Las vidas, todas las vidas, son como un mosaico hecho de piezas muy diversas, de colores diferentes y unas más afiladas que otras, pero que constituyen un conjunto unitario y único. La de Isabel II de Inglaterra, que vivió noventa y seis años, que reinó durante seis décadas, que despachó con quince primeros ministros británicos y que vivió el desmembramiento del imperio británico, por fuerza, ha de tener muchas facetas. A continuación, unas cuantas piezas, a veces contradictorias, de este mosaico con corona.

 

Enamorada

Muy posiblemente, su único acto de rebeldía fue desafiar a la familia, que la quería ver casada con un aristócrata de noble linaje. Isabel se empeñó en casarse con un joven de una familia real destronada y muy complicada (ahora diríamos «disfuncional»), extranjero, con los bolsillos vacíos y fama de conquistador, que había conocido cuando tenía trece años. Felipe de Grecia y Dinamarca —más tarde, Felipe de Edimburgo— tenía cinco años más que ella, y una de las cosas que la atrajo de aquel oficial de la Marina, alto y bien plantado, fue su mirada traviesa.

La boda, el primer enlace real retransmitido por televisión, fue el inicio de un matrimonio duradero, pese a las infidelidades del príncipe, sobre todo en los primeros años. La pareja mantuvo una estabilidad doméstica que no reproducirían sus hijos. La imagen, el año pasado, de una reina afligida y solitaria durante el funeral del marido hacía pensar que seguiría el ejemplo de la tatarabuela Victoria, quien, al quedarse viuda, se retiró de la vida pública. No fue así.

 

Madre

Madre de cuatro hijos, dos ellos nacidos antes de acceder al trono, Isabel fue una figura poco presente en los primeros años de vida de estos, sobre todo de los dos primeros, Carlos (1948) y Anna (1950). Las obligaciones del marido en la Marina británica los llevaron a pasar temporadas fuera de Londres, donde se quedaban los hijos. Una vez coronada reina, Felipe se hizo cargo de buena parte de la educación del heredero, una educación hecha a la antigua, basada en el rigor extremo que él mismo había sufrido. Esta formación, y la frialdad de la madre hacia el chico, dan mucho de sí para los análisis psicológicos del carácter de Carlos III.

Con los otros dos hijos, Andrés (1960) y Eduardo (1964), Isabel, que ya llevaba la corona, tuvo una relación más próxima, haciendo instalar la cuna en su despacho cuando eran muy pequeños. Andrés fue siempre el niño de su mamá, el mimado. Tenía todo lo que le faltaba al hermano mayor —simpatía, desenvoltura, era mono y afectuoso—, y la madre se lo perdonaba todo. Sus romances con starlets y las fiestas salvajes acababan en las portadas de los tabloides. Isabel pensaba que lo protegía dándole honores y títulos, y convirtiéndolo en un viajante que vendía las excelencias británicas por el mundo. En 2015 estalló el escándalo Epstein en el que aparecía el nombre del príncipe en una denuncia por abusos sexuales a menores. Y ni siquiera así. No fue sino hasta enero de este año cuando la reina aceptó que se le retirasen títulos y honores porque un juez de Nueva York había dado curso a la denuncia.

 

Moralista

El monarca británico es Gobernador Supremo de la Iglesia de Inglaterra, la cual no permitía un matrimonio en el que una de las partes fuese divorciada. Isabel, que había accedido al trono en 1952, tuvo que resolver un primer caso que afectaba a su hermana. La princesa Margarita mantenía una relación con un divorciado, padre de dos hijos, de origen plebeyo y dieciséis años mayor que ella. Sin saber cómo resolver el dilema moral que el caso planteaba, la reina buscó un camino intermedio y pidió tiempo a su hermana. Sin embargo, la oposición dentro y fuera de palacio a la relación era tanta que la princesa renunció. Después se casó con el fotógrafo Anthony Armstrong-Jones, y la pareja se divorció en 1978.

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Aquel fue el primer divorcio que la reina vivió de cerca. A continuación vendría una serie de rupturas matrimoniales todavía más cercanas. Isabel definió 1992 como su annus horribilis. Aquel año, su hija Anna se divorció y Carlos y Andrés se separaron. Naturalmente, la ruptura más sonada, que llegó a poner a la monarquía en una situación muy complicada, fue la del entonces heredero y la princesa de Gales. Fue una ruptura seguida casi en directo por televisión. Isabel, la defensora de la moral, se tuvo que tragar la infidelidad de su hijo con Camila Parker-Bowles en lo que Diana había definido como un matrimonio «demasiado concurrido».

Posiblemente, su único acto de rebeldía fue desafiar a la familia casándose con un joven alto y guapo con los bolsillos vacíos.

Después de todos los dramas familiares en los que la realidad más prosaica pasó por encima de las normas que tenía que defender, la muerte de Diana en trágicas circunstancias (1997) mostró la imagen de una reina aferrada a una moral que se le había escapado de las manos y la de una mujer resentida. Fue el primer ministro Tony Blair quien la convenció para que una semana después de la muerte de la princesa volviera a Londres desde Escocia, donde veraneaba, hiciera ondear la bandera del palacio a media asta y mostrara empatía con los británicos que lloraban la muerte de la princesa del pueblo (Blair dixit).

