No se dan muchas veces tantas coincidencias favorables como las que acompañaron Apostrophes y lo convirtieron en un programa de éxito de la televisión francesa. Entre algunas de ellas, la de producirse en un país orgulloso de sus escritores y con una tradición de acogida a autores disidentes a los que ha cuidado como tierra de libertad. Y la de haberse dado en un momento histórico de gran conmoción europea tras la II Guerra Mundial y después de la caída del muro de Berlín.

Pero esto solo es el escenario. A esto le podemos añadir una cadena de televisión dispuesta a apostar por un programa semejante sin más componentes que la buena selección de sus protagonistas. Y nada de esto habría cuajado en una fórmula exitosa sin un presentador como Bernard Pivot, que aparece hoy, tras su reciente pérdida, como un auténtico referente para muchos de sus actuales colegas. Él añadió un componente sustancial para este programa que hoy muchos recuerdan con nostalgia.

Ha habido sin duda muy buenos programas en nuestro país vecino. Pero pocos han tenido la difusión de Apostrophes. The New York Times le llamó entonces el mejor bookshow y en muchos países de la francofonía empezó a difundirse su idea y a intentar imitarla. Apareció el Pivot congolés, etc… Inevitable asociar a su programa su nombre. Y es que la fórmula del éxito radicaba sobre todo en la personalidad de este periodista. Un hombre amante de la vida y de los libros. Y consciente sobre todo de su papel de divulgador de la cultura de su país en ese momento. No pretendió ser un crítico literario, les dejó ese papel a los académicos. Y al dejar Le Figaro Litteraire, donde trabajó al principio, comprendió que el salto a la televisión era diferente.

Imposible, si no has disfrutado antes con los libros, sacarle jugo a cada autor. Imposible, si no consideras un privilegio estar delante de grandes autores, tomarte el trabajo de dedicar diez horas diarias a los libros. Y hacerlo con placer para poder transmitirlo. Solo así se explica que haya dejado programas memorables de entrevistas a los grandes autores del siglo XX. Marguerite Duras, Vladimir Nabokov, Soljenitsyn, John le Carré, Marguerite Yourcenar, François Truffaut, Jean Luc Godard, Levi Strauss… por no citar más que a algunos. Afortunadamente ese amplio listado está en el catálogo que se editó para preservar su conservación.

Pivot podía entrar con la modestia del periodista, pero también con el mayor respeto, en las intimidades de los autores y dar el salto al debate sobre los grandes temas sociales y políticos de la época. Hacer confesar su alcoholismo a Marguerite Duras, a Le Carré su pasado de espía o hacer hablar a Nabokov sobre su Lolita, fueron momentos de gran impacto entonces. Podía conducir el debate del momento colocando los libros aludidos como best sellers y revelar facetas inéditas de sus autores con fórmulas como el Cuestionario Proust. Las nimiedades de una vida sobre las que trabaja la ficción. Fue su gran mérito. Reconciliar a Francia con sus autores y con la cultura del momento. Pasaron escritores, directores de cine, actores, historiadores, poetas, ilustradores… Hacía un espectáculo divertido sin sensacionalismos. Las cosas difíciles las hacía simples. Una fórmula que sólo puede ir unida a una personalidad como la de Bernard Pivot, amante del buen vino, el Beaujolais de su tierra de origen, y de la buena vida.

 

Prestigio y modestia

Es evidente que tuvo también sus detractores. No era fácil no ser envidiado. Hubo autores que lo consideraron un puro programa de variedades. Y otros, según dicen, –entre los que sitúan a Régis Debray, el influencer de aquel momento– le llegaron a considerar un déspota de las letras. Era indudable entonces que llegó a tener un gran poder y que las editoriales se lo disputaban. Aun así logró superar todos esos equilibrios. Sabía que era un cronista de la cultura de su tiempo. Y jugó con la inmensa libertad de un tiempo que le dejó hacer. O quizás no fue así. Quizás fue él quien se lo ganó por su honorabilidad, por su prestigio y por su modestia.

