la vida sin faros ni referentes. Estás tan desvalida y falta de cariño que conoces a un grupo de músicos, The Kings of Rhythm, caes en brazos del saxofonista, que te deja embarazada y al poco se escabulle. Luego aparece el macho alfa, el líder de la banda, Ike Turner, capaz de esnifarse su propio talento y también el tuyo mientras te somete a su absoluto control. Control violento, claro. El tipo es un genio, pero como ser humano no da para mucho. Te rompe la nariz y la mandíbula cada vez que le viene en gana. Intentas suicidarte, no lo consigues, pero al final es tu hijo quien se quita la vida en 2018. El primero de tus cuatro hijos (dos de ellos adoptados), el que tuviste a los 18 años con el saxofonista Raymond Hill y testigo de las mil palizas que recibiste. Un último golpe moral del que ya nunca te recuperarías.

Lo que atrapaba con sus fauces ya no lo soltaba, era suyo para siempre. Aunque como reina de la selva también sabía ser magnánima.

Tina era extremadamente generosa y daba al público justo lo que ella no tenía: fuerza, seguridad, alegría, entereza, ilusión. Hacer felices a los demás sin ser feliz ella misma fue un rol que ejerció con gran esmero. Hasta la secreta fragilidad de su cabello la llevó a mostrarse en público como todo lo contrario: una mujer de emblemática melena leonada. En realidad, era un artificio fabricado con las pelucas que ella misma aprendió a elaborar con pelo natural africano e italiano. La leyenda cuenta que los tratamientos abrasivos para alisar su pelo en sus inicios, cuando los afroamericanos se veían forzados a blanquear su aspecto, destruyeron muy pronto su cabello natural. Fue un despiadado paparazzo quien descubrió el secreto con unas fotos en su mansión de Suiza mientras la diva lavaba y tendía sus postizos.

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A esas alturas, a ella poco le importaba ser vista como una leona alopécica y herida. Durante mucho tiempo, la inseguridad derivada de sus problemas capilares intercedió en su relación con los hombres, pues sentía que muchos podrían decepcionarse al conocer lo que había detrás de la imagen pública. Quizá todo cambió para ella en día que David Bowie subió con ella a la habitación del hotel con intención de divertirse un rato. Y vaya si se divirtieron: Bowie salió de la ducha desnudo y bailando con una de las pelucas de Tina sobre su cabeza. Menuda terapia, menudo Private dancer. Si Bowie te acepta como eres, a los que no lo hagan que les parta un rayo.

 

«No quiero nada»

No todo en Tina eran debilidades ocultas. Sus fortalezas emergieron cuando puso fin a la relación tóxica con Ike Turner y la industria discográfica intentó en vano que su carrera en solitario no prosperara. «Olvide las joyas. Olvídelo todo. Solo es dinero manchado de sangre. No quiero nada», dijo ella ante el juez durante el proceso de divorcio, después de dieciséis años soportando todo tipo de vejaciones. En su noche de bodas, en 1962, Ike la llevó a un prostíbulo para celebrar el enlace. En una ocasión llegó a arrojarle café hirviendo a la cara, lo que le provocó quemaduras de segundo grado. Lo que sí tuvo claro ella en el juicio fue que ella se quedaría con el nombre artístico de Tina Turner, llevando el apellido de su maltratador hasta el último día de su vida. Ahora Turner soy yo y tú ya no eres nada. Anna Mae Bullock, el nombre con el que nació en 1939 en Brownsville (Tennessee), dejó de existir en 1962, una forma de enterrar una infancia y adolescencia traumáticas, aunque sus primeros años como Tina fueran aún peores.

Tuvo claro en el juicio que se quedaría con el nombre artístico de Tina Turner, llevando el apellido de su maltratador hasta el último día de su vida.

Ya en el título, muchas de las canciones del repertorio de Tina Turner tienen un componente de embriagadora superación. I want to take you higher (Quiero llevarte más alto), The best (La mejor), When the heartache is over (Cuando el corazón deje de dolerte). Tampoco parece casualidad que escogiera el grito de socorro de Lennon en los Beatles (Help!) como otra canción emblemática de su repertorio en directo.

