Después de todo lo que se ha escrito y dicho a raíz de las elecciones de midterm (medio mandato) celebradas en Estados Unidos el 8 de noviembre, lo más obvio y sencillo es decir que a Donald Trump le ha salido el tiro por la culata. Porque es muy cierto que la pequeñísima mayoría alcanzada por el Partido Republicano en la Cámara de Representantes ha quedado muy por debajo de lo que se esperaba, porque el Partido Demócrata ha retenido la mayoría en el Senado y porque han perdido muchos de los candidatos más radicales a los que Trump dio su apoyo para ser gobernadores. Pero al mismo tiempo, Trump ha demostrado una capacidad de movilización casi intacta en la llamada América profunda y ha consolidado la división social de la Unión, polarizada en torno a dos culturas políticas radicalmente distintas, antagónicas, enfrentadas.

El gran problema para Trump, que se ha apresurado a anunciar su candidatura para ser el aspirante republicano en la elección presidencial de 2024, es que le han salido competidores con gancho —el más decidido y popular, Ron DeSantis, gobernador de Florida—, capacitados para hacer suyo el eslogan Make America Great Again, y dispuestos, al mismo tiempo, a no caer en los excesos verbales y la agresividad sin freno de Trump. Frente al «carnaval trágico», como dice Pere Vilanova, en el que este ha convertido las midterm, DeSantis, Chris Christie, ex gobernador de Nueva Jersey, y Mike Pence, vicepresidente de Trump, que se negó a bloquear el reconocimiento por parte del Congreso de la victoria de Joe Biden, tienen la virtud de ser más tolerables para el conservadurismo clásico, que hasta la colonización del Partido Republicano por los herederos del Tea Party ha sido el encargado de gobernarlo.

La polarización propiciada por Trump apelando «a la identidad y no tanto a la ideología», como dice Carme Colomina, es la última versión de la creencia esencial para una parte no pequeña del universo WASP —white, anglo-saxon and protestant— de que su identidad está siendo atacada por las élites liberales, partidarias de la multiculturalidad, que «mina la civilización occidental y los derechos de los hombres blancos», según resumen Patrik Hermansson, David Lawrence, Joe Mulhall y Simon Murdoch, autores del libro The international alt-right (derecha alternativa). El temor de que el American way of life esté en gravísimo peligro viene de lejos, como mínimo de la presidencia de Bill Clinton (1993-2001), pero creció de forma acelerada durante la de Barack Obama (2009-2017), que una parte muy importante de votantes conservadores interpretó como un desafío a la identidad básica, esencial e innegociable de su país.

 

El griterío de Trump

Lo que ha pasado, sin embargo, el 8 de noviembre es que el empuje de Trump para movilizar el voto conservador ha sido al mismo tiempo muy eficaz para activar el voto liberal, el de las minorías, el de la comunidad afroamericana, que tiene muy presente la actitud de Trump desde la Casa Blanca durante diferentes episodios de violencia racial, el de las mujeres conmovidas por las restricciones al derecho al aborto a raíz de una resolución del Tribunal Supremo. De manera que, más que la campaña electoral de los demócratas, lastrada por los índices de popularidad a la baja de Biden, lo que los ha salvado del desastre ha sido el griterío de Trump, su disposición a marginar a la mitad del país que no le ríe las gracias.

En 2020 Trump fue el aspirante perdedor con mejor resultado de la historia de Estados Unidos.

Como escribe Mariam Martínez Bascuñán, Trump ha dejado muy bien documentado «su abuso verbal y su desprecio al Estado de derecho», y esto, que fue electoralmente productivo en 2016 y lo tenía que ser, según las encuestas, este noviembre, ha sido finalmente un factor determinante en la resistencia del Partido Demócrata, que parecía condenado a la derrota. Los que defienden que el candidato ideal para recuperar la Casa Blanca es Trump se apresuran a recordar que en 2020 fue el aspirante perdedor con mejor resultado de la historia de Estados Unidos; los republicanos que se paran a analizar lo sucedido en las midterm ven demasiadas señales de derrota en el horizonte, temen que crezca el número de conservadores moderados que preferirán quedarse en casa dentro de dos años o que, desencantados, votarán al candidato demócrata, sea Biden —tendrá 82 años— o un aspirante más joven.

