El Brexit es una causa principal de la crisis que está experimentando el Reino Unido. Resulta tentador hacer esta atribución causal precisa y focalizada, pero es razonable admitir que el origen de las dificultades derivadas de la salida de la Unión Europea se puede hallar también en determinadas constantes históricas y en algunos fenómenos recientes, como se pone de relieve en los artículos que configuran el dossier que publicamos en esta edición.

Autores que tienen una larga experiencia de contacto con la sociedad británica abordan el momento de desorientación e incluso de conflicto que vive el Reino Unido desde diversos puntos de vista, pero confluyen en una apreciación compartida de la complejidad persistente de las relaciones entre el país y el continente: una tensión histórica entre la atracción y el distanciamiento. Siguiendo este esquema, ahora asistimos aparentemente a un cambio de dirección de la opinión pública que se inclinaría por una reconsideración, como mínimo parcial, del resultado del referéndum de 2016.

No es realista la imagen de una Gran Bretaña definitivamente hundida. Una imagen que no tiene en cuenta su capacidad de resistencia, una tradición de pragmatismo y la solidez de sus instituciones. La crisis actual permite apreciar la persistencia de las fuertes corrientes de fondo que se describen en las aportaciones al dossier que han hecho Rosa Massagué, Ignacio Peyró, Guillermo Íñiguez o Rafael Ramos. Lluís Foix apunta en la misma dirección al revisar las vicisitudes de la política británica reciente.

Es una situación compleja y de equilibrio, de fracturas territoriales, ideológicas y sociales, de división, pero también de convivencia o coexistencia de posiciones bien diferenciadas. Es un momento de duda y ansiedad colectiva que quizá se podría aproximar a la formulación tan celebrada de Dickens al empezar Historia de dos ciudades: «Era el mejor de los tiempos, y era el peor; era la era de la sabiduría y la de la insensatez; era la época de la fe y la época de la incredulidad; la estación de la Luz y la de las Tinieblas; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.»

Al invierno del descontento se refiere precisamente Rafael Ramos para establecer una analogía con la época de dificultades y de crisis que trajo la irrupción radical de Margaret Thatcher en la política británica.

El éxito de la propuesta de salida de la Unión Europea descansaba en un eslogan potente: take back control. Es decir, la idea de recuperar para Londres el control de las fronteras, de la inmigración y de los intercambios comerciales. El resultado ha sido devastador e incluso humillante. Ha conducido a un incremento espectacular de las llegadas ilegales a las costas británicas, a un descenso de los datos económicos básicos y, lo más crítico, a un deterioro sustancial del equilibrio territorial y político del país que se describe como Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Hoy, la supervivencia del Reino Unido tal como lo hemos conocido hasta ahora empieza a estar seriamente cuestionada. Sometido a un nacionalismo escocés que reclama un nuevo referéndum de autodeterminación, a la expansión de un nacionalismo inglés cada vez más próximo a otros movimientos afirmativos de territorios europeos ricos, al pánico de los unionistas del Ulster y a la presión soterrada a favor de la unificación de Irlanda.

El Reino Unido es ahora más pobre y se encuentra nuevamente ante sus límites, tal como lo experimentó al terminar la Segunda Guerra Mundial y, muy especialmente, al quedar sentenciado el fin de la época imperial tras la crisis de Suez y de las independencias derivadas del proceso colonizador de la década de los 60.

No está nada claro que el mantra de la Global Britain pueda compensar la dura realidad de la debilidad objetiva del Reino Unido en la esfera geopolítica mundial. Las dificultades económicas actuales harán muy difícil, si no imposible, financiar una presencia autónoma global de Londres y, muy en particular, el esfuerzo que mantiene desde hace unos años para reforzar sus capacidades de defensa, que requieren unas inversiones que serán prácticamente imposibles de sostener, a no ser que se afronte un incremento sustancial de la presión fiscal. De momento, para poner solo un ejemplo, el orgullo de la prestigiosa Royal Navy ya se ha resentido y está experimentando serias dificultades para cubrir las dotaciones de sus unidades y la necesidad de recurrir a aviones de los marines americanos para equipar sus dos carísimos portaaviones.

La experiencia británica del Brexit ha puesto de relieve una vez más la absoluta inadecuación de este mecanismo de consulta para afrontar situaciones políticas complejas como lo sería, en este caso, la relación del Reino Unido con Europa. Las opciones binarias no permiten matices ni promueven procesos de debate y acuerdo.

Pero los problemas del Reino Unido interpelan también a Europa porque, frente al desafío de nuevos regímenes iliberales, cobra más fuerza el reto de consolidar la alternativa de un continente que representa mejor que ninguna otra parte del planeta la opción por la democracia, el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos.