América Latina volvió a rimar con movilizaciones populares y estallidos sociales. Comenzadas antes de la pandemia, y con un breve receso, las protestas continuaron en medio de la crisis sanitaria en varios países de la región. Algunas tuvieron signos políticos opuestos en pocos meses, como en Bolivia, donde primero fueron contra el gobierno de Evo Morales, protagonizadas sobre todo por capas medias, y poco después contra el de Jeanine Áñez, acusada de usurpar el poder. En Chile fueron las más sorprendentes por el éxito de su clase dirigente en proyectar al país como un iceberg (como ocurrió en la Expo Sevilla 92), alejado de las pasiones populistas «tropicales» de sus vecinos. Y tampoco Colombia, otro país de la Alianza del Pacífico, escapó a la acción colectiva callejera.

América Latina gusta pensar la política como «ciclos» que dan la impresión de cierto orden en una región que, mientras proyecta simbologías «nuestramericanas», se resiste a avanzar en formas de integración más efectivas. Así, es posible pensar el ciclo de las dictaduras en la década de 1970 y los primeros años 80; el de las transiciones democráticas durante la «década perdida»; el ciclo neoliberal en los años 90; y luego el giro a la izquierda en los 2000. Este tipo de abordajes que sin duda sirven para dar sentido a la época, pero que al tiempo aplanan realidades disímiles, anticipaba desde 2016 un giro a la derecha.

Al triunfo de Mauricio Macri en Argentina a fines de 2015 se sumó la derrota de Evo Morales en el referéndum por la reelección en febrero de 2016, la victoria del «No» en el plebiscito por los acuerdos de paz en Colombia y la destitución de Dilma Rousseff en un extravagante juicio político exprés en el que el entonces diputado, Jair Bolsonaro, se burló de las torturas que la presidenta había sufrido durante la dictadura militar. Pero finalmente América Latina estuvo lejos de un giro a la derecha tout court.

El caso de Mauricio Macri en Argentina fue sintomático de las dificultades de las derechas pospopulistas. El presidente argentino se enfrentó a una memoria de los años 90 en clave de «fracaso del neoliberalismo» que limitó los márgenes del ajuste fiscal a actores sociales empoderados y a los problemas de un diagnóstico optimista-ingenuo de la globalización que Donald Trump hacía trizas desde la Casa Blanca. En el marco de una fuerte crisis económica, el presidente perdió en 2019 las elecciones a manos del peronismo. «Veníamos bien, pero pasaron cosas», resumió sin disimular su desconcierto en junio de 2018.

Un caso reciente de giro a la derecha es el del nuevo presidente de Ecuador, el banquero Guillermo Lasso, que ganó al candidato correísta Andrés Arauz en 2021.

Obstáculos similares enfrentaron otras derechas, incluso radicales como la de Bolsonaro –que no pudo avanzar en la vía ultraliberal de su ministro de Economía Paulo Guedes y cuya popularidad ha caído incluso entre sectores conservadores–, y a ellos se sumaría la pandemia como un cisne negro que trastocó escenarios y previsiones. Un caso más reciente de giro a la derecha es el del nuevo presidente de Ecuador, el banquero Guillermo Lasso, que ganó al candidato correísta Andrés Arauz en abril de 2021, pero con un Parlamento con hegemonía de la izquierda y la centroizquierda y un movimiento social –con fuerte peso del movimiento indígena– que viene de protagonizar movilizaciones que pusieron contra las cuerdas al gobierno anterior presidido por Lenín Moreno.

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Cambios de baja intensidad

En este escenario que puede sonar desconcertante, la región parece estar transitando una suerte de «segunda ola» de la izquierda en contextos muy diferentes. Por un lado, desde los gobiernos, México se sumó tardíamente a este pelotón con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador; en Bolivia el Movimiento al Socialismo (MAS) volvió al poder después de un año de acoso tras su derrocamiento en noviembre de 2019; en Argentina, como ya mencionamos, el peronismo regresó con el binomio integrado por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner; en Brasil, Luiz Inácio Lula Da Silva volvió a sonar presidenciable.

En Bolivia, el MAS está lejos de ser el partido hegemónico que llegó para quedarse «500 años», como le gustaba decir a Evo Morales.

A diferencia de los primeros años 2000, se trata empero de proyectos de cambio de baja intensidad, sin las veleidades refundacionales que llevaron a algunos de sus referentes a intentar una y otra vez la reelección. En Argentina, el «albertismo» debe lidiar no solo con la derecha sino con el kirchnerismo, corporeizado en el poder de la vicepresidenta, que veta a menudo las apuestas estratégicas del presidente y de su ministro de economía Martín Guzmán, y en Bolivia el MAS, aunque tiene un poder no despreciable, está lejos de ser el partido hegemónico que llegó para quedarse «500 años», como le gustaba decir a Evo Morales. En México, parafraseando a Massimo Modonesi, pasaron tres años de malabarismos progresistas-conservadores.

Perú es un caso particular. Allí en varias ocasiones ganaron outsiders –como Ollanta Humala– que amagaron con cambios de tipo populista pero terminaron absorbidos por el sistema, y el modelo económico y social se mantuvo incólume. Pero, detrás del supuesto milagro económico, el sistema político implosionó y los partidos tradicionales prácticamente desaparecieron. Los presidentes terminaron a menudo presos, prófugos e incluso suicidados (Alan García). Y fue en este contexto que triunfó el maestro rural sin experiencia política Pedro Castillo, representante del «Perú profundo», «evangélico-compatible» (su esposa e hijas pertenecen a la Iglesia del Nazareno y él suele rezar con ellas) y abanderado de una «izquierda provinciana» que afrontará numerosos obstáculos: uno de ellos es la fragmentación del Congreso.

