La guerra de Ucrania ha hecho pedazos el statu quo que sucedió a la desaparición de la Unión Soviética en 1991. No sólo por la guerra en sí, sino porque la relación de la OTAN con Rusia y China, descrita en el Concepto Estratégico aprobado en la cumbre de junio en Madrid, configura una nueva versión de la paz armada. Una paz armada, sin embargo, menos estable y previsible que la que siguió a la crisis de los misiles en Cuba (octubre de 1962) y bastante más llena de riesgos. Porque si algo se puso de manifiesto en Madrid es que las decisiones adoptadas se tomaron ante la perspectiva de un largo período de disensos entre la Alianza y Rusia o, lo que es lo mismo, un tiempo previsiblemente largo de inestabilidad, desconfianza y con el peligro siempre presente de una escalada militar.

Al mismo tiempo, la cohesión y unidad restaurada en el seno de la OTAN, subrayada por todo el mundo, ha encubierto un dato del todo relevante: la gestión y orientación de la respuesta a la invasión de Ucrania, aceptada por los 30 países aliados —pronto serán 32 con la incorporación de Finlandia y Suecia—, responde a un análisis de la situación y de las necesidades hecho esencialmente por los Estados Unidos, que no por fuerza coincide  con el que hacen potencias europeas como Alemania y Francia.

Las razones de peso para poder hablar de un punto de vista genuinamente europeo, diferente del de los Estados Unidos, son dos: el coste económico inducido por la guerra —encarecimiento irrefrenable de la energía, precariedad en las cadenas de suministro e inflación enloquecida— y la proximidad del campo de batalla. De manera que al mismo tiempo que la Casa Blanca insiste en mantener el esfuerzo de guerra ayudando a Ucrania con armamento con el objetivo de debilitar a Rusia, diferentes cancillerías europeas defienden sotto voce la necesidad de parar la guerra cuanto antes mejor, aunque el coste sea que Ucrania haga concesiones territoriales a Rusia.

En esta percepción europea de la realidad pesa mucho el hecho indiscutible de que la disuasión nuclear solo evita una confrontación entre las grandes potencias, como ha explicado ampliamente el profesor Ulrich Kühn, de la Universidad de Hamburgo. Pero al mismo tiempo, el equilibrio del terror hace imposible la implicación directa en una guerra en defensa de un Estado agredido si el agresor, en este caso Rusia, es una potencia atómica. Dicho de otro modo: aunque la invasión de Ucrania es un casus belli de libro, el riesgo de una escalada nuclear hace imposible la implicación directa de la OTAN sobre el terreno y, por esta razón, la única perspectiva realista para que callen las armas es negociar el fin de los combates y hacer alguna concesión al presidente Vladímir Putin, que en ningún caso aceptará un desenlace que no le permita cantar victoria.

 

El punto de no retorno

Cuando Emma Ashford, miembro del Atlantic Council, dice que los últimos meses han subrayado la dependencia de Europa de los Estados Unidos para resolver los problemas de seguridad no hace más que resumir los datos que han llevado a los aliados europeos a aceptar sin reservas lo que ha descrito Jake Sullivan, consejero de Seguridad Nacional de Joe Biden,  como «una postura de fuerza más robusta, más creíble en el combate, más capaz y más decidida». Tanta contundencia en la descripción de la OTAN después de la cumbre de Madrid parece dar la razón a Sylvie Kaufmann cuando escribió en Le Monde: «El punto de no retorno entre la Alianza Atlántica y Rusia es un hecho». El anunciado aumento de los presupuestos de defensa europeos para llegar lo más deprisa posible al 2% del PIB y la movilización de 300.000 soldados —hombre y mujeres— en dirección al flanco oriental de la OTAN también dan la razón a Kaufmann.

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La única perspectiva realista para que callen las armas es negociar el fin de los combates y hacer alguna concesión al presidente Vladímir Putin.

El punto de no retorno es también un hecho en buena medida entre la Unión Europa —la mayoría de los 27 asociados son miembros de la OTAN— y Rusia. Pese a la dependencia del gas ruso y la necesidad de conseguir un modus vivendi con el adversario del este, el hecho es que al apoyar las candidaturas de adhesión de Ucrania y Moldavia, la UE ha cambiado sustancialmente la naturaleza de su futura relación con Rusia y tendrá que reordenar sus prioridades, según la opinión de Joschka Fischer, ex ministro alemán de Asuntos Exteriores. De hecho, la UE, su condición de referencia democrática para las opiniones públicas de diferentes estados nacidos de la descomposición de la URSS, es el gran dolor de cabeza de Putin que, se mire como se mire, es el big boss de una cleptocracia gigantesca.

 

Equilibrio del terror

Este es un cambio sustancial en relación con la guerra fría clásica, durante la cual, entre sobresaltos y Realpolitik, se creó un sistema en el que todo lo que pasaba era bastante previsible y, por ejemplo, rara vez después de la crisis cubana se mencionaba la posible utilización de armas nuclearse tácticas —de alcance limitado—, cosa que ahora no pasa. En un análisis publicado en Foreign Affairs, Richard K. Betts, profesor de la Universidad de Columbia, explica por qué hay que calcular la posibilidad de que Rusia decida dar un paso en esta dirección: «El peligro será más grande si la guerra se decanta decisivamente a favor de Ucrania. Esta es la única situación en la que sería plausible que los rusos tuvieran un incentivo para asumir este riesgo increíble, en un intento de evitar la derrota, amenazando a Ucrania y sus partidarios de la OTAN para que se retiren. Los rusos podrían hacerlo disparando una o varias armas nucleares tácticas contra las fuerzas ucranianas o desencadenando una explosión simbólica en una zona vacía.» Una hipótesis que supone pensar en un Armagedon de alcance reducido; una posibilidad, hay que decirlo, inquietante.

