Joan Fuster nació el 23 de noviembre de 1922. Por este motivo, este año recordamos y celebramos el centenario del nacimiento de uno de los grandes intelectuales y escritores del siglo XX del País Valenciano y, también, del conjunto de territorios de lengua catalana. Fuster, de hecho, es un referente no solo para los valencianos. Es patrimonio de todos. Por ello, no solo el Gobierno valenciano aprobó un decreto que declaraba el 2022 Any Fuster (y nombró como comisarios a Francesc Pérez Moragon y Salvador Ortells), sino que también la Institució de las Lletres Catalanes, entidad autónoma de la Generalitat de Catalunya, escogió a Enric Sòria, y el Gobierno de las Islas Baleares, a Fina Salord y Damià Pons, comisionados respectivamente en Catalunya y las Islas de otros tantos Any Fuster.

Veremos en qué se concreta esta voluntad política y comprobaremos cómo va la cooperación entre los tres años Fuster celebrados en un mismo año, pero por ahora me contento con destacar que, al menos, a las instituciones públicas no se les ha pasado por alto el centenario (no puedo evitar preguntarme, sin embargo, qué hará al respecto el Gobierno de España y las instituciones culturales que dependen de él). Habría sido mejor tener consensuado con suficiente antelación un plan de actividades y publicaciones de todos juntos, pero las cosas son como son.

Que Fuster naciera en 1922 ayuda a entender más de una cosa. Por ejemplo, el estallido de la Guerra Civil le cogió con trece años y el desenlace con dieciséis. Quizá con la ironía proverbial que profesaba, podríamos decir que se chupó las cuatro décadas de gris represión del nacionalcatolicismo. Esa huella, sin duda, marca. Él no fue, en modo alguno, un intelectual del régimen. Por el contrario, como se opuso a la autocracia franquista, sufrió las consecuencias. «El que mana vol que els manats siguen dòcils. Hem de partir d’aquesta obvietat», escribió. Como otros intelectuales, tuvo que hacer frente a la censura, a la exclusión (dejó de publicar en la prensa de Valencia a raíz de las reacciones por la publicación de Nosaltres els valencians y de El País Valenciano) y al oprobio (algunas fallas de Valencia quemaron la efigie de Fuster y algunos de sus libros).

Representaba al intelectual comprometido con la recuperación del valenciano como lengua de alta cultura.

En una entrada del 23 de mayo de 1968 del diario, hasta ahora inédito, de Josep Iborra que acaba de publicar la Institució Alfons el Magnànim, compara con lucidez a Fuster y Xènius: «Se me ha ocurrido comparar a Fuster y D’ors (el propio Fuster nos invita a hacerlo). D’Ors lo tenía prácticamente todo a su alcance: viajes, libertad, medios de comunicación, culturas, instituciones, atmósfera política. Fuster dispone de muy poca cosa. D’Ors jaleaba a su sociedad. Era el animador de un momento en el que existía una corriente histórica positiva, favorable. En cambio, Fuster es una vox clamantis in deserto. Él va contra corriente y ha tenido que pinchar a una sociedad aletargada y adormecida. Tiene que esforzarse para hacerse escuchar. Fuster es de los pocos que han escrito continuamente de este modo explícitamente comprometido, al servicio de una ética civil. Comparado con D’Ors, Fuster resulta quizá más necesario, más valioso, más útil.»

Atentado con doble bomba

Esta actitud resistente le supuso un alto coste, también personal. No está de más recordar que tuvo que soportar durante la ejemplar transición democrática un atentado con doble bomba con decididas intenciones asesinas y un tufo innegable de terrorismo de estado. Fuster, de hecho, fue demonizado por el regionalismo anticatalanista valenciano conocido como «blaverismo». Le dijeron de todo: traidor, vendido, renegado, etc. ¿Por qué tanto odio? Resumiendo mucho, porque Fuster representaba al intelectual comprometido con la recuperación del valenciano como lengua de alta cultura. Como decía el escritor de Sueca, franquistas y regionalistas querían relegar el catalán al reducto folclórico, convertirlo a lo sumo en una lengua de labriegos y de fiesta. Él les mostraba, con coherencia, que también era la lengua de Ausias March (un pasado reivindicable) y de Josep Pla (un presente notable).

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Hay que recordar que, aunque Fuster era más joven, fue coetáneo de Pla y que, pese a las diferencias no solo edad, sino también ideológicas, construyeron una amistad de la que salió beneficiada la literatura catalana. En definitiva, Fuster reivindicaba un idioma con pasado, pero también con presente y futuro, que servía para todos los usos, incluyendo la ciencia y el ensayo de ideas. Esto, en una Valencia con un importante proceso de sustitución lingüística, era, sobre todo a los ojos de quienes colaboraban en él, una provocación.

Fue demonizado por el regionalismo anticatalanista valenciano conocido como «blaverismo». Le dijeron de todo: traidor, vendido, renegado…

Sin embargo, siendo muy importante el Fuster comprometido, Fuster es mucho más. Hay que insistir en ello, él es mucho más que un destacado escritor reivindicativo de una lengua minorizada y de un país más o menos invisible. Es un gran escritor, con una prosa excelente, y un intérprete perspicaz y a menudo cáustico de la realidad, de su realidad, claro está, que conviene recordar que no es exactamente la nuestra. Los cambios sociales acelerados de la modernidad avanzada no se suceden en vano. Como Joan Fuster, decía él con ironía, es la medida de todas las cosas, hay que tener presente que muchos nacimos más tarde que él (cincuenta años, en mi caso). Y ésa es una distancia temporal que he (hemos) de tener presente a la hora de valorar su producción. Sin ir más lejos, las ideas feministas y ecologistas han penetrado más ahora que cuando Fuster escribía. No sé si le hacemos un favor descontextualizando al escritor de la época en la que tecleaba en una máquina de escribir.

