Cuando en 1993 Samuel Huntington publicó en Foreign Affairs el famoso artículo «¿Choque de civilizaciones?», quiso aprovechar la ocasión para tranquilizar a los que estaban inquietos por la posibilidad de un conflicto militar entre Rusia y Ucrania a causa de la flota naval del Mar Negro, del armamento nuclear, de cuestiones económicas y de una disputa por Crimea u otros territorios. «Si lo que cuenta es la civilización —escribió—, la probabilidad de que haya violencia entre dos pueblos eslavos, principalmente ortodoxos, que han mantenido una estrecha relación durante siglos, habría de ser muy baja.»

El fracaso de este pronóstico podría ejemplificar la inoperancia de la teoría de Huntington sobre el papel decisivo de la pugna entre cosmovisiones religiosoculturales en el orden internacional surgido de la guerra fría. Pero esta teoría no fue pensada para sopesar situaciones de riesgo concretas, sino para configurar un marco mental para encuadrar la comprensión de los conflictos que podían irse produciendo con los potenciales nuevos enemigos estratégicos de Estados Unidos y Occidente. Y si se considera desde este punto de vista, el examen de las lecturas que durante estos últimos meses se han hecho de la guerra de Ucrania ilustra su éxito.

«La próxima guerra mundial, si hay alguna, será una guerra entre civilizaciones», decía Huntington entonces. Casi tres décadas después, a raíz de la invasión rusa del vecino del Este, se ha movilizado un discurso que, al tiempo que vuelve a esgrimir el fantasma de una Tercera Guerra Mundial, orienta la opinión pública hacia una interpretación del conflicto como la primera gran batalla de una guerra por la supervivencia de la civilización occidental. Esta interpretación ha desplazado los debates en torno a la invasión de Ucrania hacia un frente de batalla que resulta más propio de las denominadas «guerras de la cultura» que de los análisis de conflictos de intereses entre naciones o bloques característicos del campo de las relaciones internacionales.

Para encontrar una buena perspectiva desde la que observar el surgimiento de estas guerras culturales, conviene remontarse a la época en la que empezaba a apuntar en el horizonte la posibilidad de una nueva confrontación entre la Federación Rusa, heredera de los intereses estratégicos de la URSS, y los Estados que habían formado parte de la coalición occidental durante la guerra fría. La hipótesis de una nueva guerra fría empezó a circular cuando, a medida que avanzaban los años 90, los acontecimientos fueron poniendo en evidencia que las grandes potencias volvían a actuar según la lógica de la antigua.

Por un lado, la OTAN apostaba por expandirse hacia el Este; por el otro, Rusia, pasado el momento de repliegue que siguió al colapso de la URSS, reorientaba su política exterior con la intención de recuperar su capacidad para intervenir en lo que consideraba su esfera de interés. Fue en este contexto cuando, como se ha recordado a menudo en estos últimos meses, George Kennan pronosticó que la ampliación de la OTAN, que consideraba insensata, llevaría inevitablemente a la restauración de la guerra fría entre el Este y el Oeste.

 

Capital simbólico de la URSS

Entonces, cuando empezó a pensarse en este escenario hipotético, resultaba difícil no imaginarlo, de acuerdo con una expresión que se volvió tópica, como una «guerra fría sin ideología». Esta percepción se mantenía inalterable a principios del siglo XXI. En 2002, Joseph Nye todavía señalaba que la nueva Federación Rusa no había heredado el poder blando que había hecho temible a la URSS. La URSS había ofrecido una ideología que podía resultar atractiva más allá de sus fronteras y había acumulado capital simbólico en Europa por su papel en la lucha contra Hitler durante la Segunda Guerra Mundial y en el Tercer Mundo por su identificación con los movimientos anticoloniales.

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La nueva Rusia de Putin y los oligarcas todavía aparecía, en cambio, como un país pragmático que, a pesar de algunas efervescencias nacionalistas, se había acomodado al nuevo orden internacional haciendo bandera de los principios de la democracia liberal y aprovechando las ventajas que el capitalismo globalizado podía ofrecer a las élites extractivas. Era, en definitiva, una nación sin una ideología propia exportable. Y por esta razón, a la hipotética nueva guerra fría le faltaba una de las características principales de la antigua: la confrontación entre concepciones del mundo opuestas. Tanto en el Este como en el Oeste, los analistas constataban la existencia de un agujero. Y este agujero se acabó llenando.

George Kennan pronosticó que la ampliación de la OTAN, que consideraba insensata, llevaría a la restauración de la guerra fría.

El modo en que se acabó llenando ese agujero puede reconstruirse a partir de los textos de algunos expertos e intelectuales rusos de la época. La lectura de la Revolución Naranja ucraniana de 2004 como una operación de cambio de régimen promovida desde el exterior llevó a las élites próximas al Kremlin a plantearse si una ideología atrayente era un atributo necesario para que Rusia pudiera interpretar con éxito el papel de gran potencia. La respuesta a esta pregunta fue afirmativa. Y se acabó adoptando una construcción ideológica sostenida sobre dos pilares: el de la «democracia soberana», un concepto con el que se quería afrontar el proyecto de orden internacional unipolar promovido por los Estados Unidos para consolidar su hegemonía, y «la defensa de los valores tradicionales», en el caso ruso los del cristianismo ortodoxo, un lema tácitamente legitimado por la idea de que la soberanía moral formaba parte de la soberanía nacional y contrapuesto a un supuesto imperialismo civilizatorio occidental, que buscaría imponer como valores o derechos universales realidades inconsistentes con estos valores tradicionales.

