El star-system pianístico no es algo nuevo. El fenómeno de los fans, tampoco. Franz Listz ya fue un precursor de ello en el siglo XIX. En su ajetreado paso por toda Europa se desencadenaban las pasiones de los espectadores. Hoy sucede lo mismo, aunque con la diferencia de que ahora tenemos gabinetes de comunicación y redes sociales que magnifican casi hasta el infinito las virtudes de los pianistas. Y también hay más competencia. Nombres como los de Marta Argerich, Mario Joao Pires, Lang Lang, Khatia Buniatishvili, o Yuja Wang son bien conocidos entre los aficionados, y también entre los que, siendo poco aficionados, están muy atentos al ruido mediático.

No obstante, siempre hay algún intérprete tan bueno o incluso más que evita ponerse bajo los focos. Josep Colom (Barcelona, 1947), con una larga trayectoria, con el reconocimiento de crítica y público y con la admiración de sus discípulos, es uno de ellos. Hace más de veinte años, el crítico Enrique Franco ya exclamaba: «¡Qué gran artista es Josep Colom!» Y si el pianista ha evitado la parafernalia de la fama y preferido la discreción, el musicólogo Oriol Pérez Treviño lo ha sacado de su zona de confort con el libro Josep Colom. Un pianista de culte (Dinsic).

En realidad, el libro no es exactamente una biografía del músico. No abundan en sus páginas los datos biográficos propios de una enciclopedia o de la Wikipedia, tarea que, por otro lado, requeriría una profunda labor de documentación, ya que Colom no conserva programas, reseñas o fotografías de su periplo musical. Según el autor, el libro es «una autobiografía a base de conversaciones»; naturalmente con el propio pianista, aunque también hay coloquios a tres bandas con la hermana del músico, nueve años mayor, que también es intérprete del instrumento y ha desarrollado una importante carrera internacional, sobre todo en Francia; con Javier Perianes, que es el discípulo —que no alumno— de Colom con una carrera más brillante; con el director y clarinetista Enric Lluna, o conversaciones cara a cara entre el recopilador y el compositor Benet Casablancas o el director Josep Pons.

Colom alimenta la escuela pianística catalana, una escuela que viene de lejos y cuyo inicio podría situarse en el siglo XIX con la figura de Pere Tintorer. Años después vendrían Isaac Albéniz, Enric Granados, Ricard Viñes, Joaquim Nin y, más recientemente, Alícia de Larrocha, Maria Canals o Rosa Sabater.

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