 

Injustos con el de Sueca

¿Acaso deja de interesar la prosa de Josep Pla por los desacuerdos, incluso profundos, con sus ideas? ¿Por qué no podemos ser igualmente comprensivos con Fuster? ¿Tal vez hemos sido injustos con el de Sueca? ¿Necesitamos todavía más distancia para tener la perspectiva adecuada? A mí, de hecho, no me interesa tanto el debate sobre si Fuster tenía razón o sobre cuánta razón tenía. Me motiva más otra controversia: el papel que tienen (que han de tener) los creadores en general y los escritores en particular en las sociedades actuales. Bien sabemos que muchos intelectuales yerran o incluso se han dejado seducir por distintos cantos de sirena.

No seré yo quien haga una loa acrítica de los intelectuales, y menos todavía del colectivo en general, tan heterogéneo por otra parte. Pero sí sé que seguir pensando nuestra condición —como humanos, como europeos, como valencianos y catalanes— y nuestras sociedades, algo que tienen o tendrían que hacer los intelectuales, no solo es un deber ético, sino también una función higiénica. Llamadme ingenuo, si queréis. Me da igual. Prefiero la ingenuidad que el cinismo, terreno abonado para el fanatismo. De hecho, el antiintelectualismo (¿un signo de los tiempos actuales?) es un mal negocio y un camino propicio para el crecimiento de la ultraderecha. Leer a Fuster, por cierto, me parece un buen antídoto contra el extremismo antidemocrático. Fuster también puede ser reivindicado desde este punto de vista.

De hecho, si de algo debería servir este Any Fuster es, sobre todo, para que más gente conozca más escritos de Fuster, para divulgar sus libros en un doble sentido: para que más catalanoparlantes lean más a Fuster (más en el sentido cuantitativo y cualitativo, es decir, para que más lectores disfruten de la gran diversidad de su producción escrita y no se queden con una imagen simplificada) y para que más hablantes de otras lenguas tengan acceso a una parte cada vez más importante de sus libros.

 

Programa poco ambicioso

Se han hecho cosas en esta dirección, aunque siempre será poco. Por un lado, ¿qué saben hoy, por ejemplo, los jóvenes de Fuster? ¿No podemos acercarlo más a nuevos lectores? ¿Y a los lectores esporádicos? Y, por otro lado, ¿qué traduciremos de Fuster en el Any Fuster? De momento, ya tenemos dos libros destacables: la traducción al castellano de Sagitari (Maria Rosich, Rayo Verde) y Consells, proverbis i insolències (Àngela Elena, H&O-Magnànim). Está anunciada para septiembre la traducción al inglés de Judicis Finals (Mary Ann Newman) y quizá encontraremos alguna cosa más, pero todavía queda mucho por traducir y, en especial, para dar a conocer a otros públicos. De hecho, no parece un programa muy ambicioso. Y es una lástima.

Leer a Fuster, por cierto, me parece un buen antídoto contra el extremismo antidemocrático. Fuster también puede ser reivindicado de este punto de vista.

A mí me gustaría que el Any Fuster contribuyera a mostrar a mucha gente que, con independencia de la coincidencia o no, y en según qué grado, con sus postulados políticos —por otra parte, como lo han demostrado investigaciones académicas rigurosas, estos postulados no son tan nítidos como podría creerse: al fin y al cabo, su influencia política directa se extendió durante más de dos décadas en las que se produjeron cambios profundos en España—, Fuster es un señor escritor que vale la pena. A fin de cuentas, «un bon llibre sempre és una provocació».

Es un placer, por ejemplo, adentrarse en el Diccionari per a ociosos, en L’home, mesura de totes les coses y en Examen de consciència, mirar y remirar sus aforismos, zambullirse en sus artículos, por ejemplo en los de Notes d’un desficiós (no os perdáis «Ràpida teoria del porro») y un largo etcétera, en el cual se encuentran sus poemas. No estaría de más echarle una mirada, ahora que se ha editado su poesía completa. Fuster era un poeta notable. «Cuando alguien escriba algo sobre Fuster, hará mal si separa sus versos de su prosa. Hay un mismo tono, increíble en nuestras letras», escribió Iborra el 1 de abril de 1974.

 

Uno de los grandes

Este año en el que también recordamos que Fuster murió hace treinta años y que hace sesenta que publicó Nosaltres els valencians, es un buen momento para reivindicar todos los (buenos) Fuster que hay en Joan Fuster. Invitemos, pues, a los lectores, a ir más allá de su libro más vendido. No empequeñezcamos a uno de los grandes. Al fin y al cabo, citando de nuevo a Josep Iborra, «escribir es sacar punta, sacarle punta a un hecho, a una palabra, a una observación… [Fuster] es un virtuoso en este sentido». No dejemos de lado, pues, a un virtuoso en esto de sacarle punta a la escritura. Como mínimo en catalán, es uno de los más grandes. «Llegir no és fugir, és seguir vivint, i cadascú ho fa a la seua manera». Gracias, señor Fuster, por todo.