 

Servidora

Desde Sudáfrica, con ocasión de su mayoría de edad (1947), Isabel se dirigió solemnemente a los súbditos británicos y a los miembros de la Commonwealth: «Ante vosotros declaro que mi vida, sea corta o larga, estará dedicada a vuestro servicio y al servicio de la gran familia imperial.» Ese servicio está enmarcado en el alfa y el omega de su vida pública, en la imagen de la todavía princesa vistiendo el uniforme del servicio auxiliar de transporte del ejército durante la guerra, y en la fotografía, dos días antes de su muerte, encargando la formación de gobierno a la nueva primera ministra Liz Truss.

A los 21 años declaró solemnemente que dedicaría su vida al servicio, y así lo hizo hasta dos días antes de su muerte.

La reina tuvo siempre bien arraigado el sentido del deber y de la responsabilidad. Ser la hermana mayor la marcó, y ser la hija de un hombre, el rey Jorge VI, que luchó empecinadamente para superar problemas como el de su tartamudez, también. Y no se puede olvidar el efecto que le produjo la abdicación de su tío Eduardo VIII, supuestamente por amor (en realidad, por sus simpatías nazis y su inanidad).

 

Propietaria

Se dice popularmente que la monarquía británica es un negocio de familia, The Firm (la empresa). No es fácil deslindar qué era propiedad personal de la reina y qué bienes pertenecen a la Corona, es decir, al Estado, administrados como un fideicomiso por el monarca a cambio de una renta fija. La revista Forbes sitúa el valor de la propiedad personal de la reina en torno a los 500 millones de euros. Esta cantidad incluye el castillo de Balmoral y el palacio de Sandringham, joyas y obras de arte que no pertenecen a la Corona, e inversiones inmobiliarias y en bolsa.

Exenta por ley, la reina no había pagado nunca el impuesto sobre la renta. Hasta 1993. Durante el año anterior, una de las miserias del annus horribilis fue el incendio de buena parte del palacio de Windsor, propiedad de la Corona. La reparación era tan costosa para las arcas públicas, y la monarquía pasaba por un momento tan bajo, que la reina y el gobierno acordaron un pacto fiscal por el cual pagaría voluntariamente el 40 % de este impuesto.

 

Diplomática

En el auge actual de los estudios coloniales, se había reprochado a la reina que no pidiera perdón por las maldades cometidas durante el imperio, algunas de ellas perpetradas bajo su reinado (en Kenia, por ejemplo). El papel que la Constitución no escrita otorga al monarca no es político, sus poderes son ceremoniales y simbólicos, y debe actuar dentro de una supuesta neutralidad absoluta. Isabel se atuvo a ese papel en el convencimiento optimista, según escribía el historiador Simon Schama, de que a pesar de lo que había ocurrido en las colonias, «había una especie de afinidad residual que fluía de la historia compartida (aunque esa historia fuese la de una explotación brutal) entre los antiguos gobernantes y los gobernados».

Así, defensora del patrimonio de la Commonwealth, dio la bienvenida al rosario de independencias que se produjeron durante su reinado. Y más de una vez defendió la justicia racial. Por ejemplo, prestando apoyo implícito al primer ministro Harold Wilson contra la declaración unilateral de independencia del régimen racista de Rhodesia (1965), u oponiéndose a la negativa de Margaret Thatcher a imponer las sanciones al régimen de apartheid de Sudáfrica exigidas por la Commonwealth (1986). Diez años más tarde, la visita que hizo Nelson Mandela a Londres fue toda una demostración de amistad entre los dos mandatarios.

El papel no político de la reina le permitía ejercer una diplomacia transversal (softpower), afrontando cuestiones difícilmente resolubles desde la política. Por ejemplo, tejer buenas relaciones con España pese al contencioso de Gibraltar. Sin embargo, uno de los momentos más difíciles, y a la vez más gratificantes, de esta diplomacia real por su carga conciliadora fue la visita que hizo a la República de Irlanda (2011), durante la cual rindió homenaje a «todos los que habían perdido la vida por la causa de la libertad irlandesa». Después de siglos de un colonialismo británico brutal en la isla, de una guerra y de décadas de terrorismo (su tío, lord Mountbatten fue una de las víctimas), la reina dijo aun así: «Con la ventaja que da la historia a posteriori, todos podemos ver que hay cosas que habríamos deseado que se hubieran hecho de otro modo o que no se hubieran llegado a hacer.» Un año después, en Belfast, daba la mano a Martin McGuinness, ex comandante del terrorista Ejército Republicano Irlandés (IRA), reafirmando así el compromiso con el Acuerdo de Viernes Santo para poner fin al conflicto de Irlanda del Norte.

Una de las manifestaciones más sutiles de lo que Ignacio Peyró califica de neutralidad activa fue el mensaje que en 2017, poco después del referéndum sobre el Brexit, enviaba luciendo un sombrero del mismo color que la bandera de la UE, con un montón de puntos dorados como las estrellas de la enseña europea. Isabel no podía hacer gala de sus opiniones personales, pero de vez en cuando dejaba caer alguna.

Distante y cercana a la vez, con sus abrigos cortados siempre por el mismo patrón, con sus sombreros, su bolso negro y sus guantes, la reina Isabel era el símbolo de la estabilidad y de una identidad compartida. Ahora, sin ella, el Reino Unido ha entrado en una dimensión desconocida.