Pedro Castillo, «evangélico-compatible» y abanderado de una izquierda provinciana, afrontará entre otros obstáculos la fragmentación del Congreso.

En una elección extremadamente fragmentada, Castillo pudo ganar en la segunda vuelta porque tenía en frente a Keiko Fujimori, y entre el miedo al fujimorismo y el miedo al comunismo triunfó el primero por algo más de 40.000 votos. Pero en la primera vuelta ningún candidato superó el 20% de los votos por lo que el Congreso quedó teñido de diferentes colores. Y un segundo obstáculo será la tensión interna en el gobierno entre las izquierda urbana-moderna –más ligada al feminismo, los movimientos LGBTI, el ambientalismo, etc., considerada despectivamente como «caviar» por sus detractores– y una izquierda provinciana, como la denominó el controvertido líder de Perú Libre, Vladimir Cerrón, el partido por el que postuló Castillo, que es conservadora en términos sociales y con tendencias autoritarias. Todo ello en el marco de profundos desafíos en un contexto de la crisis económica y sanitaria.

 

Estallido social en el oasis chileno

En el caso de Chile hubo una retroalimentación entre las calles y la política. Si en 2019 el presidente Sebastián Piñera (centroderecha) presumía que el país era un oasis en una América del Sur embelesada por los cantos de sirena populistas, en poco tiempo un estallido social de amplitudes hasta entonces inimaginables ponía patas arriba la imagen que el país tenía de sí mismo. Pero más allá de la figura del «reventón» social hubo un largo proceso de acumulación política y social, desde los movimientos estudiantiles de 2006 y 2011 hasta las protestas contra el sistema privado de pensiones pasando por una marea feminista que conmovió los cimientos de una sociedad conservadora, jerárquica y desigual.

Como un desborde de las calles hacia la política institucional se logró la convocatoria de una Convención Constitucional que deberá reescribir la Carta Magna de la época de la dictadura de Pinochet presidida, por si faltaban símbolos del «nuevo» Chile, por una mujer mapuche. Pero también pueden verse los cambios en una nueva generación de alcaldes, apenas treintañeros, en varias de las principales ciudades del país, pertenecientes al Frente Amplio y, en menor medida, al Partido Comunista. Queda por ver el impacto que tendrá esta nueva realidad en las elecciones presidenciales de 2021 y también la capacidad de la izquierda para equilibrar utopía y realismo y evitar la sobreactuación en la redacción de una Constitución que pondrá a prueba la habilidad negociadora de los diferentes bloques a falta de mayorías unificadas.

El Chile conservador y de derecha no se esfumó, solo es un poco más débil que antes. Lo cierto, por el momento, es que en este país con una larga tradición combativa y con innegables procesos de modernización en su transición democrática surgió una nueva izquierda que pone en cuestión el «campismo» de la vieja izquierda. «Pablo Neruda se arrepintió de su Oda a Stalin, y el Partido Comunista chileno se arrepintió de haber apoyado las invasiones de Hungría y Checoslovaquia. Mañana se va a arrepentir también de apoyar a la situación en Venezuela», le dijo Gabriel Boric, triunfador en las primarias de la izquierda, a su contrincante Daniel Jadue, del PC.

 

El bolivarianismo, un lastre

En efecto, Venezuela quedó como una experiencia malograda de socialismo del siglo XXI transformada en un régimen autoritario y con tonalidades quasimafiosas en sus diferentes estamentos. El bolivarianismo pasó de ser una fuerza motriz a un lastre para las izquierdas regionales y los miles de migrantes proyectan sobre diversas capas del mundo popular latinoamericano esa experiencia fallida. Mientras tanto, Cuba, bastión sentimental de gran parte de las izquierdas regionales, se enfrenta a inéditas protestas que ponen en cuestión, en palabras de Ailynn Torres, el supuesto excepcionalismo de la isla. Pero al mismo tiempo, Colombia, un modelo de la derecha regional, muestra hoy sus hilachas, y el agotamiento de una forma de dominio de una derecha antisubversiva cuyo poder fue construido sobre la base de la violencia y las violaciones de los derechos humanos.

Venezuela es una experiencia malograda de socialismo del siglo XXI, transformada en un régimen autoritario y con tonalidades quasimafiosas en sus estamentos.

En un marco más general, y con diferencias de un país a otro, la pandemia de covid-19 dejó a la vista las debilidades de la región –informalidad, sistemas de salud endebles, hacinamiento– y una integración hoy en retroceso en una zona del mundo donde las pasiones ideológicas a menudo tienden a oscurecer las dificultades para lograr avances institucionales concretos. Los confinamientos fueron erosionados por los gritos de las derechas pro-«libertad» pero también por el silencio de los informales que no podían quedarse en casa. A fin de cuentas, la pandemia dejó ver lo que ya se sabía. Como escribimos en una oportunidad, a diferencia de Europa, podría decirse que el dilema latinoamericano no es estrictamente entre salud y economía, sino entre salud y estallidos sociales.

La región vive hoy tiempos ideológicamente heterogéneos, inciertos, caleidoscópicos, en los cuales ni las izquierdas nacional-populares en sus diferentes variantes ni las derechas liberales más democráticas o más autoritarias resultan demasiado convincentes, aunque muchos países presenten fuertes polarizaciones en torno a esos ejes. Quizás en esto, a fin de cuentas, el subcontinente latinoamericano no sea tan original.