En el verano de 1990, cuando llegué a Moscú como corresponsal de TVE en la URSS, la mayoría de los ciudadanos ya se habían desencantado de la perestroika. La reforma del sistema soviético que el secretario general del Partido Comunista y principal dirigente del país, Mijaíl Gorbachov, había iniciado cinco años atrás no había mejorado su vida. Pese a ello, los signos de las libertades que Gorbachov quería instaurar eran evidentes por todas partes.

El milagro de la libertad de expresión se podía admirar cada tarde en el noticiario de la televisión estatal, que informaba de las deficiencias de aquel sistema que había que reformar. Era una ducha diaria de una realidad que indignaba a los ciudadanos, pero era lo contrario de los viejos noticiarios que adulaban al poder. Además, aparecían programas televisivos críticos con el régimen, y una agencia de noticias alternativa a la oficial TASS, Interfax, y hasta en el diario del ejército se ejercía la libertad de expresión.

En tres años, el Estado devolvió a la Iglesia ortodoxa más de ochenta templos que se habían utilizado como almacenes, gimnasios, archivos…

La glásnost, la transparencia informativa, que no tenía precedentes y no ha vuelto a existir nunca más, permitió a los soviéticos recuperar su memoria histórica, sobre todo la de los crímenes del gran dictador Iósif Stalin, responsable de la muerte de millones de sus ciudadanos.

 

Libertad religiosa después de 70 años

Una fría madrugada de otoño, el patriarca de la Iglesia ortodoxa de Moscú y de todas las Rusias, Alexis II, celebró la primera misa que se hacía en una catedral del Kremlin desde 1917. Entre los pocos fieles, no faltaban unos cuantos agentes del KGB, la policía política del régimen, pero la Ley de Libertad de Conciencia que reconocía la libertad religiosa ya era un hecho gracias a la perestroika.

En tres años, el Estado devolvió a la Iglesia ortodoxa, que tenía unos 50 millones de fieles, más de ochenta templos que se había utilizado como almacenes, gimnasios, archivos, oficinas o museos. Católicos, judíos y musulmanes, que habían vivido casi en la clandestinidad durante 70 años de represión, también vieron aumentar el número de fieles. Recuerdo la sorpresa de los soviéticos que se tropezaron con la primera procesión que se hizo en la plaza Roja desde 1917. El engalanado patriarca Alexis II desfilaba, casualmente, bajo un cartel gigantesco de Lenin colgado de la fachada de los famosos y desabastecidos almacenes Gum.

También en 1990 se empezó a gestar la ley que por primera vez permitiría a los ciudadanos soviéticos entrar y salir libremente del país. Una esperanza para los que diariamente hacían largas colas frente a las embajadas occidentales para obtener un visado de salida. El acuerdo con Israel permitió la emigración de unos 100.000 judíos soviéticos entre 1990 y 1991.

 

Víctima de su apertura

Entre los que se quedaban, el descontento por no poder cubrir sus necesidades vitales aumentaba. En algunos lugares la gente destruía las estatuas de Lenin, habituales en las ciudades soviéticas, se quejaba, se manifestaba y hacía huelgas, ahora que la perestroika lo permitía. Pese a ello, la mayoría de la gente no valoraba las libertades y derechos que Gorbachov les ofrecía por primera y quizá única vez en la historia. Gorbachov había iniciado la perestroika para alcanzar una democracia en la que se tuviera en cuenta el bienestar de la gente y se respetaran los derechos humanos. Pero las medidas liberalizadoras y el reparto del poder entre las instituciones del país se le volvieron en contra.

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Al desaparecer el autoritarismo y la represión que mantenía la disciplina, todo el mundo hacía lo que le parecía: desde los dirigentes de las repúblicas que integraban la URSS hasta las empresas, pasando por las granjas colectivas, las tiendas y todas las instituciones que habían tenido una dirección planificada y centralizada porque eran propiedad del Estado. La producción en todos los sectores y el abastecimiento de la población cayeron en picado. La angustia de los moscovitas fue enorme el día que faltó el pan. En un año en el que se había producido una de las mejores cosechas de cereales, la falta de pan se explicaba por las deficiencias en el almacenaje y la distribución del trigo. Y también porque las panaderías industriales tenían una maquinaria obsoleta, un problema que compartían la mayoría de las industrias.

En las tiendas estatales, donde los productos estaban subvencionados y se vendían a precios razonables, los mostradores estaban vacíos de cosas tan básicas como la carne, la fruta, la verdura, los huevos… Cuando aparecía algún producto, se formaban enseguida colas larguísimas y se acaparaba todo lo que se podía.

En la visita a la región de Smolensk, uno de los escenarios de la Segunda Guerra Mundial, en los alrededores de Moscú, vimos el estado lamentable del campo y la deficiente mecanización agrícola. Aún se veían campesinos que iban con carros tirados por caballos, que vivían en cabañas de madera igual que sus abuelos y que no habían visto más mundo que lo que su vista podía abarcar.

 

Faltaban el vino y el vodka

Aquel otoño de 1990 llovió durante tres meses seguidos y, a la hora de recoger las patatas, los campos estaban anegados. Gorbachov llamó a la población y al ejército para que fueran a salvar la cosecha. Recuerdo a los soldados recogiendo patatas con aquellos largos y pesados abrigos de lana, junto con unos profesores universitarios que se arremangaban entre el fango con la esperanza de tener patatas para un invierno que se anunciaba muy duro. Para acabar de arreglarlo, había que sobrellevar la tragedia con poco vino y menos vodka, ya que Gorbachov había hecho talar las viñas para reducir el elevado índice de alcoholismo.