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No recuerdo el año en el que nos llegó la propuesta de participar en el programa ni tampoco conozco por qué fui yo también expresamente invitada. Pero hurgando en alguna documentación del momento he descubierto que Bernard Pivot puso en marcha una revista que se llamó Lire y que tuvo su homónima en otra revista que surgió en nuestro país con ese nombre. Esa revista le concedió un premio en 1986 a La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza como la mejor novela de aquel año. Y parece evidente que Pivot tuviera interés en conocer, si es que no lo conocía ya, al traductor de Naciones Unidas que había concebido esta maravillosa novela sobre aquella Barcelona cuya lectura entusiasmó a tantos. Así que sospecho que debió ser por esos años la fecha en la que fuimos invitados a participar en el programa.

Yo me había dedicado a recopilar días antes lo que había recogido de las mesas y mesillas de noche como me habían sugerido.

El por qué un presidente de un gobierno de un país vecino fuese invitado a Apostrophes es un secreto que Pivot se ha llevado consigo, pero ha hecho abundantes declaraciones sobre cómo estimaba a los políticos que tenían afición a la lectura. En algunos de los recientes programas de homenajes que se le han dedicado le he escuchado decir lo importante y necesario que es el hábito de leer para los políticos. A un lector que conoce las innumerables puertas que se le abren a un ser humano cuando lee no deja de parecerle importante que los políticos no lean solo informes o documentos. Que amplíen su campo de visión a lo que la cultura significa en su momento para ser capaces de captar el estado de ánimo y la visión amplia de sus contemporáneos. El señalaba que tuvo la suerte de llevar a su programa a Mitterrand pero elogió también a presidentes anteriores que tuvieron igualmente este amor por los libros.

Quizás fue esa la razón por la cual una democracia española recién estrenada y con un presidente que amaba los libros era un motivo para dedicar un programa a ese momento histórico. Y he sido testigo de hasta qué punto la literatura puede ser decisiva para comprender situaciones que los dossiers políticos no llegan a explicar plenamente, ni siquiera los textos históricos. Cuando se produjo el conflicto de Sarajevo y todo lo que arrastró la descomposición de la antigua Yugoslavia por primera vez vivimos en Europa un profundo conflicto con trágicas consecuencias. Una mezcla de enfrentamientos no solo políticos sino también culturales y religiosos. La herencia histórica del imperio otomano. Estaba increíblemente bien explicado ese conflicto vivo en el libro Un puente sobre el Drina. Su autor, Ivo Andric, que llegó a ser premio Nobel y que había sido testigo de esas transiciones no lo pudo explicar mejor. Estaban ahí las raíces y había que conocerlas. Y el entonces presidente de esa democracia española lo había leído y lo había comprendido. Había intuido en miles de ocasiones que los lectores de las buenas obras van mucho más lejos que la simple percepción de quien solo tiene delante informes por muy extensos que sean.

 

Eduardo Mendoza y Javier Marías

Con Eduardo Mendoza nos acompañó al programa Javier Marías, nuestro gran escritor ahora desaparecido y entonces muy joven. Había sido profesor en Oxford y también traductor y ya había publicado sus primeras obras, algunas de ellas en editoriales catalanas. Fue muy intensa su relación con Cataluña siempre y con su mundo editorial pues le acercaba también al público europeo. Y su editorial Reino de Redonda con su pareja editora también le mantuvo siempre ligado a ella. Supongo que esa vocación fue la que le acercó a Pivot en aquellos momentos. En ese año acababa de sacar El hombre sentimental. Y nos acompañaron también como solía ocurrir en estos programas un hispanista y un historiador. Querría recordar si quien nos acompañó fue el gran experto cervantista Jean Canavaggio que por entonces acababa de publicar su Cervantes y que recientemente acaba también de dejarnos.

Lo que sí me viene a la memoria son las intervenciones de Pivot con Eduardo Mendoza acerca de los secretos oficiales que un intérprete suele guardar tras entrevistar a grandes líderes. A lo que Mendoza no respondía más que con sonrisas y minusvalorando lo que supone ese arriesgado oficio. Y la conversación derivaba hacia las lecturas que en aquellos días estaban en la mesa del entonces presidente del Gobierno.