 

Sin quitarse los tacones

Su primer gran éxito como Ike & Tina Turner fue la composición de Phil Spector River deep, mountain high (Río profundo, montaña alta), lanzada en 1966. Quizá es la pieza que mejor resume la vida y la carrera de Tina, capaz de emerger del río más profundo en el que se ahoga para escalar, sin quitarse los tacones, la montaña más alta del mundo. No es casualidad que su figura sea uno de los mayores símbolos del feminismo moderno. Ella siempre decía que su voz grave, «casi de hombre», la llevó siempre a potenciar otros aspectos de su feminidad. «Viendo las imágenes del pasado, creo que hice un buen trabajo».

Cantar y bailar al mismo tiempo. Era Little Richards quien decía que en eso no tenía competencia. Que enseñara a Mick Jagger a moverse en el escenario es una de sus grandes aportaciones al negocio planetario de la música. Tras liberación de la cárcel que supuso su matrimonio con Ike Turner, y pese a las reticencias iniciales de la industria, recibió la ayuda desinteresada de amigos tan potentes como Mark Knopfler (productor del disco Private Dancer en 1984), Cher, Eric Clapton, Paul McCartney, Bryan Adams, Robert Cray, Phil Collins….

 

Una estrella global

Gracias a David Bowie su carrera volvió a despegar tras unos años en los que las escasas apariciones en televisión y los «conciertos de cabaret» apenas le daban para vivir. Todo cambió una noche de 1983, cuando Bowie decidió anular la fiesta de presentación de su nuevo álbum, Let’s Dance, y decirles a todos los directivos de su discográfica que prefería ir a un concierto de su cantante favorita, Tina Turner, en el hotel Ritz. Así lo cuenta ella en su autobiografía: «El show fue muy bien y después David vino al backstage con Keith Richards. Estábamos pasándolo tan bien hablando de música (y bebiendo Jack Daniels y champán) que no queríamos que la noche acabase. Así que fuimos a la suite de Keith en el Plaza. Ron Wood también vino. David empezó a tocar el piano y estuvimos improvisando. Aquella noche mi vida cambió drásticamente. Capitol firmó conmigo un acuerdo y también lo hice con EMI en Reino Unido». Fue el despegue meteórico que convirtió para siempre a Tina Turner en una estrella global que abarrotaba estadios y vendía discos por millones.

Todo cambió una noche de 1983, cuando Bowie anuló la presentación de su álbum ‘Let’s Dance’ y dijo a los directivos de su discográfica que prefería ir a un concierto de su cantante favorita, Tina Turner, en el hotel Ritz.

El 5 de mayo de 2009, los afilados tacones de Tina pisaron por última vez un escenario, tras de ceder de alguna manera el relevo a Beyoncé en una memorable actuación en los Grammy de 2008. «Estoy cansada de cantar y de hacer feliz a todo el mundo». En 2013, se casó y se recluyó con Erwin Bach en un castillo de alquiler en Zúrich, el chateau Algonquin, donde falleció en pasado 24 de mayo tras una década de aislamiento. Tres semanas después de su boda, sufrió un derrame cerebral y tuvo que aprender a caminar de nuevo. En 2016, le diagnosticaron un cáncer intestinal.

Tras retirarse, aspiraba a una existencia sosegada, pero la vida le tenía preparadas más emboscadas. Haciendo balance, la propia Tina Turner afirmó: «Tras la última actuación, respiré hondo y me dije: “Ya está, no voy a volver nunca”. Empecé a actuar con 20 años y no he parado hasta los 70. Cada noche la he pasado en un autobús, en un avión, en un hotel. No he tenido vida. Estoy muy cansada de cantar y bailar. Quiero estar en casa y ser normal. No ha sido una buena vida. Lo bueno no equilibró lo malo».

 

El perdón se hace cargo

Aunque las palizas de Ike Turner nunca se le fueron de la cabeza mientras vivió, con pesadillas recurrentes, algo cambió después de que su exmarido y primer mentor falleciera de sobredosis en 2007. «Lo odiaba, pero tras su muerte entendí que era una persona enferma. Me ayudó a empezar y fue bueno conmigo al principio. Me duele tener que recordar el maltrato al que fui sometida, pero en un momento determinado el perdón se hace cargo, porque perdonar significa no tener que aguantar».

Un buen resumen de lo que fue y significó Tina Turner podemos encontrarlo en estas palabras de Joserra Rodrigo, autor del libro Pasión no es palabra cualquiera. Epifanías de rock & soul: «Tina Turner es la Lola Flores del soul. Un grito de rebeldía feminista desde el epicentro del maltrato. Tres en una: su grito gospel, su baile tribal y el orgullo afroamericano. Jagger como frontman le debe todo a la leona de Tennessee».