Cuando el 13 de marzo el president Pere Aragonès convocó elecciones anticipadas, la mayoría de la ciudadanía debió prepararse para unas elecciones que figuraban en el horizonte lejano. El sondeo del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) de la Generalitat realizado entre febrero y comienzos de marzo mostraba que poco más de un cuarto de la ciudadanía catalana (26,6%) se encontraba entre indecisa, votar negativamente (blanco o nulo) o bien abstenerse. Un mes más tarde, el CEO de abril mostraba que ese universo crecía al 53,6%.

Ese universo distante con lo electoral, junto con el liderazgo del PSC, la paridad entre ERC y Junts, la subida del PP y la pelea por ganar mayor protagonismo parlamentario (Comuns, Vox y CUP), mantenerse en el hemiciclo (C’s) o ingresar al mismo (Aliança Catalana y Alhora), conformaban el cuadro demoscópico de partida de la campaña.

El modelo de financiación, la severa sequía, los alarmantes resultados de las pruebas educativas PISA y el irresuelto problema de la vivienda parecían conformar el cuadrilátero de temas donde se desarrollaría el combate electoral. Pero todas estas preocupaciones y demandas ciudadanas entraron en tensión ante un fenómeno cada vez más presente en las campañas electorales: la personalización.

 

Personalización al máximo

El experto en comunicación política Xavier Peytibi, cuya tesis doctoral aborda la personalización política, señala en su libro Las campañas conectadas: Comunicación política en campaña electoral (2019) que no es un fenómeno reciente, pero sí es novedoso el amplio eco mediático que recibe. Particularmente por la potencia que le imprimen las redes sociales, que dotan de herramientas para alcanzar una personalización tan alta como la que vivimos hoy día y, quizás, como pocas veces en una contienda electoral en Cataluña.

Es evidente que el peso de las marcas personales de los candidatos y de las principales figuras de los espacios políticos han sido centrales y determinantes en esta campaña electoral. En esa línea, hay dos ejemplos muy contundentes: la figura del expresident Carles Puigdemont y la del presidente del Gobierno Pedro Sánchez. Tanto es así, que C’s incluso decidió hacer referencia a ellos en su claim de campaña con su «Detenlos».

La apuesta de Puigdemont ha sido al máximo: no solo ha decidido encabezar la candidatura de Junts, sino que también su marca personal se ha transformado en la insignia de su espacio político. Y ello, además del motivo de la fortaleza que aún conserva su apellido dentro de los propios votantes, responde a otra razón demoscópica: más de un tercio de los votantes de la CUP y el 14,4% de los de ERC lo prefieren al frente del ejecutivo catalán, según reveló un sondeo a comienzos de abril. Es decir, no solo representa una clara opción de liderazgo en el universo postconvergente, sino también en otros segmentos del soberanismo. Algo que también ratifica Oriol Bartomeus en la encuesta del ICPS.

La exagerada demostración de liderazgo de Puigdemont tiene como destinatario principalmente al votante de ERC: solo un tercio de estos votantes (33,8%) creen que Aragonès es el mejor candidato del espacio, según consigna la encuesta de NC Report, realizada el 11 de abril. Por el contrario, la gran mayoría de ellos (59,4%) sitúa a Oriol Junqueras como quien podría llevar a la formación republicana hacia mejores resultados. En efecto, esa grieta, leída casi como una «virtual acefalía» en términos perceptivos de liderazgos, representa un terreno fértil por donde avanzar para el expresident.

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A pesar de ello, ERC también cuenta con figuras bien consideradas por la ciudadanía que pueden apuntalar su oferta electoral. Un ejemplo de ello es, precisamente, Junqueras, con la segunda mejor valoración de líderes en el CEO de febrero-marzo. Mientras que en el CEO de abril, el president Aragonès es el candidato mejor valorado por el conjunto de las y los catalanes, con 5,1 puntos. Esto es: lo valoran favorablemente, y en más espacios que a Puigdemont, pero eso no se traduce necesariamente en un liderazgo aspiracional. Así, la variedad de nombres de peso dentro de los republicanos podría ayudar a robustecer la imagen de su principal candidato.

 

Lo personal es político

Hay, además de la simbiosis Puigdemont-Junts, otro hecho significativo que arrastró a la campaña electoral hacia el terreno de lo personal: la reflexión de Pedro Sánchez a raíz del ataque contra su esposa.

El affaire Begoña les permitió a los socialistas —al menos en un primer momento— virar la conversación política y electoral de la ciudadanía del frame Puigdemont hacia el marco mental de «Sánchez». Ello, independientemente del desenlace del caso, supone un éxito: logró romper la inercia que el líder de Junts tan bien conoce y sabe utilizar.

La personalización de la campaña del PSC tuvo y tiene un sentido distinto a la de Junts; no solo por proceder de una naturaleza diferente a la de Puigdemont, sino por el objetivo: si en los ex convergentes el foco estaba puesto en fortalecer la figura del exmandatario, en el caso de los socialistas fue ablandar. En otras palabras: humanizar. Es decir, a partir de esta (fortuita) ventana de oportunidad buscar conectar con un electorado más sensible, aunque no necesariamente de izquierdas, e inmovilizado.