Me vienen a la memoria las intervenciones de Pivot con Eduardo Mendoza acerca de los secretos oficiales que un intérprete suele guardar tras traducir a grandes líderes.

Yo me había dedicado a recopilar días antes lo que había recogido de las mesas y mesillas de noche como me habían sugerido. De la colección de Andanzas de Tusquets salieron en aquellos años las biografías de Orson Welles, Hemingway, los Rockefeller, los Kennedy y alguna de ellas debió de estar por aquellos días visible. También Gore Vidal publicaba entonces Imperio y Creación porque Juliano el Apóstata fue posterior. La traducción de Cortázar de las Memorias de Adriano también se había publicado ya por Edhasa. Por esos años salió El clan del oso cavernario de Jean M. Auel y Seix Barral había vuelto a editar El hombre sin atributos de Robert Musil. Y desde luego estaban siempre los libros del boom latinoamericano. Cualquiera de ellos pudo estar y otros muchos que llevábamos en nuestra memoria.

Pero la conversación, que se inició sobre la base de esas lecturas, acabó yéndose por la vía cervantina. Imposible soslayarla. No solo porque habíamos dedicado muchas noches a nuestro Quijote sino porque era inevitable su presencia. Canavaggio había sacado su Cervantes. Los franceses empezaron a hablar de él y nos enredamos en una conversación interesante sobre su biografía. Por casualidad yo acababa de leer el libro de Rosa Rossi que desmontaba algunos hechos biográficos y ahí recuerdo que nos detuvimos y la hora y cuarto que solía durar el programa nos supo a poco. Como ha recordado Pivot, en estas ocasiones, cuando se comienza a hablar ya todo se hace fluido y lo que en cada uno prevalece es, sobre todo, su condición de lector.

Quizás fue aquel programa de Apostrophes el que debió levantar ciertas inquietudes en el mundo cultural de nuestra tierra por aquellos años. Nadie imaginaba por qué razón habían sido esos escritores y no otros. Y toda una tensión del ala quevediana de nuestra literatura empezó a hacerse notar por si por aquellos lares nos habíamos olvidado de otra de nuestras insignes almas. Tal vez ese alma quevediana vivía más encerrada en sí misma y en su propia historia cuando por esos años España abría de par en par sus puertas a Europa.

 

Lo que permanece

Se habla mucho ahora, en estos años hijos de la globalización, del aplanamiento de nuestra cultura en el reino de la IA y de los algoritmos. Y cuando hay novedades siempre hay adanismos que se viven con una cierta arrogancia y frivolidad. La maravillosa civilización de la imagen que vivimos nos muestra también sus excrecencias, pero estamos hoy en los inicios de profundos cambios en nuestra mentalidad y en nuestra cultura. Y la letra escrita prevalecerá sola o en compañía de la imagen mientras que el ser humano no desarrolle otra mejor forma de expresarse y de comunicarse. Cuentan que Platón reprochaba a sus alumnos volcarse tanto en la escritura olvidando practicar su memoria. Su maestro nunca había escrito y él tuvo que recoger esa enseñanza oral como tantas veces hizo nuestra tradición para legarnos tantos tesoros.

En algunos de los recientes programas de homenajes que se le han dedicado le he escuchado decir lo importante y necesario que es el hábito de leer para los políticos.

Cada día vemos cómo surgen nuevos formatos y cuanto más avanzan las tecnologías más medios nuevos tenemos para comunicarnos, pero no importan los formatos. La aventura será siempre la misma. La necesidad del arte como un espejo del hombre en el que mirarse, se exprese como se exprese. Muchos siglos le han dado al libro escrito una prioridad y una gran tradición. Como a cualquier tipo de arte. Y le dará también a esta nueva civilización de la imagen su prestigio y su tradición. Y pese a la furia de este mundo apabullante de contenidos que hoy se generan, el ser humano buscará encontrarse, encontrar su humanidad como lo hizo siempre. Será tarea entonces de los creadores y de sus divulgadores buscar y difundir lo que nos identifica y permanece.