En 2002, Joseph Nye todavía señalaba que la nueva Federación Rusa no había heredado el poder blando que había hecho temible a la URSS.

El primero de estos pilares podía ofrecer un poder blando en relación con los regímenes o sectores partidarios de un nuevo orden internacional menos sometido a las reglas de juego promovidas desde Washington. El segundo, que permitía presentar la nueva rivalidad ideológica como un conflicto entre una civilización occidental secularizada y decadente y el resto de civilizaciones, definibles como cosmovisiones de raíz religiosa, lo podía ofrecer en relación con países o sectores tradicionalistas opuestos a los efectos culturales del liberalismo político y la globalización económica.

Desde hace casi un par de décadas, esta ideología ha vertebrado el discurso y las políticas de Putin, tanto en el interior como en el exterior. Y también se ha convertido en objeto de reformulaciones por parte de los productores de relatos polémicos del bando ideológico contendiente, que han asumido con entusiasmo los términos con los que el rival planteaba la disputa y a quienes la realidad les ha hecho fácil identificar como una autocracia lo que se definía como «democracia soberana» y retratar documentalmente el desagradable aspecto de iliberalismo confeso del nuevo tradicionalismo.

 

La hegemonía cultural

La transición desde el escenario de una guerra fría sin rivalidad ideológica hasta un escenario de guerra fría con choque de civilizaciones fue sorprendentemente rápida y ha coincidido con la progresiva conversión de las luchas políticas nacionales en guerras por la conquista de la hegemonía cultural. Esta coincidencia no solo ha contribuido de forma decisiva a la definición y la evolución de los frentes de batalla de algunas de las culture wars más características de nuestro tiempo, como las relacionadas con el nuevo feminismo y los nuevos derechos LGTBIQ+, sino que también ha cooperado en la renovación del discurso del liberalismo progresista, que ha procurado rearmarse adoptando, no sin fricciones y en buena parte por razones estratégicas, políticas de identidad o de la diferencia que lo podían hacer más competitivo en este frente.

Pero el fenómeno más notable ha sido el proceso de reconfiguración del campo de la derecha política a consecuencia del alineamiento de uno de sus sectores, un sector cada vez más en alza, con posiciones iliberales concordantes con las promovidas desde el Kremlin. De acuerdo con lo que ya señaló el secretario de Estado de EEUU Dean Acheson en los años 50, la confrontación ideológica de la guerra fría, en tanto que ofrece un esquema que permite homogeneizar los conflictos locales a partir de su criterio de polarización entre naciones y en tanto que convierte las políticas relacionables con principios en elementos de propaganda, tiende a borrar la distinción entre la política nacional y la política exterior.

Tanto la presidencia de Donald Trump en EEUU como la de Viktor Orbán en Hungría, que personifican valores opuestos a los que corresponderían a Occidente según la actual confrontación ideológica, lo han ilustrado o lo ilustran por contraste. Y es también en este contexto donde hay que interpretar el lugar que ocupa en el escenario la nueva «Internacional» de los nacionalismos conservadores iliberales europeos.

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Se ha descalificado como «tontos útiles» a aquellos que interpretaban la guerra de Ucrania como un conflicto que tenía que ver con intereses nacionales pensados desde la lógica de bloques.

 

Chomsky, Kissinger o Habermas

La guerra de Ucrania se ha producido en un contexto político y cultural marcado por estos cambios. Y los debates que ha generado en Occidente, después de que la derecha iliberal optara por una retirada táctica, se han visto arrastrados por las leyes polarizadoras de la dinámica de la nueva guerra fría y por la reproducción de la retórica de la guerra fría que la precedió. Uno de los fenómenos más vistosos en este sentido ha sido el recurso a esta retórica en la descalificación como «tontos útiles» de quienes, desde posiciones tan distantes como las de Noam Chomsky, Henry Kissinger o Jürgen Habermas, interpretaban la guerra de Ucrania como un conflicto que tenía que ver con intereses nacionales pensados desde la lógica de bloques y que no podía abstraerse del papel disuasorio de la amenaza nuclear.

El auge de la presentación de esta guerra como un choque existencial entre civilizaciones ha expulsado a los márgenes el realismo político que, durante décadas, fue la doctrina central sobre las relaciones internacionales. Y en EEUU también ha consolidado la alianza entre el nuevo progresismo liberal, que ha convertido su participación en las guerras culturales en imagen de marca, y el viejo neoconservadurismo, que ha visto cómo se imponían sus tesis de siempre sobre política exterior; una alianza reforzada durante la oposición común a Trump que se ha reproducido por todo Occidente.

El mundo ya no es el que era antes de la última invasión rusa de Ucrania. El modo en que se ha ido concretando en Occidente el debate en torno a esta guerra permite intuir cuál puede ser la tendencia del discurso dominante en el futuro inmediato. Pero quizá no se ha pensado lo suficiente en las posibles consecuencias, también en el ámbito de la política interior de las democracias liberales, de presentar los conflictos internacionales como choques de civilizaciones. Esta teoría, que hace treinta años, como veíamos al principio, llevaba a pronosticar que una guerra como la presente era casi imposible, actúa, por el marco mental que promueve, como una de aquellas famosas profecías que hacen más probable aquello que predicen.