La guerra actualmente en marcha rebasa Ucrania e incluso el marco europeo, y afecta al conjunto del planeta. La disputa más directa es por un territorio de Europa Central, aquel corazón del continente que el padre de la geopolítica, Haltford MacKinder (1861-1947), consideraba la clave del poder mundial. No es una ironía histórica menor que justo ahora, cuando se ha producido una invasión terrestre como no se había visto desde 1945, reaparezca la teoría más clásica del dominio territorial que inspiró las dos guerras mundiales y surgió del análisis de los grandes movimientos bélicos europeos del siglo XIX.

El mismo sueño de dominio de Vladímir Putin se proyecta más allá del control de Ucrania, e incluso de su idea de finlandización del continente europeo, una neutralización militar inspirada en el papel jugado por Finlandia durante la guerra fría que, de puertas adentro, era libre y pluralista en su sistema político, pero que se hallaba sometida a los intereses de la Unión Soviética en política exterior y de defensa, e incluso en los aspectos propagandísticos. Otro modo de formular esta visión putinista es considerarla una declinación rusa de la doctrina Monroe (Europa para los europeos), de manera que Rusia se haría cargo de la seguridad europea y los Estados Unidos se verían liberados de ella, contentando así a los aislacionistas que siempre han querido abandonar a Europa y concentrarse en su propio continente.

El proyecto del Kremlin implica una impugnación del orden mundial entero, especialmente tal como se organizó desde la desaparición de la Unión Soviética —la «catástrofe geopolítica más grande del siglo XX» según un Putin insensible al Holocausto, a las dos guerras mundiales y a los desastres coloniales—, pero con un alcance que llega hasta la Segunda Guerra Mundial. Lo que Putin quiere recuperar ahora es el mapa dibujado en la Conferencia de Yalta, entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, en la que Stalin, Roosevelt y Churchill dividieron Europa en áreas de influencia. Al mismo tiempo, también quiere rehacer en provecho propio las instituciones internacionales configuradas a partir de 1945, después de haberlas aprovechado durante setenta años, una tarea para la que cuenta con la estrecha alianza de China.

China es la superpotencia más bien situada para recoger las rentas económicas y geopolíticas del desenlace de la guerra de Ucrania.

Según el catedrático de Ciencia Política de Princeton, John Ikenberry, en la guerra actual no se enfrentan dos países, ni siquiera dos sistemas políticos y de valores, sino dos ideas de cómo debe ser el orden internacional del siglo XXI. Lo formuló como un interrogante sobre el futuro en la propia Barcelona, el pasado 12 de marzo, en su intervención en el seminario Guerra y Paz en el Siglo XXI que organiza anualmente el CIDOB. ¿Será un orden abierto y liberal basado en las normas y vinculado a la cooperación entre países democráticos?, ¿o significará un retorno a las políticas de poder, las esferas de influencia y los bloques? ¿O tal vez será una pugna entre estas dos ideas de orden internacional y tendremos que navegar entre ambas?

 

Ruptura total

Está bien claro que a la China asertiva y segura de sí misma de Xi Jinping le ha ido muy bien la tarea de rompehielos asumida por la Rusia de Putin. La grieta cada vez más abierta en el orden mundial ha llevado ahora a una ruptura total. Las severas sanciones impuestas a Moscú y las alternativas buscadas desde el Kremlin para sustituir los sistemas de pago, los clientes de los mercados energéticos y las alianzas internacionales han empezado a dibujar un mapa del futuro en el que China ocupa un lugar preeminente.

Cada una de las superpotencias quiere imponer una nueva globalización de acuerdo con sus valores e intereses.

El botín más importante de esta guerra será probablemente el que recogerá China de lo que quede de la Rusia oligárquica y gansteril de Putin, tanto por lo que se refiere a la economía —suministros energéticos, agrarios y armamentísticos— como a la diplomacia y la defensa. Militarmente, habrá sacado lecciones de orden técnico al observar el comportamiento del ejército ruso sobre el terreno y la acción de las armas tecnológicas más punteras. Geopolíticamente, también sacará lecciones interesantes de cara al proyecto de anexión de Taiwán antes de 2050. Si Pekín aprovecha la oportunidad que se le abre para actuar como mediador en el conflicto, podrá ofrecer también sus conceptos de orden mundial, que son básicamente chinocéntricos, en la transacción entre el orden liberal de la posguerra fría y el puro retorno a la política de potencias que plantea Putin.

Ahora estamos en el punto más peligroso de la transición entre el viejo orden internacional que ya se ha estrellado y el nuevo orden que aún no ha nacido. La célebre frase de Gramsci sirve también para la ocasión: «El mundo viejo está muriendo y el nuevo tarda en comparecer. Es en este momento de penumbra cuando nacen los monstruos.» Nada lo refleja mejor que las incógnitas en torno al arma nuclear desatadas por las amenazas de Putin. La disuasión nuclear entre las dos grandes potencias de la guerra fría se fundamentaba en la confianza recíproca de que, con la destrucción mutua asegurada (MAD) gracias a los arsenales nucleares acumulados, nadie se atrevería a activar el botón nuclear. Esta regla de juego implícita no tiene vigencia en estos momentos, cuando Putin actúa convencido de que nadie lo parará e incluso parece decidido a lanzar un artefacto nuclear táctico.

El solo hecho de que se hayan reactivado el temor y el peligro nucleares revela la necesidad urgente de una paz acordada en Ucrania y del retorno a las políticas de desarme y no proliferación que han permanecido congeladas durante treinta años, tras los primeros y limitados éxitos de la posguerra fría.