Durante los tiempos oscuros de la pandemia del Covid, equipamientos como el Palau de la Música, el Auditorio de Barcelona y el Gran Teatro del Liceo mantuvieron una programación reducida, con limitaciones de aforo y otras medidas de seguridad, pero la música siguió viva (en Madrid, el Teatro Real también mantuvo sus puertas abiertas). Esto no pasaba en el resto de Europa, donde los equipamientos estaban cerrados a cal y canto. Dos directores que vinieron a Barcelona en aquellas circunstancias, Daniele Gatti i François-Xavier Roth, se dirigieron al público al terminar sus conciertos para felicitarse y felicitarnos por haber querido actuar en directo ante una audiencia real.

Aquello fue una inyección de moral y orgullo. Éramos la excepción, esta vez positiva, en una Europa en la que demasiado a menudo somos el farolillo rojo en cuestiones musicales. No obstante, si las circunstancias en las que pudimos asistir a aquellos conciertos durante la pandemia eran excepcionales, la normalización de la situación nos ha vuelto a poner cerca de la cola. La Associació Catalana d’Intèrprets de Música Clàssica (ACIMC) lo ha radiografiado en su informe La situació de la Música Clàssica a Catalunya, con datos de 2022, publicado a finales del año pasado, y lo que describe no es demasiado alentador.

El estudio lo han realizado las doctoras Marga Polo Pujadas y Arlinda Garcia Coll con el grupo de investigación RESCUE de la Universidad de Barcelona con el objetivo de paliar el déficit histórico de datos en este sector. «La idea es tener un mapa con una mirada integral», decía hace un año Lluís Rodríguez Salvà, presidente de la ACIMC, al presentar un primer estudio relativo a 2021.

Si en aquella primera investigación se constataba que había una dispersión y una falta de accesibilidad a los datos, en la última estos aspectos han mejorado, pese a ser todavía insuficientes. Y se han detectado un buen número de equipamientos alternativos que no constaban en la primera aproximación a la realidad musical.

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Hacia a la normalización

El dato más positivo del informe sobre el 2022 refleja la normalización después de la pandemia. Se programaron un 33,7% más de conciertos en relación con el 2021, exactamente 2.209, lo cual indica una buena marcha que ha de llevar a la recuperación de la actividad, pero todavía queda camino por recorrer y, con toda seguridad, en el 2023 ahora concluido todavía no ha alcanzado su punto óptimo.

Los autores de la ‘santísima trinidad’ formada por Bach, Mozart y Beethoven son los más programados en 2022 y, entre los veinticinco primeros no hay ninguna mujer.

Por lo que se refiere la programación, el informe refleja lo que desde estas páginas ya hemos puesto de manifiesto: la repetición constante y rutinaria de los mismos autores, los que configuran un canon aceptado, particularmente los que Polo califica como la santísima trinidad, es decir, Bach, quien, con 276 programaciones, se desmarca de los otros dos, que son Mozart (197 programaciones) y Beethoven (138 programaciones). Después de este trío imbatible la lista continúa con Schubert, Brahms, Chaikovski, Vivaldi, Händel… Y entre los veinticinco primeros solo se encuentran dos compositores catalanes, Albéniz y Granados, y también el gaditano Falla. En esta relación, casi la mitad de autores corresponden al Romanticismo. De mujeres compositoras, ni una.

En el listado global de compositores programados, más de la mitad lo son de música contemporánea, una cuarta parte son del siglo XX, y el 8,3% de los autores y el 5,9% de los conciertos son anteriores al siglo XIX, es decir, corresponden a un paquete compuesto por música antigua, barroca y del clasicismo, lo cual deja muy malparado el patrimonio musical histórico. Mayoritariamente, los escenarios que acogen a la música antigua son alternativos, mientras que la contemporánea, con una presencia creciente, se interpreta en los equipamientos más grandes. Los investigadores que han hecho el informe también han detectado que hay un elevado número de equipamientos que programan pocos conciertos, y que hay muchos compositores e intérpretes programados muy pocas veces. Según el número global de conciertos, más de la mitad, el 56,3%, ha tenido solo un concierto programado. Todo ello contribuye al hecho de que no haya un buen circuito de clásica, lo que vuelve muy difícil la posibilidad de hacer giras.

