Hemos entrado de lleno en un año electoral en el que los gobiernos de los diferentes niveles del sistema político se someterán al veredicto de la ciudadanía. Llega la hora del balance y también de la presentación de proyectos para el futuro con el fin de ganarse la confianza del electorado.

No se puede ocultar que llegamos a este ciclo electoral en medio de un clima de aguda desconfianza hacia la política y las instituciones. Motivos no faltan, especialmente si tenemos presente la demostrada incapacidad de las fuerzas políticas para llegar a los acuerdos necesarios para el buen funcionamiento de las instituciones, como es el caso escandaloso del Consejo General del Poder Judicial y de las vicisitudes nada edificantes del proceso para renovar el Tribunal Constitucional.

Como también contribuye a este clima de desconfianza la imagen proyectada por los actores políticos de estar prioritariamente centrados en las batallas partidistas, en juegos tacticistas o en oposiciones sin matices. Esta imagen de la política ha consolidado una mirada fatalista sobre lo que pueda resultar de las próximas elecciones. Se da por inevitable que se reproduzca el actual esquema binario que enfrenta a dos bloques impermeables, en el que los partidos que se consideraban sistémicos dependen de otras fuerzas que les generan contradicciones difíciles de gestionar y, muy a menudo, de explicar. Contradicciones que, paradójicamente, retroalimentan el marco de un bibloquismo monolítico.

La fijación de este marco lleva a dar por perdida la aspiración de que el nuevo ciclo electoral permita una confrontación política razonable, en la que los contendientes contrasten sus objetivos y sus proyectos de modo argumentado. Por el contrario, se da por hecho que los factores emocionales destinados a apelar a los sentimientos de los electores se impongan sin oposición a las razones de un diálogo cívico democrático.

Todo esto es muy cierto y abona la tentación nihilista de dejarlo correr, de proclamar que nuestro sistema democrático —como tantos otros, por otro lado— no tiene solución y que su colapso no tardará mucho en llegar.

Contra esta dimisión democrática es necesario rebelarse. Es necesaria una exigencia cívica a los actores políticos para que afronten las elecciones con el máximo respeto que merece la ciudadanía. Esto implica que dejen de mirarse el ombligo y se atrevan a salir de la zona de confort ideológico para atender y entender mejor la complejidad de una sociedad muy diversa; y comprender que la política seria va mucho más allá de los juegos tácticos entre los partidos y de las «jugadas maestras» del marketing electoral. Y eso exige, por tanto, tener el coraje de mirar de frente las cuestiones incómodas que van quedándose en el fondo de los cajones.

Tenemos derecho a reclamar esta actitud, tenemos derecho a saber cuáles son las opciones sobre los temas realmente importantes que determinan la prosperidad y el bienestar de la ciudadanía. Tenemos derecho a conocer con qué orientación económica se pretende abordar el reto de la nueva etapa de la globalización y las consecuencias de la guerra en Ucrania. Tenemos derecho a conocer el grado de compromiso con la consolidación y profundización de la unidad europea. Tenemos derecho a entender las opciones estratégicas de la política exterior, especialmente las vinculadas a la relación con nuestros vecinos del Magreb. Tenemos derecho a saber qué políticas se proponen para hacer sostenible nuestro Estado de bienestar. Tenemos derecho a un debate constructivo sobre cómo revertir la crisis del sistema de salud. Tenemos derecho a discernir las propuestas para asegurar la paz civil, con especial atención a la cuestión territorial y a la cuestión ciudadana.

Sólo el esfuerzo de clarificación de estas cuestiones esenciales permitirá a la ciudadanía captar diferencias y afinidades, que, si se presentan con honestidad, seguro que no darían como resultado el actual marco político bloqueado. Probablemente emergería un marco más diverso, abierto y flexible que facilitase el debate, el diálogo, la negociación y los acuerdos para dar una respuesta a la altura del respeto debido a la ciudadanía, de manera que se pudiera ir recuperando la confianza perdida en las instituciones democráticas.

Debate argumentado y propositivo y respeto a la inteligencia de la ciudadanía. Es lo mínimo que se debe exigir a las fuerzas políticas en este año electoral.