La condición de referencia democrática de la UE para las opiniones públicas de estados nacidos de la descomposición de la URSS es el gran dolor de cabeza de Putin.

Durante la guerra fría, fue la OTAN la que hizo unos planteamientos con este perfil perturbador, supuestamente porque el Pacto de Varsovia, es decir, la URSS, tenía superioridad en armamento convencional; pero ahora pasa justamente al revés y la opción nuclear limitada parece que está sobre la mesa del Estado Mayor ruso. Todo esto no es más que una adaptación ad hoc de la idea de respuesta flexible desarrollada por los estrategas del Pentágono como parte de lo que genéricamente se denominó equilibrio del terror. Por esta razón, Henry Kissinger, gato viejo en estos peligrosos juegos de manos, se declaró en el Foro Económico de Davos —mes de mayo— partidario de hacer alguna concesión al Kremlin en el Dombás para desinflamar la crisis: según el ex secretario de Estado, la solución ideal es acordar el retorno a la situación anterior al 24 de febrero, con el Dombás bajo control ruso.

¿Es esto compatible con la consideración de Rusia como principal amenaza para la OTAN, definición incluida en el nuevo Concepto Estratégico? ¿Hasta qué punto le hace falta a Estados Unidos mantener el pulso, desgastar a Rusia y complicar la consolidación del eje Rusia-China como un posible competidor a escala global? Al mismo tiempo hay que preguntarse: ¿cuáles son los límites de la capacidad de resistencia europea sin poner en peligro la cohesión de la OTAN?

Las repuestas tienen que ver al mismo tiempo con la seguridad y la economía. Se trata de una combinación muy compleja en la que coinciden tres ámbitos tan diferenciados como importantes: Europa como teatro de operaciones de un dispositivo defensivo tensado por la guerra; el desafío chino entendido como el gran reto para los aliados de la OTAN después de Rusia; y las debilidades de una economía global lastrada por el encarecimiento de la energía y la crisis logística —de suministros— entre los mercados asiáticos, de un lado, y Europa y los Estados Unidos, del otro.

Según Henry Kissinger la solución ideal es acordar el retorno a la situación anterior al 24 de febrero, con el Dombás bajo control ruso.

Al refundar la OTAN, si puede decirse así, la cirugía de urgencia ha servido para rescatarla de la muerte cerebral diagnosticada por el presidente de Francia, Emmanuel Macron, hace tres años, pero no para hacer frente a otras necesidades imperiosas, en especial atenuar los efectos económicos de la guerra y la crisis de subsistencias que amenaza a las regiones más desvalidas del planeta, donde la falta de productos de primera necesidad, como los cereales, tiene una enorme capacidad desestabilizadora. De aquí es fácil deducir que el ejercicio de realismo de Kissinger en Davos tiene que ver con el potencial divisivo, de fractura, en el seno de la Alianza Atlántica si el esfuerzo de guerra se alarga sine die, lo cual no es en absoluto descartable. De hecho, la situación en el Dombás desde 2014 hasta la invasión de febrero ha sido la de un conflicto de baja intensidad, y todo es posible una vez que ha fracasado la guerra relámpago diseñada por los generales rusos.

La hipótesis de que el daño económico causado a Rusia por las sanciones internacionales desbaratará los designios de Vladímir Putin entraña una dosis intensiva de optimismo; detrás de la insistencia de Volodímir Zelenski en pedir más y mejores armas, está la convicción de que nada detendrá al Kremlin. En todo caso, es más previsible que antes se manifieste el agotamiento de segmentos de la opinión pública europea, claramente divisivos, hartos de afrontar el coste siempre al alza del castigo impuesto a Rusia.

Cuando se hace el recuento del precio pagado hasta ahora por Rusia, se destaca poco un factor determinante: en un régimen muy centralizado y represivo, la capacidad de respuesta en la calle se reduce a minorías urbanas muy pequeñas. En cambio, si el mismo cálculo se traslada a entornos democráticos europeos, que al comenzar 2022 creían llegada la hora de la recuperación, ahora frenada, no cabe descartar un crecimiento exponencial de la capacidad de respuesta dinámica de la opinión pública, sobre todo si se concreta la recesión en forma de crisis social.

 

Viejos demonios familiares

Hace 75 años, el diplomático estadounidense George F. Kennan publicó un famoso artículo en el que perfiló la llamada teoría de la contención (la necesidad de contener al régimen soviético, que consideraba expansivo por naturaleza). Las reflexiones de Kennan inspiraron la llamada doctrina Truman durante los primeros años de la guerra fría: posiciones de fuerza y escasa disposición a una coexistencia negociada.

Tres cuartos de siglo más tarde, en un entorno muy diferente, pero con una rivalidad renacida, la estrategia de la contención, de fijar límites a Rusia, ha hecho acto de presencia. Claro que Putin no es Stalin, ni la Rusia de los oligarcas es la URSS victoriosa de la Segunda Guerra Mundial, ni China es un país desbaratado como lo era a finales de los años 40, pero la situación en Ucrania ha resucitado viejos demonios familiares, convertida otra vez Europa en el espacio político donde se libra un gran combate por la hegemonía política y quién sabe si por la cultura democrática, las dos caras de una misma moneda.