 

Sesgo de género                                    

Polo insistía en la necesidad de corregir el sesgo de género y no solo porque entre los veinticinco músicos más programados no hubiera ninguna mujer, como ya se ha dicho. El informe registra un ligero incremento de mujeres compositoras programadas respecto a 2021, del 8,6% al 12,2%, y del 3,9% de los conciertos se ha pasado al 5,5%. Una miseria. Por lo que se refiere a épocas históricas y estilos musicales, la lista de las veinte autoras más programadas ofrece un resultado muy diferente de la de los veinticinco compositores. Aquí domina la música contemporánea, con ocho compositoras. Las autoras del Romanticismo figuran en segundo lugar. En cuanto a nombres, Clara Schumann es la más interpretada, seguida a distancia por Sofia Gubaidúlina, Pauline Viardot, Matilde Salvador y las catalanas Núria Giménez-Comas y Raquel Garcia-Tomás. Hay que decir que en el informe de 2021 no había ninguna catalana entre las diez primeras.

En el listado global de compositores programados, más de la mitad lo son de música contemporánea, y una cuarta parte son del siglo XX.

Tampoco se ha avanzado lo suficiente en la paridad de instrumentistas, que se mantiene en el 33%. Sin embargo, el sesgo más llamativo se da en el caso de las directoras. Solo un 16,8% ocupa puestos de dirección, y donde más hay es en el mundo coral, una actividad en la que la mujer siempre ha estado muy presente. Por lo se refiere a la voz solista, la de soprano es que va en cabeza.

 

La anécdota

Hasta aquí algunos aspectos que requieren mucha mejora según el informe de la ACIMC. A veces, sin embargo, la anécdota consigue describir el estado de cosas y ayuda a entender mejor la frialdad de los datos. Hace más o menos un año, en el Auditorio de Barcelona, se celebró un concierto de la OBC dirigido por su director titular, Ludovic Morlot, con un programa que comenzaba con La damoiselle élue, de Debussy, continuaba con La muse et le poète de Saint-Saëns y Noches en los jardines de España, de Falla, y concluía con el Concierto para la mano izquierda de Ravel. Todo hombres, pero la anécdota no va por aquí.

Por algún motivo, aquel día el tránsito en la ciudad era muy complicado y la entrada del aparcamiento todavía más, de manera que muchos llegamos tarde y escuchamos la primera pieza reunidos alrededor de uno de los televisores instalados en el gélido foyer del Auditorio que retransmitían el concierto. Una chica preguntó qué era lo que sonaba y un señor le dijo, Falla. Yo me sentí obligada a corregir el error diciendo que era Debussy. El señor insistió en que era Falla. Otra persona dijo que la música que escuchábamos (es un decir, porque el aparato sonaba fatal) era, efectivamente, del músico francés. La reacción displicente de aquel hombre al darse cuenta de su error fue la de decir: «Da igual, ¡así nos ahorramos a uno de esos jóvenes que nos endilgan al principio de los conciertos y que salen a saludar con los pantalones rotos!»

Desgraciadamente, esta es la percepción que tiene una parte del público sobre la música y los compositores contemporáneos. También es la demostración de la ignorancia de algunos asistentes regulares a los conciertos. Las conclusiones del informe de la ACIMC van acompañadas de muchas propuestas para corregir y mejorar la situación. La primera, sin embargo, quizá debería ser la educación musical. Al fin y al cabo, si da igual Falla que Debussy, si menospreciamos a los compositores contemporáneos, ni el trabajo de los intérpretes obtendrá el debido reconocimiento ni se darán las condiciones para avanzar en la calidad y la mejora de la música clásica en Cataluña.