 

No asustar a nadie

Cuando el Partido Republicano echó a Liz Cheney, muy crítica con Trump, el analista Fareed Zakaria escribió en The Washington Post: «Es un acontecimiento importante. Marca la transformación final del partido de una empresa impulsada ideológicamente a una empresa tribal, marcada menos por las ideas y más por la lealtad al grupo.» Entonces, este parecía el camino más corto hacia éxitos futuros; ahora empiezan a oírse voces republicanas que discuten la idoneidad del giro tribal, que creen que ha llegado el momento de encontrar un nuevo Donald Trump, con los mismos mensajes de fondo, pero capaz de respetar las convenciones sociales y de no asustar a nadie. Que, en definitiva, no dé motivos a los contrincantes para decir que la democracia está en peligro, como hizo el presidente Biden antes de las elecciones.

En resumidas cuentas, el desenlace de las midterm ha sido el disparo de salida de una campaña de dos años en la cual lo primero que está en discusión dentro de los dos grandes partidos es si tiene sentido prolongar la gerontocracia en la Casa Blanca o hay que pasar el testigo a la siguiente generación. Incluso intelectuales como Richard Ford, que en 2016 hablaban de la indiferencia política de sus conciudadanos como motivo básico de la victoria de Donald Trump frente a Hillary Clinton, creen que una nueva militancia electoral a ambos lados de la divisoria obliga a los dos grandes partidos a reflexionar seriamente sobre la idoneidad de Trump y Biden como candidatos para 2024. Es una necesidad no solo por razones de edad, sino también por el desgaste de una larga batalla en la que Trump ha llevado la cultura democrática a un paso del precipicio y en la que las limitaciones de Biden hacen dudar al estado mayor demócrata de que su reelección sea la mejor apuesta.

Algunas voces republicanas creen que ha llegado el momento de encontrar un nuevo Donald Trump, con los mismos mensajes de fondo, pero capaz de respetar las convenciones sociales.

El analista Tom Nichols ha escrito en la revista The Atlantic que lo que hay que averiguar, finalmente, es cuántos republicanos están dispuestos a rehabilitar el partido y cuántos, además, militan en el bando que sotto voce propagan el eslogan Trump, nunca. Claro que, bien mirado, también entre los demócratas hace falta saber cuántos comulgan con la contraseña Biden, nunca, entendiendo que apoyarlo en la carrera para la reelección es apostar por un caballo con grandes posibilidades de perderla.

 

Activar los instintos primarios

Las encuestas postelectorales confirman que demócratas y republicanos se mueven en un mar de dudas sobrevenidas al intentar dilucidar por qué los resultados de las midterm fueron los que fueron, pero mientras que en el lado republicano se pasean políticos con posibilidades ciertas de disputarle la candidatura a Trump, en el lado demócrata se echa en falta lo que un editorialista ha descrito como «un sucesor de Biden con garantías» (la impresión es que la vicepresidenta Kamala Harris ha dejado de serlo).

La única cosa segura para ambos partidos es que la política de las emociones ha ocupado todo el escenario y ha demostrado tener una capacidad de activar el voto sin comparación posible. De tal manera que cada elección tiene en gran medida la naturaleza excitante de una batalla final entre adversarios que encarnan dos versiones incompatibles de una misma sociedad. Y este es un campo minado donde es indispensable saber activar los instintos primarios, como explicó un asesor del Partido Demócrata después de la derrota de Hillary Clinton; es un terreno de juego en el que Donald Trump ha dictado unas reglas con un poder casi hipnótico para sus seguidores y en el que ninguno se molesta en llevar el debate político a la discusión de programas porque lo que importa son los impulsos emocionales, la tradición, los agravios históricos y el miedo al futuro.