En el programa de televisión Epílogo que se emite al día siguiente de la muerte del entrevistado, Jorge Semprún se despedía de todos sus amigos, de sus lectores, incluso de los que aún no le conocían, con el deseo de que al menos algunas de sus obras fueran leídas y recordadas en el futuro. A mi juicio, muchas de ellas cumplen sobradamente ese deseo último. Hoy, cuando nos disponemos a conmemorar el centenario del nacimiento de uno de los grandes intelectuales europeos del siglo XX, español de origen y francés de adopción, podemos seguir recomendando su lectura o su relectura al tiempo que repasamos someramente su biografía.

Gran parte de la obra de Semprún se inserta en el campo de la llamada «literatura concentracionaria», la que da cuenta de una de las experiencias más oscuras de la historia de la humanidad, la deportación y concentración de seres humanos en campos, Lager, construidos exprofeso para su explotación y exterminio. Semprún, deportado al campo de concentración de Buchenwald, en la región de Turingia, a unos ocho kilómetros de la ciudad de Weimar, recién cumplidos los 20 años, solo consiguió volver literariamente al territorio donde conoció y vivió tanto dolor y muerte veinte años después de haber sido liberado, mediante El largo viaje, el libro publicado en 1963 (premio Formentor).

Años después, volvió a relatar una de sus obsesiones, una tarde de domingo en el campo, Quel beau dimanche! (Aquel domingo), donde relacionaba la deportación a los campos alemanes con la deportación al Gulag ruso, «campos bolcheviques» los llama, unos y otros fenómenos ejemplares del horror del siglo XX. Una década después, culminó su reflexión con La escritura o la vida, la disyuntiva real que como muchos otros hubo de afrontar a la vuelta del campo, bien relatar el tiempo de muerte compartida con los camaradas, con el riesgo de verse arrastrado de nuevo por la misma corriente mortífera y suicida, bien optar por la vida y el futuro, representados en el caso de Semprún en la acción política de militante comunista. Finalmente, los recuerdos cristalizaron en Le mort qu’il faut (Vivirá con su nombre, morirá con el mío), relato de un episodio en que debió asumir como propia la muerte real de un prisionero francés.

Semprún resolvió el dilema agónico de muchos deportados con la renuncia a la escritura y la entrega al comunismo militante durante los siguientes veinte años. Continuó viviendo en el exilio en París, donde había llegado con su familia republicana al final de la Guerra Civil. Miembro del Partido Comunista de España, PCE, desde 1942, participó en la Resistencia armada contra los alemanes en el maquis de los bosques de Borgoña. Fue capturado por la Gestapo, detenido, torturado y deportado a Buchenwald donde, en comunidad con los presos comunistas españoles, «se reespañolizó», es decir, recuperó sus raíces españolas y renovó su militancia comunista española y su compromiso con la lucha contra la dictadura franquista, bases de su posterior trabajo clandestino en España.

Tras unos años como militante de base en Francia colaborando en publicaciones y revistas auspiciadas por el partido, Semprún vio cumplido su más íntimo deseo, ser enviado a España como agente clandestino para el trabajo entre los intelectuales –escritores, estudiantes, cineastas, periodistas o profesionales diversos. Diez años continuados de actividad clandestina dieron su fruto, la influencia del partido comunista aumentó e hizo realidad una agitación hasta entonces insospechada en diferentes ámbitos, con la universidad a la cabeza.

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Federico Sánchez

Durante diez años Semprún viajó de París a España, Madrid fundamentalmente y se movió clandestinamente por la ciudad, «como el pez en el agua», según de Juan Goytisolo, invisible para la policía gracias a su habilidad para camuflarse bajo diferentes identidades y bien protegido por una impecable documentación falsificada por su camarada y amigo Domingo Malagón. De todos sus alías alcanzaría celebridad el de Federico Sánchez, el nombre oficial en los órganos del partido con el que publicó numerosos artículos e informes.

Se movió clandestinamente por Madrid bien protegido por una impecable documentación falsificada por su camarada y amigo Domingo Malagón.

El trabajo clandestino bien hecho (Bergamín le llamó «buen torero»), los resultados y las perspectivas abiertas valieron a Semprún–Sánchez el reconocimiento fuera y dentro del partido. En 1954 fue elegido miembro del Comité Central y en 1956 ascendió al reducido grupo dirigente, el Buró Político, posteriormente denominado Comité Ejecutivo. El partido comunista renovó su dirección como lo hacía el comunismo internacional a raíz de la muerte de Stalin (1953) y dio pasos para modificar la línea política. En 1956 aprobó la Declaración por la Reconciliación Nacional de los españoles, lo que implicaba poner fin a la división en los dos bandos de la Guerra Civil. Previamente, bajo la orientación de Semprún, estudiantes y licenciados de la Universidad de Madrid habían lanzado un manifiesto a favor de la reconciliación en nombre de «los hijos de los vencedores y los vencidos».

Resultados políticos aparte, para Semprún aquellos fueron tiempos de alegría y aventura. Pudo recuperar, aunque fuera en una ilegalidad peligrosa, su país y su ciudad, la ciudad de la infancia, arrebatada un día de julio de 1936. Fueron años ilusión, de la «la ilusión del porvenir» en palabras de Malraux, de lucha por un futuro de paz y libertad, desafiando a la persecución policial, gracias a una infatigable y firme «camaradería fraternal» que Semprún siempre reconocería y agradecería.

El trabajo bien hecho (Bergamín le llamó «buen torero»), los resultados y las perspectivas abiertas valieron a Semprún–Sánchez el reconocimiento fuera y dentro del partido.

