El alcalde Pasqual Maragall, cuando le preguntaban cuántos habitantes tenía Barcelona, respondía: «¿A qué hora?» Con esta pregunta manifestaba su reconocimiento de que la ciudad de Barcelona no se reducía solo a los ciudadanos empadronados. La movilidad entre Barcelona y su área y región metropolitana era ya muy grande en los años 80, y hoy todavía lo es más.

Barcelona no es solo el millón seiscientos mil habitantes que están empadronados, sino los centenares de miles de personas que trabajan o estudian en la ciudad aunque no vivan en ella, y los centenares de miles que vienen a comprar, a pasear y a disfrutar de su tiempo libre.

Barcelona es una gran capital y, por tanto, hay que gobernar pensando en todos los que trabajan o estudian en ella, o que la transitan (a pie, en vehículo privado o en transporte público) cada día a cualquier hora.

La ciudad no nos pertenece. Barcelona no pertenece solo a los barceloneses. Los ciudadanos de Barcelona no son solo sus vecinos y vecinas. Esta es una de las lecciones que debemos recuperar del pensamiento político de Pasqual Maragall. Y por esta razón, las elecciones municipales de Barcelona no solo interpelan a aquellos que están llamados a votar aquí.

Cuando Barcelona diseña una transformación urbanística debe pensar en el impacto que tendrá más allá de sus límites municipales. Y debe pensar también que esta transformación tendrá un impacto social y económico más allá del ámbito local y del barrio donde se desarrolla.

Para leer el artículo completo escoge una suscripción de pago o accede si ya eres usuario/suscriptor.