La carrera para la elección presidencial de 2024 ya ha empezado en los Estados Unidos, una vez celebradas las elecciones de medio mandato el pasado noviembre e instalados, desde enero, el Senado —renovado en un tercio, ahora con mayoría demócrata más clara— y la Cámara de Representantes entera, ahora en manos de los republicanos. Contando las primarias de 2018 y el resultado de la elección presidencial, esta es la tercera derrota personal de Donald Trump, convertido en un lastre para el partido republicano y para los candidatos a los que apoyó directamente. La derrota ha quedado remachada por la segunda vuelta de la elección senatorial de Georgia, un mes después, en las que ha caído derrotado su candidato y se ha confirmado el carácter tóxico de su imagen y de sus apoyos.

Ahora es un perdedor, un loser, más desquiciado que nunca en sus declaraciones, hasta el punto de pedir la anulación de la Constitución de los Estados Unidos, cada vez más asediado por la justicia y por las nuevas investigaciones de la fiscalía y por las que llevó a cabo el Congreso en la anterior legislatura. Crece dentro del partido republicano la oposición a su candidatura y, sobre todo, el temor a que sea una apuesta perdedora. El ascenso del gobernador de Florida, Ron DeSantis, tan ultra como Trump pero mucho más presentable en las formas, vuelve aún más incierto el horizonte de las primarias que comenzarán dentro de un año.

Dando por hecho que Trump no se presenta, que ya es mucho decir, lo que ahora hay que ver claramente, sobre todo desde Europa, es que una parte de las aportaciones del trumpismo a la política exterior de los Estados Unidos no desaparecerá sea quien sea el presidente a partir de 2025, sobre todo si es un republicano. La impetuosa irrupción del magnate inmobiliario en la política internacional a partir de 2015 trastocó algunas cosas de forma irreversible. El ejemplo más claro son los Pactos Abraham entre Israel, los Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Washington, con Arabia Saudita impulsándolos desde la sombra, que ampliaron el reconocimiento de Israel dentro del mundo árabe y, de carambola, modificaron la posición española hacia el Sahara Occidental, sin ninguna contrapartida a favor de los palestinos o de los saharauis, cuestiones ambas tratadas por la administración Biden con perfecta continuidad.

Republicanos y demócratas, polarizados como se encuentran en política interior en un momento de ausencia de comunicación y de mutua deslegitimación, comparten, al menos, tres elementos de la política exterior que complican las cosas a los europeos. Son propensos al proteccionismo comercial como reacción a los excesos de la globalización, son hostiles a las guerras sin fin como las de Afganistán e Irak, y están dispuestos a concentrar los esfuerzos militares, tecnológicos y comerciales a frenar las pretensiones chinas de hegemonía asiática e incluso mundial.

 

Make America Great Again

Más intensos son los efectos del trumpismo sobre el partido republicano. La consigna MAGA (make America great again) es tema imprescindible del programa de todos los que aspiren a convertirse en candidatos republicanos a la presidencia. Si la Casa Blanca se volviera republicana en 2025, habría que contar con la hostilidad hacia la inmigración, el negacionismo ante el cambio climático, la agenda antiprogresista (antiwoke) en las llamadas luchas culturales, la reacción proteccionista frente a la globalización y una actitud muy reticente o abiertamente negativa frente al multilateralismo y las instituciones internacionales.

Los países europeos tienen dos años, los que le quedan a Biden en la Casa Blanca, para poner orden en su política de defensa y seguridad.

Los expertos Majda Rudge y Jeremy Shapiro del ECFR (European Council on Foreign Relations) han analizado las posiciones republicanas en política exterior en un paper con un título tan elocuente como «En el mundo polarizado, tres tribus republicanas pueden definir las relaciones de los Estados Unidos con el mundo». De las tres corrientes que han detectado dentro del republicanismo postrumpista, sólo hay una a la que consideran partidaria del máximo compromiso con Ucrania, en continuidad con la actual posición de Joe Biden.

La primera, y más trumpista, es la de los «restrictivos», de hecho una modalidad del aislacionismo, que quieren salir de la OTAN y reducir la ayuda y el apoyo a Ucrania. La segunda es la de los «priorizadores», que quieren ponerlo todo al servicio de la nueva guerra fría con China, incluida una actitud menos comprometida con la OTAN y con Ucrania, con el objetivo de arrastrar a Europa a la confrontación con Pekín. Finalmente, los «primacistas» quieren que los Estados Unidos sigan manteniendo la actual presencia y hegemonía mundial, que obliga a ganar la confrontación con Rusia en Ucrania y a arrastrar a los europeos al combate contra China.

Los dos años que nos separan de la próxima elección presidencial son una tregua que los europeos pueden utilizar para poner orden en su política de defensa y seguridad. La duración de la guerra de Ucrania es un misterio en el momento de escribir este comentario, en medio del invierno y de los sistemáticos bombardeos rusos.

No parece que haya de flaquear de momento la ayuda militar de los Estados Unidos ni que se haya de romper la frágil unidad europea, pero seguro que la Unión Europea y la OTAN harán santamente si se preparan para enfrentarse con la dura realidad de un presidente de los Estados Unidos republicano, quizá del estilo de Trump, si no es el propio Trump quien consiga tan funesta proeza. En caso contrario, los efectos del trumpismo, cuatro años después, se proyectaran de modo quizá dramático sobre un continente europeo desprovisto de medios para hacerse cargo de su seguridad y a punto de caramelo para que sean otros, Rusia directamente o quizá China, lo que se aprovechen de ello.