 

 

Expulsado del partido

No obstante, la ausencia de resultados esperados a la altura del optimismo voluntarista de muchos dirigentes comunistas empezó a suscitar dudas acerca de la estrategia y de la táctica del PCE, concretamente acerca de las convocadas jornadas de lucha y de Huelga General Política, claramente fallidas. Los miembros de la dirección Fernando Claudín y Federico Sánchez consideraron inviable por más tiempo esa política y propusieron la alianza con otros grupos sociales con la perspectiva de una lenta evolución, no revolución, hacia una España sin dictadura ni fascismo. La tensa reunión del Comité Ejecutivo reunido en Praga acabó sin acuerdo. Las tesis de Claudín y Semprún fueron derrotadas por la mayoría. Los dos disidentes fueron apartados de la dirección y finalmente expulsados del partido en abril de 1965. El tiempo demostraría el acierto de sus posiciones, apropiadas después por la dirección que tanto las había denostado.

Bajo su orientación, estudiantes y licenciados de la Universidad de Madrid lanzaron un manifiesto a favor de la reconciliación en nombre de «los hijos de los vencedores y los vencidos».

De la estirpe de los Maura, Jorge Semprún había heredado dos pasiones que habrían de fraguar en dos profesiones a lo largo de su vida, la de político y la de escritor. Extinguida por la fuerza la primera, había emergido la segunda cuando logró dar forma por primera vez al recuerdo de la deportación. A partir de ahora, pasados unos años de desconcierto político, empuñaría las armas de la escritura y de la crítica para ajustar cuentas con su organización y su propio pasado mediante obras como la Autobiografía de Federico Sánchez, un revulsivo que abrió el camino a una revisión paulatina de las categorías políticas del comunismo y del marxismo. Su análisis le llevaría a conclusiones inequívocas, como estas de 1994: «Así pues, la historia de este siglo ha estado marcada a sangre y fuego por la ilusión mortífera de la aventura comunista, que habrá suscitado los sentimientos más puros, los compromisos más desinteresados, los impulsos más fraternales, para acabar desembocando en el fracaso más sangriento, en la injusticia social más abyecta y opaca de la historia».

Gradualmente Semprún se fue alejando de las «certidumbres» del pasado sin perder sus «ilusiones». Arribó a las filas de la democracia, el sistema político basado en la «razón democrática, crítica y dialogante». La democracia parlamentaria, sin más adjetivos, caracterizada en su interpretación por una voluntad reformista permanente y construida desde la tradición socialdemócrata europea que imperativamente se reforma y renueva de continuo. Su mejor realización tiene lugar en una Europa unida, una realidad y una aspiración perfectibles, a las que Semprún consagró sus últimos veinte años de vida.

 

Ministro de Cultura

En consonancia con ello, no dudó en volver a la política cuando aceptó ser ministro de Cultura en el gobierno de Felipe González (1989–1991). Además de su valía intelectual, bien contrastada en Europa, este retorno a la política activa serviría también para integrar por la vía de una alta responsabilidad de Estado a un genuino representante del exilio, a un rojo republicano y, como declaró expresamente González, a un dirigente de la oposición clandestina a la dictadura al que, desde ese momento, la guardia civil a sus órdenes saludaría en lugar de perseguirle como en el pasado cuando se llamaba Federico Sánchez. Se cerraba así un nuevo círculo de la historia reciente de España y de la vida de Jorge Semprún.

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Su actividad creadora fue incesante. Numerosas obras, la mayoría escritas en francés, lo atestiguan. Por recordar algunas, además de las ya citadas, añadiríamos La segunda muerte de Ramón Mercader; Montand, la vida continúa; La algarabía; Adiós, luz de veranos… y las escritas en español Federico Sánchez se despide de ustedes y Veinte años y un día. A ello se añaden guiones cinematográficos, como La guerre est finie, Z, o La confesión… entre otros. Obras de teatro, numerosos artículos, conferencias y discursos son el resultado de un trabajo y una vocación indeclinable, reconocidos, más en Europa que en España, con premios y distinciones, como el Friedenspreis des Deutschen Buchhandels, 1994 (premio de la paz de los libreros alemanes), el premio de la ciudad de Weimar, el premio de la libertad de Jerusalén, la medalla Goethe, o los diversos doctorados honoris causa de universidades europeas.

Así hasta sus últimos días… cuando se proponía elaborar una suerte de «suite», variaciones sobre sus vivencias, las gozosas y las más lacerantes, como la tortura sufrida a manos de la Gestapo. De todo ello quiso seguir hablando, porque, como decía en conversación con otro testigo, Elie Wiesel, «hablar es difícil… callarse es imposible». Solo tuvo tiempo para completar la primera parte de la «suite», aparecida póstumamente bajo el título Ejercicios de supervivencia.

«Eso es lo que me gustaría dejar: la huella de la crítica e incluso de la autocrítica, la huella en el alma más que en la gente», dijo meses antes de morir.

La actualidad de Semprún hoy, a la luz de todo lo expuesto, resulta evidente, su presencia en España y en Europa sigue siendo necesaria. Es de desear que una cierta huella personal quede por muchos años, como confesaba, pocos meses antes de morir, a su amigo Frank Appredèris: « …si he pensar en ello me digo que la huella que me gustaría dejar es la del paso, de la “desestima de uno mismo”. Se puede haber vivido durante 20 años dedicado a una cierta idea, como yo con el comunismo, pero la constatación del fracaso, el lado sanguinario, conducen a abandonarla. Entonces hace falta reconstruirse. En definitiva, la huella que puede quedar es la de lo que en teología se llama un apóstata. Un hombre que reniega de su fe para construirse sobre otra… Eso es lo que me gustaría dejar: la huella de la crítica e incluso de la autocrítica, la huella en el alma más que en la gente.»