La movilidad puede ser entendida como el flujo de personas y mercancías en un determinado territorio a través de diversos medios que incluyen desplazamientos a pie, en bicicleta, patinete, moto, furgoneta, transporte público, privado o compartido, entre muchos otros. De este modo, la movilidad se constituye en el sistema circulatorio de la ciudad, fundamental para el funcionamiento de todo el sistema urbano, tal como lo conocemos hoy en día. En consecuencia, la movilidad es mucho más que el transporte y se encuentra fuertemente influenciada por fenómenos socio-técnicos que la llevan a ser redefinida constantemente. Los cambios tecnológicos, sociales, económicos, políticos y culturales suelen tener como correlato cambios en los modelos de movilidad. Por ejemplo, resumiendo mucho la cuestión por el espacio disponible, vemos que, durante el siglo XIX, la creciente industrialización de las ciudades y la expansión de sus mercados pusieron en el centro de la discusión el desarrollo de sistemas de transporte ferroviario, mientras que, en la segunda mitad del siglo XX, la explosión de vehículos motorizados para el transporte individual modeló la forma urbana de las ciudades -grandes avenidas y carreteras- de forma incuestionable.

En los albores del siglo XXI ha tenido lugar otro cambio en el paradigma de la movilidad, impulsado por la irrupción de nuevas tecnologías, transformaciones sociales y culturales que se alejan de los patrones tradicionales de propiedad personal hacia varias formas de uso compartido, así como consideraciones medioambientales en línea con la necesidad de reducir la generación de gases de efecto invernadero. De este modo, los cambios en el mercado laboral, la creciente concentración en áreas urbanas de la población mundial, los hábitos de vida urbana, el envejecimiento poblacional, la urbanización dispersa de las ciudades, las distancias entre los centros de trabajo y los hogares, el aumento de la congestión y de la contaminación del aire, con sus correspondientes impactos en la salud pública –que generan la muerte prematura a 8.8 millones de personas en el mundo, según las estimaciones del European Heart Journal-, han impulsado el paso de la movilidad centrada en el vehículo privado, a la movilidad centrada en satisfacer el creciente movimiento de personas de forma asequible, accesible, segura y sostenible para todos los colectivos. Esto implica un cambio completo de enfoque, ya que la respuesta a las necesidades de movilidad de las personas se coloca en el centro del sistema, junto con la obligación de hacer dichos desplazamientos más eficientes, seguros y sostenibles. Para que ello sea posible, el sistema tiene que ser más flexible, más conectado y más digital.

Desde esta perspectiva, las ciudades se enfrentan al reto no sólo de consolidar sistemas de transporte público eficientes y sostenibles, tras haber llegado a un punto de inflexión en el que los niveles de congestión y contaminación hacen necesario reducir el uso del coche privado, sino también de gestionar la movilidad bajo demanda, compartida, digitalizada, eléctrica y, en los próximos años, autónoma. Si bien se trata de una transformación a escala global, también lo es que se desarrolla a distintas velocidades en cada territorio en función de su contexto político y económico, así como de sus características particulares en términos de infraestructura, forma urbana, tamaño, nivel de desarrollo, capacidad institucional y población, entre otros. De allí que no existan recetas únicas, ni fórmulas universales, sino que cada ciudad debe transitar su propio camino para consolidar modelos de movilidad más inclusivos y sostenibles.

Ello no implica que no sea posible comparar, contrastar y aprender de las diferencias, las lecciones aprendidas y las buenas prácticas para enfrentar los desafíos comunes. Por ejemplo, y queda claro a la luz de la evidencia, tanto de la literatura científica como de las experiencias de diversas ciudades en el mundo, que las respuestas para modelar un sistema que tenga como referente la satisfacción de la movilidad de las personas de forma eficiente, inclusiva, segura y sostenible, requiere de la alineación de políticas públicas con enfoques transectoriales, al igual que la acción coordinada de organismos públicos de distintos niveles territoriales y la colaboración con actores del sector privado, la ciudadanía y la academia. Es decir, el nuevo modelo de movilidad no emergerá sólo de la imposición de restricciones a la circulación o de permitir la llegada de múltiples operadores de servicios de movilidad a las ciudades, sino que se requiere la construcción de un sistema más complejo y colaborativo que garantice el acceso a servicios de transporte público en condiciones seguras y asequibles; marcos normativos que regulen las nuevas tecnologías y formas de movilidad de manera clara y unívoca; nuevas formas de urbanización que favorezcan la densidad y las ciudades multicéntricas para reducir las necesidades y tiempos de desplazamiento; nuevos modelos de ciudad que promuevan la pacificación de las calles y su uso recreativo y cultural como espacios públicos de calidad; infraestructuras adecuadas y suficientes para garantizar desplazamientos seguros y eficientes en todos los modos de transporte; y mayor colaboración público-privada para crear una oferta de movilidad que se adapte a la demanda en condiciones de seguridad, sostenibilidad y accesibilidad, integrando el transporte público multimodal con nuevos servicios de movilidad (bike sharing, moto sharing, car sharing y ride-hailing) que permitan planificar, reservar y pagar todos los desplazamientos en una sola aplicación (como lo están haciendo, por ejemplo, Málaga, Austin, Taiwan, Viena y Saint-Etienne). La visión de largo plazo, la inclusión y la sostenibilidad han de ser las premisas sobre las que se estructure esa oferta de movilidad urbana, centrada en las personas.