De hecho, según el CEO de abril, casi un quinto de los electores que votaron en blanco o se abstuvieron en las de 2021, hoy votarían por la formación dirigida por Salvador Illa; siendo además el principal destino de aquellos que ahora dicen que votarán de forma positiva (a un partido). Pero también puede tener su contracara en las emociones de los propios: según el sondeo realizado por el Gabinet d’Estudis Socials i Opinió Pública (GESOP), con trabajo de campo entre el 2 y el 4 de mayo (post amago de dimisión), un cuarto de los electores socialistas está indeciso. Esto es, siete puntos porcentuales más que antes de la misiva de Sánchez. La empatía, en efecto, encuentra sus límites.

En ese sentido, teniendo en cuenta que los electores evalúan y están cada vez más atentos a la personalidad y la vida privada de los candidatos, pareciera que el diámetro de la vida personal y privada se ha achicado. A decir verdad, el espacio de lo público ha ganado lugar en el terreno de lo privado. El caso Begoña-Sánchez podría suponer un antes y un después para pensar los límites y las pautas de las campañas electorales. Algo que esta campaña electoral pareciera tener la posibilidad de ser la primera en testearlo. Con este episodio, pero también con el fallecimiento de la madre del expresident Puigdemont.

 

El tercio restante y el día después

Es innegable que las principales miradas se posan en lo que sucede con las tres principales formaciones, que muy posiblemente concentrarán alrededor de dos tercios de los votos del 12M y tres cuartas partes de los escaños. Pero en la porción restante de votos y asientos también se juega buena parte de la próxima legislatura. Y ello se trasluce en las respectivas campañas.

Hay un consenso demoscópico cada vez mayor de que el PP se ubicará en el cuarto lugar. Ese salto con respecto a los comicios de 2021 le podría dar una posición determinante si la aritmética parlamentaria no es, nuevamente, favorable al bloque independentista. En ese sentido, la opción conservadora y constitucionalista ha fijado su objetivo en romper la hegemonía soberanista. Para ello, busca primero ser la opción más útil del españolismo liberal-conservador y volverse imprescindible para Illa, como sucedió con Jaume Collboni el año pasado en Barcelona. Misma lógica e igual tensión.

En una línea menos pragmática, pero también buscando contener a la mayoría de las sensibilidades opuestas al independentismo, aparece Vox con su «En defensa propia». El más que probable avance del PP amenaza a la ultraderecha españolista. Su objetivo principal, claro está, es no verse superado por el PP; o, en su defecto, retroceder lo menos posible. Para ello, su discurso busca eludir el híper personalismo que ha adoptado la tónica de la campaña en general y centrarse en las preocupaciones ciudadanas. Algo que, tal vez, provenga de tener ahora un competidor más: la extrema derecha independentista.

Aliança Catalana (AC), la formación de ultraderecha nacionalista, busca obtener una cuota de protagonismo superior a su implantación. Su discurso duro, xenófobo y ultranacionalista desafía a los sectores conservadores del españolismo, pero sobre todo a los del catalanismo. La combinación de una agenda separatista, posturas radicales contra la inmigración y un mensaje islamófobo, todo ello conectado con las preocupaciones materiales del grueso de la ciudadanía y en un momento donde la ruptura con el Estado español es tratada con baja intensidad por Junts, ERC y CUP, abre una gran incógnita alrededor de los liderados por Sílvia Orriols. En consecuencia, el primer síntoma de su expansión se pudo ver en enero pasado, cuando Junts negoció con el gobierno central la delegación de las competencias sobre inmigración en la Generalitat. Una iniciativa, evidentemente, que estaba enfocada a contener el avance de AC.

Finalmente, quienes también aspiran a mantener una posición determinante son los Comunes y la CUP. Los primeros saben que, aunque su presencia en el hemiciclo se vea reducida fuertemente, pueden ser un actor clave para los socialistas. No en vano, han abandonado el concepto «cambio» para hablar de «la Cataluña que viene», en un intento de situar su marco ya no en el posibilismo, sino en lo que ineludiblemente vendrá. Ese cambio de registro no es menor. Busca conferir realidad y pragmatismo a su oferta, más aún en momentos de mucho ruido y debilidad en el espacio izquierdista a nivel estatal. A ello, además, se le suma la necesidad de recuperar cuotas de poder, tras la dura derrota en Barcelona en junio pasado.

La CUP, en cambio, lanza su campaña con una mezcla de elementos. Por un lado, fija el concepto de «defensa» como su frame. Y, por otra parte, pondrá a prueba el giro estratégico surgido del Procés de Garbí, desde donde pretende relanzarse y redefinir su caótica organización y discurso. Asimismo, ahora también tiene un modelo para ofrecer: Girona, desde donde busca mostrarse madura y constructiva.

 

Personalización y pragmatismo

Si hay dos elementos que pueden sintetizar la tónica de esta campaña electoral son la personalización y el pragmatismo. La apuesta, por tanto, oscila entre la audacia de personalizar (e híper personalizar) las campañas, con su insoslayable riesgo, y el cálculo por los pactos postelectorales.

Las formaciones políticas son conscientes de que las cuotas de paciencia de los electores son limitadas: la irrupción de AC en el escenario catalán —más allá de si logra entrar o no en el Parlament— debería ser vista como una señal de alerta de ese agotamiento. Un fastidio que puede comenzar a verse en Cataluña, pero que podría retumbar en el resto del país casi como estas elecciones se han presentado: inesperadamente.