La victoria de Joe Biden es haber desalojado a Donald Trump de la Casa Blanca, un hecho excepcional en la historia electoral de Estados Unidos, donde no son habituales los presidentes de un solo mandato. Un presidente en ejercicio suele contar con muchas ventajas, de forma que solamente en casos muy raros el titular pierde frente al aspirante. A pesar del caos de la presidencia de Trump y de su inagotable capacidad para enturbiar la vida política, la victoria estaba a su alcance hasta enero, cuando llegó la covid-19, con sus nefastas consecuencias económicas, abordada desde la Casa Blanca con la gestión más irresponsable y delirante que se pueda imaginar.

Con el crecimiento económico disparado, el paro en mínimos y la bolsa boyante, se daban todas las condiciones para cuatro años más. Sobre todo si se añaden los éxitos más propagandísticos, como la retirada de tropas de Oriente Medio, desde Afganistán hasta Siria, o la operación de reconocimiento de Israel por parte de un grupo de países árabes con los Emiratos Árabes Unidos a la cabeza. El hecho inesperado que lo complicó fue la pandemia, convertida en prueba de tensión institucional para la Casa Blanca y para el sistema electoral.

El resultado ya lo conocemos ahora. Trump ha perdido gracias a la covid-19, pero si ha estado a punto de ganar también ha sido gracias a las dificultades para votar aportadas por la covid-19. El presidente no ha superado la prueba, pero sí lo ha hecho el electorado, con el voto anticipado, el voto por correo y el riesgo epidémico de las colas electorales. Estados Unidos tiene un sistema electoral arcaico y desgastado y una cúpula dirigente por encima de los 70 años todos, el presidente vencido, el presidente electo, la presidenta de la Cámara de Representantes y el líder del Senado. De esta gerontocracia salió Trump y ha salido quien ha podido ganar a Trump.

Al final, todos los defectos de Biden han resultado virtudes. No habría funcionado un candidato más joven o más definido ideológicamente. Hacía falta una figura respetable y creíble ante el presidente obsceno e increíble. Un moderado frente un radical. Una fuerza de unión frente a la persistente actitud divisiva. Una imagen que reconciliase y confortase a los ciudadanos angustiados por la pandemia y por la crisis. Trump insulta y miente muy bien. Biden, en cambio, sabe dar consuelo a los afligidos.

Así, la presidencia de Biden se ha definido antes de empezar. Pone fin a una pesadilla, a un mero paréntesis que olvidar. Solo esta proeza ya la cualifica de éxito cierto, por el éxito completo exige la reparación. Un sistema que permite la llegada de un personaje de categoría tan ínfima y despreciable como Trump necesita una reforma urgente, como mínimo de su sistema electoral. Trump no se puede repetir.

No solamente está en juego la eficiencia del sistema y la calidad de la democracia. Están en juego el prestigio y la fiabilidad de los Estados Unidos. Si Trump ganó ¿quién nos dice que otro Trump no pueda volver a hacerlo? La confianza en la primera superpotencia está en juego en los pasos que dé Biden para reparar el sistema. Y esta es una cuestión que requiere una política bipartidista. Sin una renovación civilizada del partido republicano, de forma que se recupere el espíritu transversal, no será posible. El trumpismo persistirá si persisten las políticas divisivas.

No será una tarea fácil. El partido republicano ha intentado la reversión de todas las conquistas sociales y culturales de los últimos noventa años, desde el New Deal de Franklin D. Roosevelt hasta las leyes de derechos civiles de Lyndon B. Johnson de los años 60. Era el proyecto de una auténtica contrarrevolución política, restauradora del poder de la antigua mayoría blanca, anglosajona y protestante, justo en un momento de cambio demográfico en que se convertía en la primera minoría, pero minoría al fin y al cabo, de un nuevo país multirracial y multicultural.

Hay un hilo rojo que va desde Nixon hasta Trump, pasando sobre todo por Reagan y Bush hijo, que ahora se puede romper. La distribución del voto en las elecciones presidenciales demuestra la resiliencia del republicanismo como identidad política. Tiene todo el sentido que haya una gran transformación a favor del Estado mínimo, los impuestos ligeros y la desregulación. El misterio es saber si estas ideas tan bien asentadas han de seguir coaligadas con el fundamentalismo religioso, el supremacismo blanco y el aislacionismo antiglobalista y anti inmigración del país rural y profundo. La cuestión central, así, es saber si la derecha de esta nueva sociedad plural sin hegemonía blanca puede deshacerse del nacionalismo populista y aspirar a gobernar decentemente.

Es una gran oportunidad la que tiene entre las manos el partido demócrata, soldado por la coalición en torno a Biden y por la victoria conseguida. La crisis profunda que vive el país obliga a todos, a Estados Unidos como a Europa, a emprender un viraje progresista y keynesiano. Pero también hay que reconciliar al país después de tanta división, sobre todo racial. Y, a la vez, la victoria obtenida en el centro solo se podrá consolidar en el centro, a riesgo de que vuelva una nueva reacción trumpista en 2024. La superpotencia también debe abrirse de nuevo a la escena multilateral y recuperar buena parte del liderazgo abandonado. Para Europa, este nuevo comienzo es el momento de reforzar, a la vez, su autonomía estratégica y su proyecto de unión más estrecha, sin deshacer el imprescindible lazo transatlántico que Trump ha puesto en peligro.