Esta urgente transformación de la movilidad se encuentra directamente vinculada a la mejora de la calidad de vida en las ciudades, ya que la reducción de la congestión, por ejemplo, permite no sólo reducir los tiempos de viaje, sino también el consumo de combustible, las emisiones de gases contaminantes y el estrés. Respecto a este último punto, normalmente mencionado pero que resulta difícil de cuantificar, un estudio reciente encontró una relación entre la violencia doméstica y la congestión extrema (más de 87 minutos de viaje) en Los Ángeles. De acuerdo con el estudio, enfocado en estimar los costes psicológicos del tráfico, de 2011 a 2015, la congestión nocturna extrema en dos carreteras principales, la I-5 y la I-10, aumentó la incidencia de violencia doméstica nocturna en aproximadamente un 9 %. (Beland, Louis-Philippe. “Traffic and crime”. Journal of Public Economics, Vol. 160, April 2018, pp. 96-116). Así, la forma en la que nos movemos impacta la calidad de vida en las ciudades, no solo por las pérdidas económicas generadas por la pérdida de tiempo, sino por razones de salud pública tanto en términos físicos (enfermedades cardiovasculares y respiratorias) como psicológicos (estrés). Desde esta perspectiva, también se debe considerar la importancia de promover los desplazamientos a pie y en bicicleta, ya que no solo evitan las consecuencias nocivas del tráfico, sino que también pueden mejorar la salud a través del ejercicio. De allí, la importancia de proveer infraestructuras, espacios públicos y alternativas de movilidad que permitan incluir estos modos de desplazamiento en los viajes cotidianos inter e intra zonales.

Estos cambios hacia nuevos modelos de movilidad también han abierto la puerta a la irrupción de nuevos actores en el ecosistema de movilidad y a una mayor fragmentación del mercado. En el sector de la movilidad ahora también participan conglomerados tecnológicos para el desarrollo de software, inteligencia artificial y la gestión de datos como Alphabet, Tencent, Yandex o Rakuten Capital; conglomerados financieros como Temasek Holdings y SoftBank que invierten en plataformas de transporte; grandes plataformas de movilidad como Uber, respaldadas por inversores que incluyen a Google, SotfBank, el gobierno de Arabia Saudita (Public Investment Fund), entre otros; empresas vinculadas a la cadena de valor de la fabricación y distribución de coches, ahora mutan para posicionarse como proveedoras de servicios de movilidad, tales como Daimler y BMW a través de Free Now, General Motors en Lyft y la participación de Toyota en Grab, Uber y DiDi, entre otros. (Van Audenhove, & otros. “Rethinking on-demand mobility. Turning roadblocks into opportunities”, artículo publicado por Arthur D. Little en enero de 2020). El reto consiste en encontrar puntos de convergencia entre esta multiplicidad actores, impulsando alianzas público-privadas que permitan mejorar la calidad, la sostenibilidad y la eficiencia de los sistemas de movilidad.

En este escenario, de una movilidad cada vez más digital y conectada, también emerge la necesidad de garantizar la seguridad digital colectiva y el derecho a la privacidad. El Big Data generado por las experiencias de viaje mediadas por una plataforma digital -o varias- trae implícito su propio conjunto de desafíos tecnológicos y de gobernanza. Esto es así, puesto que no solo participan múltiples actores en la provisión, procesamiento y uso de los datos, sino que también aparecen amenazas de ciberseguridad que pueden afectar la operación de estos sistemas inteligentes y la seguridad de sus usuarios. Por tanto, es prioritario generar arreglos y acuerdos permanentes, basados en la cooperación público-privada, que integren a la seguridad cibernética como una parte integral del diseño, la gestión y la gobernanza de los nuevos modelos de movilidad.

Estas transformaciones de la movilidad urbana están ocurriendo en todas las ciudades, con distintos matices y características, pero teniendo como común denominador la entrada de nuevos actores y medios de transporte que se soportan en plataformas digitales y que buscan reducir las ineficiencias existentes en los sistemas de transporte público y privado para que funcionen de forma más flexible, segura, fiable y sostenible. Esta parece una tendencia imparable que entraña tantos desafíos como oportunidades y que reclama el liderazgo del sector público para crear el marco regulatorio que ha de regir el funcionamiento de estos servicios e impulsar la aparición de ecosistemas innovadores y colaborativos, que actúen desde el ámbito local con un enfoque de aprendizaje constante. Es decir, las ciudades devienen en escenarios idóneos para la experimentación que, bajo parámetros y criterios claros de actuación, han de facilitar el aprendizaje colectivo para la implantación de modelos de movilidad que sean más saludables, seguros, sostenibles, asequibles y financieramente viables, con potencial de ser escalados a otras ciudades y regiones. Sin duda, aún queda un largo camino por recorrer en esta dirección, pero ya estamos en marcha.