El título del artículo define la manera de ser y de hacer del abad Josep Alegre, muerto recientemente a 83 años. Un maestro espiritual que fue abad de Poblet durante diecisiete años, después de sustituir al abad Maur Esteve en 1998. Un hombre sencillo, sabio, próximo, confiado, poeta, que ha dejado una gran huella en muchas personas.

Nacido en Ballobar (Bajo Cinca) en 1940, ordenado sacerdote el 1970, ejerció durante casi veinticinco años en la diócesis de Zaragoza. Desplegó una intensa tarea eclesial en la diócesis, trabajando en un equipo pastoral con Juan José Omella, actual cardenal-arzobispo de Barcelona, y con Edilio Mosteo. A mediados de la década de los 90 decidió ingresar en el monasterio de Poblet y se encontró ejerciendo de abad justo un año después de profesar como monje. Maur Esteve había sido elegido, tres años antes, abad general de la orden cisterciense.

La tarea no era fácil. Su predecesor había impulsado la restauración del monasterio y había dado el empujón definitivo para una proyección pública de la comunidad, más allá de la propia dimensión espiritual, con la acogida del Archivo del muy honorable Josep Tarradellas en las instalaciones del monasterio. Con el archivo, Poblet se convertía en algo más que un monasterio y se convertía también en un espacio de referencia de uno de los grandes personajes de la historia contemporánea de Cataluña. La opción de dejar su legado en Poblet, en plena sintonía con el abad Maur Esteve, respondió —en mi opinión— a su voluntad de unidad y reconciliación del pueblo catalán, además de garantizar el futuro y la independencia de su legado.

Se convirtió en una persona referente para muchos y levantó el monasterio de Poblet más allá del monumento extraordinario que representa.

El abad Alegre, acompañado siempre por los priores Tulla y, después, Torcal —que se encargaron de la rehabilitación del monumento y de la logística— se dedicó prioritariamente a la comunidad y a la acogida espiritual y pastoral del monasterio. En pocos años dio un empujón importante a la Germandat, como plataforma para acoger laicos y laicas de toda España, impulsó ejercicios espirituales y encuentros de profesionales e intelectuales católicos para dinamizar la proyección pastoral de la comunidad. Hay que destacar, en este sentido, el impulso de la Revista de la Germandat, la cual, bajo la dirección de Cristòfor A. Taladrado, emprendió una nueva etapa convirtiéndose en un referente de la vida cisterciense de Poblet y de la tradición benedictina.

A la vez, a través de una fundación de Poblet, también inició algunas actividades de carácter institucional y cultural, como las jornadas sobre Europa, con Romano Prodi y Pasqual Maragall, o los festivales internacionales de órgano de Poblet. Mantuvo dignamente la herencia Tarradellas con una relación muy próxima con la familia y otros miembros del Patronato. En este sentido entendió la dimensión institucional y cívica del Archivo Tarradellas y su proyección de cara al país: Poblet se reforzó de este modo como un espacio de encuentro de todos los catalanes, independientemente de su ideología y de su sensibilidad política.

El abad, gracias a su experiencia extra muros como sacerdote, disfrutaba de un gran conocimiento intuitivo de las personas y de una inteligencia emocional que generaba una empatía que lo hacía muy próximo. Hombre sabio y maestro en los caminos insondables del Espíritu generaba confianza y serenidad a su entorno. En uno de los editoriales de la Revista de la Germandat señalaba el camino: «Cada uno de nosotros somos llamados a vivir nuestra historia de amor. Porque este es el verdadero camino para vivir la vida». Él no solo se lo creía sino que también lo practicaba, y precisamente por eso se convirtió en una persona referente para muchos y levantó el monasterio de Poblet más allá del monumento extraordinario que representa. Lo levantó como una comunidad cristiana de sentido, donde creyentes y no creyentes se sabían acogidos y estimados y, de este modo, podían acercarse al misterio de la fe.

Este abad que estimaba las personas ha dejado una huella en los corazones de muchos, la cual perdurará por siempre jamás. Habrá marcado también un camino, en nuestras sociedades occidentales secularizadas, hacia el sentido más profundo de las comunidades monacales: devenir y ofrecerse al conjunto de la sociedad como espacios de acogida, de amor y de plegaria para hacer bien viva la antorcha encendida de la fe.