En el principal país productor y exportador de petróleo también faltaba gasolina. La maquinaria era tan deficiente que se requería una ayuda técnica urgente de los países occidentales para poder mejorar la producción. La situación en el sector sanitario tampoco era mejor y los médicos auguraban un incremento de la mortalidad. La industria farmacéutica soviética producía solo un 40 % de los medicamentos necesarios para el país y el material médico era escaso y anticuado. Se aprovechaban las jeringas de un solo uso y, en las maternidades, las mujeres tenían que parir sin ningún tipo de sedante. Para paliar el problema, los sanitarios le echaban imaginación. Los médicos recetaban hierbas, masajes y terapias alternativas, como por ejemplo las experiencias extrasensoriales. En los dispensarios aparecieron gimnasios para quienes padecían enfermedades cardiovasculares —la principal causa de muerte en la URSS— porque, aparte del ejercicio, no les podían recetar nada más.

Se aprovechaban las jeringas de un solo uso y, en las maternidades, las mujeres tenían que parir sin ningún tipo de sedante.

Economistas de la universidad norteamericana Harvard aconsejaban a Gorbachov sobre la transición del comunismo al capitalismo. Hubo extraordinarias subidas de precios y devaluaciones del rublo que solo servían para aumentar la frustración de la gente. Muchas personas vendían sus pertenencias en la calle para sobrevivir otro mes.

 

Descontento en el Ejército Rojo

Si no había más hambre y miseria era porque el barter, el intercambio, se convirtió en la solución de emergencia. Lo practicaba la gente de la calle y también las fábricas que tenían economatos y permutaban sus productos con los de otras fábricas para poder abastecer a sus obreros. Por otra parte, en los mercados donde regía la ley de la oferta y la demanda, había de todo, pero a unos precios que la mayoría no podía permitirse. La policía nos decía que estaba desmoralizada porque crecía la delincuencia y contaba con menos recursos. Con los jefes del Ejército Rojo, se engrosaba la lista de los descontentos. Acusaban a Gorbachov de haberse rendido a sus enemigos ideológicos del mundo capitalista y de no atender sus necesidades. La más inmediata para el Ejército era encontrar alojamiento y destino para las tropas que Gorbachov había ordenado retirar de los países del Este cuando les devolvió la libertad.

El dirigente soviético era impopular en la URSS porque no resolvía el caos político y económico del país.

En la primera guerra del Golfo, los militares habían visto que el armamento soviético que tenía Irak no servía para ganar una guerra convencional y que era necesario renovarlo. Por tanto, se oponían a la reducción de los presupuestos de defensa que planteaba Gorbachov y les inquietaba la orden de subastar armas y material militar que sus acuerdos de reducción de armamento volvían innecesarios.

 

Un líder solo

A la población soviética le eran indiferentes los históricos acuerdos de reducción y control de armamento que Gorbachov firmó con Estados Unidos. Tampoco le entusiasmaba que su dirigente hubiera recibido el Nobel de la Paz, y hacía chistes sobre ello. El dirigente soviético era impopular en la URSS porque no resolvía el caos político y económico del país. Y la mano dura ya era imposible si Gorbachov quería mantener sus principios democráticos en el sexto año de la perestroika. El principal líder del país estaba solo en el gobierno y en un partido dividido.

Los comunistas inmovilistas boicotearon los proyectos de reforma de Gorbachov desde que se dieron cuenta de que no había marcha atrás. Y los reformistas, también, porque exigían el cambio inmediato al capitalismo. Gorbachov avanzaba y retrocedía, intentando conciliar posiciones. Hizo concesiones importantes a los inmovilistas, que no tuvieron suficiente, y, en cambio, le hicieron perder el apoyo de los reformistas y la confianza de la gente. Con el presidente de Rusia, Boris Yeltsin, al frente, los partidarios del cambio abandonaron a Gorbachov y organizaron toda clase de manifestaciones para que dimitiera. Las huelgas, eminentemente políticas como las de las minas de carbón de la URSS, debilitaron la industria y dificultaron aún más el abastecimiento de la población.

Las reformas impulsadas por la perestroika permitieron a los dirigentes de las diferentes repúblicas gozar de un poder que no habían soñado siquiera, y crecieron así sus ansias de independencia del centro. Las repúblicas bálticas, Georgia y Armenia se declararon independientes sin esperar al referéndum que proponía Gorbachov.

Las reformas impulsadas por la perestroika permitieron a los dirigentes de las diferentes repúblicas gozar de un poder que no habían soñado siquiera.

Boris Yeltsin fue elegido democráticamente presidente de Rusia y se lanzó a la destrucción de la URSS, que permitiría a su república —la más grande y poderosa— heredar desde la riqueza económica hasta las armas nucleares soviéticas. Al contrario que Gorbachov, Yeltsin tenía el apoyo de la gente, que depositó en él la esperanza de una vida mejor.

Gorbachov pedía insistentemente ayuda y cooperación internacional para llevar a cabo la difícil transición al capitalismo, para llenar las estanterías de las tiendas y demostrar a los soviéticos que su proyecto de democratizar la URSS valía la pena. No se lo dieron. Los dirigentes occidentales, con los norteamericanos al frente, vieron a un dirigente derrotado y solo. Se aprovecharon de su política de desarme nuclear y de cooperación internacional sin darle nada a cambio. Estados Unidos dejó caer a Gorbachov y a la URSS con el fin de convertirse en la potencia hegemónica mundial.